Los niveles de audiencia de la entrevista televisiva al presidente de Gobierno fueron paupérrimos. Sergio Ramos le metió un gol de cabeza por toda la escudara mediática en «El Hormiguero». Podría pensarse que la entrevista tenía interés o, al menos, morbo. El hombre dirige la nación, hemos pasado un verano catastrófico, las cifras de desempleo alarman, hay nubarrones económicos a la vista, los presupuestos ni están ni se les espera, el Gobierno manda a un propio a hacerle la pelota a un delincuente fugado y los casos de corrupción se multiplican. Había, pues, razones para ver la entrevista, piensa uno en frío. Aunque ni yo la vi, a pesar de lo que digo y de que me dedico a esto.
Si la democracia fuese, como escribió el vizconde de Tocqueville, un régimen de opinión pública, Sánchez habría perdido ya todas las mociones de confianza. La opinión pública le grita cuando lo ve y cambia de canal para no verlo. A pesar de mi admiración por Tocqueville, quizá se equivocó o se precipitó en esto. O no, que lo que él dice que debería ser una democracia y lo nuestro no termina de serlo, o ha terminado por no serlo.
El caso es que parece retratar mejor nuestro actual estado el gran Étienne de La Boétie en su Discurso de la servidumbre voluntaria, escrito con 18 añitos. Allí explica que el tirano, con perdón, no se mantiene en el poder ni siquiera por su guardia de lanceros y arqueros. Esto lo citaba siempre Dalmacio Negro para explicar que el poder siempre depende de una oligarquía y que son los mamelucos los que sostienen al Gran Sultán, por ejemplo. Los mamelucos son un avance en el entendimiento de la cuestión, pero La Boétie va más allá. Expone que es más bien un grupo pequeño de serviles aduladores los que mantienen al poderoso en su sitio, habida cuenta de que esos colaboradores tienen a otros que los apoyan a ellos y así en descendente progresión geométrica.
Estos apoyos no se basan en la admiración ni en compartir ideales o proyectos, sino en el puro interés. Por eso están dispuestos a cambiar de opinión, si así lo requiere el líder, y a decir y a hacer lo contrario que ayer con tal de seguir cobrando mañana lo mismo que hoy. Son gentes ansiosas de adular y sostener a un jefe que desprecian pero que temen porque de él dependen.
Estas tramas de intereses creados y de favores encadenados (en el doble sentido del encadenamiento) explican mucho mejor el funcionamiento de nuestros sistemas. Desde luego, explica el caso de Pedro Sánchez, cuyo dominio no se inmuta por más que él se contradiga, gestione mal, mande a Illa a humillarse y a María Jesús Montero a inmolarse.
Por esto, lo de los chiringuitos, como se dice, incluyendo en ellos tantos puestos políticos duplicados u ociosos, no es sólo una manera de derrochar dinero público. Es el cimiento del tinglado. La compra de fidelidades que alteran el sistema de opinión y que crean redes clientelares que protegen a los trapecistas del poder. Quien lo dijo explícitamente fue Tácito cuando constató que «corrumpere et corrumpi saeculum vocatur», esto es que la vocación de los tiempos es corromper y ser corrompido. O, como glosaba don José Jiménez Lozano, que los quicios de la política están en la corrupción.
Aplicar la motosierra a los chiringuitos no va sólo de cuadrar las cuentas ni de bajar los impuestos. Cuánto menos dinero, puestos de dirección y prebendas dependan directamente o en cascada del mandamás mucho menos adulterado estará el sistema democrático. Si decenas de miles de servidores voluntarios (y aprovechados) desapareciesen, dejaríamos de tener un presidente al que no quiere nadie, pero que se aguanta sobre tantísimos estómagos agradecidos.