Los anglosajones pueden
Los anglosajones pueden
Por Hughes
12 de octubre de 2025

Como un cocainómano que no puede parar. Así se comportan los países europeos con la inmigración. La cocaína serían los contingentes de nueva población. Para sostener el Estado de Bienestar es necesaria gente que viene atraída por las promesas del Bienestar y al hacerlo, lastran aun más el Estado de Bienestar… Círculo vicioso.

Sánchez presume de haber dado entrada a más de dos millones de personas (que serán más) en siete años; en el Reino Unido, tras el Covid, hubo el siguiente saldo migratorio: 484.000 (2021), 873.000 (2022), 860.000 (2023) y 430.000 (2024); en Francia se han conocido ahora las cifras del 2024: otros 430.000 netos, récord sobre el 2023 que ya había sido récord. El 70% de esa inmigración es africana; el 80% de la británica mencionada, no europea.

El acelerón inmigratorio revela la gran brecha, que es la brecha de las brechas y lo demás zarandajas: la democrática.

La gente en Europa no quiere eso, pero lo tiene. Vota peras y le dan manzanas.  

En algunos países, sin embargo, al que vota pera al menos le dan peros (que es como en algunos sitios de Andalucía llaman a las manzanas).

Los que están más cerca de reaccionar son los anglosajones. De hecho, ya lo hicieron. Los ingleses votaron el Brexit, que iba sobre controlar la frontera, aunque después Boris Johnson abrió en canal el canal de la Mancha y disparó la inmigración a niveles inauditos. Esto le puede costar la vida al Partido Conservador (la derecha de los calcetines elegantes) porque el Reform de Farage se dispara en las encuestas. El proceso por el que Farage llega tampoco es corto, empezó antes del Brexit. Pero cuando las encuestas le dan la actual proyección de escaños, su liderazgo se convierte en una mayoría parlamentaria clara porque lo permite el sistema electoral mayoritario. Su mayoría demoscópica podría ser una mayoría de gobierno.

No tiene que vencer al Consenso, como en España, ni a la Segunda Vuelta (el consenso reunido en emergencia de todos contra uno) como en Francia.

O sea, el Reino Unido reaccionó democráticamente en 2016, el votante de Boris Johnson fue traicionado (desde el Covid, quizás no por casualidad) y ahora podría estar en el camino de cambiar.

En Estados Unidos sucedió algo similar. En 2016 dio el vuelco Trump, y tras el boicoteo e intermedio de Biden, vuelve al gobierno y comienza a cerrar la frontera, a deportar, a intentar proteger el concepto de ciudanía…

Tuvo que aparecer el genio titánico de Trump, pero también que pudieran votarle en un sistema presidencialista y mayoritario.

En Francia podría suceder también, aunque con una gran lentitud por el filtro de la segunda vuelta. Lo de Le Pen es un largo llegar.

La relación entre el pueblo y el líder político aun es posible, sobre todo en los países anglosajones. Una relación pueblo-mayoría parlamentaria en Inglaterra, o pueblo-presidente en EEUU. No es condición suficiente, pero sí necesaria. Por mal que estén, y en algunos aspectos están hasta peor, sobrevive un débil nervio que une el impulso eléctrico popular con el poder. Nosotros tenemos el Consenso europeo en su invivible dimensión ibérica, un conjunto de instituciones y, sobre todo, una forma de ser, pensar, estar, una cristalización orgánica cuyo alcance destructivo no alcanzamos a calibrar.

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