El feminismo ha llegado a ese punto en el que ya no se sabe si hablan en broma o en serio. Se ha visto con la campaña del Ministerio de Igualdad protagonizada por Paco León, la de resignificar los huevos. A estas alturas.
«Tener huevos es ir a comprar solo». El lema recordaba un poco a esa cumbre feminista que fue el grito de «Manolo, la cena, te la haces tú solo». Las feministas dicen estas cosas pensando que le hacen una gran faena al patriarcado, pero qué más quisiera Manolo…
Hace unos meses, una guionista o cómica, Henar Álvarez, explicaba la hibristofilia, que es esa pasión de algunas mujeres por los asesinos y criminales. Cuando los psicópatas se hacen famosos y les mandan cartas de amor a la cárcel. Henar, repito que ya no sé si en serio o en broma, explicaba que no era por la atracción femenina por el malo. Lo veía en otros términos. A ciertas mujeres, decía, les gustan los criminales porque están bien controlados en la cárcel y además no se les tiene que planchar los calzoncillos.
Lo de ir a hacer la compra solo recuerda a una chirigota del Selu de hace unos años que se llamaba «Lo que diga mi mujé» en la que los chirigoteros iban disfrazados de señor con bigote, chaquetilla de chándal de España 82 y unas bolsas de la compra.
El hombre echa a andar cuando la madre le manda a hacer unos recados y cuando llega el otoño, ya jubilado, es su mujer la que le manda a por otros recados, sin que la capacidad para hacerlos correctamente mejore con el transcurso de los años. Los mismos errores que cometíamos a los doce años se nos reprocharán a los setenta y dos.
Malo es el error, pero casi peor es la vacilación. Este verano pude presenciar una escena. Entró una pareja ya mayor en el supermercado y el hombre, al pasar por la zona de frescos, con voz temblorosa y dócil preguntó:
–¿Compro unos yogures?
–¡Pues tú sabrás si quieres! –le respondió cortante la mujer, con el tono de Arzallus cuando le hablaba a Madrid en el Aberri Eguna.
Los diálogos en el supermercado de las parejas que empiezan son muy bonitos. Se enseñan cada producto como si fuera afrodisiaco y uno y otro, con total espontaneidad, los van echando al carrito como ilusionantes proyectos de vida en común. Con los años, las deliberaciones sobre si comprar o no una lata de berberechos se van complicando. Se puede adivinar la madurez una relación por el grado de estoica especialización del hombre en el manejo del carrito, siempre unos pasos detrás, como el caddie sigue al golfista.
Ahora, dice el ministerio, hay que «echarle huevos» e ir a hacer la compra solos. Vale. Pero a descambiarlo luego que vayan ellos.