Llegar al corazón de la gente
Llegar al corazón de la gente
Por Carlos Marín-Blázquez
16 de octubre de 2026

Algo que es necesario tener presente a la puertas de una nueva campaña electoral es que nuestro tiempo está inevitablemente marcado por una concepción progresista de la historia. Ello significa que todos nosotros, con independencia de hacia qué lado del espectro político se decanten nuestras simpatías, percibimos la historia como un proceso de mejoras continuadas de nuestras condiciones de vida. Tendemos a pensar que, en lo referente a prosperidad material y ampliación de derechos cívicos, el movimiento es siempre y necesariamente rectilíneo, con puntuales y brevísimos lapsos de regresión que no tardan en ser reconducidos.

Así se forja uno de los mitos fundacionales de la modernidad, el de la sociedad perfecta, ubicada allá en un brumoso horizonte hacia el que la humanidad se encamina, pero a donde nunca acaba de llegar, pues en el trayecto siempre surge algún nuevo deseo que es indispensable satisfacer, algún adversario al que es necesario neutralizar, alguna carencia en la que nadie había reparado pero que, de improviso, en función de los intereses de las fuerzas que manipulan el sentir de las masas, se transforma en una necesidad apremiante. 

De manera que la política se convierte en una actividad enfocada a la constante generación de expectativas. Y es lógico que sea así, pues en ello radica su capacidad de movilización. Ahora bien, una vez que todos hemos aceptado —incluso de manera inconsciente— la validez del marco mental diseñado por el progresismo, es preciso saber que en semejante terreno la izquierda siempre jugará con ventaja. Y el motivo no es otro que su excelente manejo de la utopía. A pesar de que, en el transcurso de las décadas precedentes, la socialdemocracia había aprendido a atemperar los fervores utópicos en los que tradicionalmente la izquierda se había recreado y había acometido políticas no del todo alejadas del sentido común, en los últimos tiempos hemos asistido a un recrudecimiento de sus tendencias disolventes, en gran medida como artimaña con la que enmascarar no sólo su incapacidad de hacer frente a los problemas reales de la sociedad, sino su asombrosa destreza para agravarlos.

A partir de ese instante, el arsenal retórico de la izquierda se ha exhibido en toda su formidable plenitud. Los vestigios de la utopía se han manifestado no como la construcción de una sociedad mejor a partir de un encadenamiento de logros palpables (acceso a la vivienda, mejora de los servicios públicos, elevación de la renta per cápita…), sino a través de la obsesiva llamada a eliminar del espacio público a un enemigo fantasmagórico.    

Por muy burdo que pueda parecer el recurso, lo cierto es que les ha funcionado. Al menos en lo que a la vertiente propagandística se refiere, las consignas incendiarias vuelven a soliviantar las conciencias y a resucitar las viejas mitologías populistas que tan rentables les han resultado siempre a los acomodados cabecillas de la subversión teledirigida. El escenario está dispuesto y en la sociedad del espectáculo que nos toca sobrellevar esta negación de la vida real resulta un factor determinante para que nada cambie.    

Todo esto hace de la política un arte asimilable a la magia, puro ilusionismo verbal en cuyos entresijos nuestra izquierda se desenvuelve con una maestría inversamente proporcional a su capacidad de hacer frente a los asuntos auténticamente existenciales para el futuro de una nación. La derecha, por su parte, sabe (o debería saber) que nunca podrá competir con sus rivales políticos en el movedizo terreno de las fabulaciones ideológicas. La aspiración a un mundo armonioso, pacificado e idílicamente fraterno, las dulces apelaciones a «los mañanas que cantan», no forman parte de su programa de máximos. Y, sin embargo, también ella, la derecha, necesita ofrecer algo más que el funcionarial y consabido trinomio “tranquilidad, seguridad, comodidad” si lo que pretende es llegar al corazón de la gente. Necesita ofrecer un proyecto que combine el apego a la realidad con la articulación de un universo simbólico que saque a sus potenciales capas de votantes del sopor emocional en el que están acostumbrados a dormitar y los haga partícipes de una misma visión esperanzada. Se trata, en definitiva, de proponer un ideal de vida en común que, sin desatenderlas, vaya más allá de las urgencias materiales que asfixian a la población y restaure las bases civilizatorias e institucionales de una sociedad que, hoy por hoy, roída por los enemigos interiores y asedidada por los exteriores, se está desmoronando ante nuestros ojos.

TEMAS
Noticias de España