Mientras los hijos permanecen en la niñez, todo parece sencillo. Viven ensimismados en su pequeño universo de inmediateces. No hay para ellos nada más allá de los actos que configuran su vivir cotidiano. El aire de pureza que los rodea proviene de su soberana indiferencia hacia todo lo que inquieta a los adultos. Se les contempla con fascinación, rodeados de peligros que no ven. Como las miserias del mundo aún no les alcanzan, su fragilidad se nos antoja envuelta en un aura invulnerable.
Pero a medida que crecen se vuelven conscientes del entorno que habitan. Intervienen en las conversaciones domésticas para preguntar sobre asuntos por los que nunca hasta entonces se habían interesado. Es un poco perturbador descubrir que ya no están únicamente en nuestras manos, imaginarlos bajo la difusa influencia de las potencias exteriores.
Lo que querríamos es mantenerlos durante algún tiempo más a resguardo de las inclemencias de afuera. Preservar su delicada epidermis del roce de las espinas con las que antes o después están destinados a lacerarse. Pero pronto comprendemos que el tiempo corre en nuestra contra y —un dato aún más alarmante—, que el mundo en el que están a punto de sumergirse compone una geografía particularmente hostil.
La educación de los hijos es la tarea esencial que debe ocupar a unos padres. Compete a ellos inculcarles los principios básicos de responsabilidad personal y de respeto hacia sí mismos y hacia los otros. En las sociedades sanas tales principios son compartidos por la inmensa mayoría de sus integrantes. Los niños salen a la calle, van a la escuela, ven la televisión y lo habitual es que en todas partes encuentren el refrendo natural de lo que se les inculca en sus casas.
¿Ocurre esto entre nosotros? ¿Es la nuestra una sociedad en la que puedes dejar a tus hijos ante el televisor o frente a la pantalla de un dispositivo móvil y abrigar al mismo tiempo la seguridad de que van a recibir mensajes edificantes? ¿Es una sociedad donde la clase gobernante, blindada de privilegios, sirve como ejemplo de talante cívico y servicio a los demás? ¿Tenemos la completa seguridad de que, por encima de toda contingencia, la mayor parte de nuestros paisanos custodian un bloque de virtudes inamovibles como fundamento del vivir colectivo?
No. La nuestra es una sociedad en vías de descomposición, y cuanto antes se acepte esta evidencia antes estaremos en situación de enfrentar el problema desde una perspectiva realista. Ya no podemos esperar que sea la sociedad, en abstracto, quien colabore en la educación de nuestros hijos, pues la sociedad de este occidente hiperdesarrollado y ultratecnológico es un ente amorfo y en buena medida carente de sustancia moral, una nube de partículas volátiles a las que se priva de sus identidades más básicas con el propósito de que —encerrado cada individuo en su cálida burbuja de comodidades domésticas, desentendido de nada que no sea su proyecto de autorrealización personal— limite el cumplimiento de sus expectativas vitales a la repetición de un interminable bucle de producción y consumo.
Por su parte, el Estado, emancipado de la sociedad civil, transformado en su enemigo más temible, sigue empeñado en la tarea de destruir los cimientos sobre los que se asentaba el orden de vida en común. Un poder depravado ha convertido la esfera de las relaciones personales en una maraña de reglamentaciones y absurdos contractuales que amenazan con asfixiar la alegría de vivir. Nos hemos habituado a ver en el otro un adversario en potencia, alguien de quien debemos sospechar como norma en la medida en que el sustrato de valores compartidos que era la argamasa de una convivencia civilizada ha prescrito su vigencia.
Mediante sucesivas «revoluciones culturales», que han abarcado todos y cada uno de los ámbitos de la vida pública y privada, un poder disolvente ha alentado dinámicas aberrantes de discordia. Ningún espíritu de resistencia puede fraguar en ese ambiente; ninguna forma de rebeldía cívica que suponga una traba real frente a los abusos de la casta extractiva que nos somete.
Estas áridas verdades son las que deberíamos explicar a nuestros hijos en unos términos comprensibles pero que, a la vez, no les priven de la ilusión por un futuro que, en última instancia, no está decidido de antemano. Pronto se adentrarán en un mundo plagado de incertidumbres, plomizo y terroso en muchas ocasiones, pero también bendecido por múltiples destellos de una gracia que deben aprender a descubrir. Anticipémonos a sus temores dotándoles de una brújula moral que les oriente en su camino. No veo que haya en este tiempo tan extraño tarea más urgente ni, a fin de cuentas, más esperanzadora que esa.