En su obsesión por el dinero, la sociedad de hoy trata de solucionar todos sus problemas (algunos, complejísimos y muy difíciles) exclusivamente aumentando o pidiendo a los políticos que aumenten, «las partidas presupuestarias» destinadas a ellos. Nos han acostumbrado a que creamos que el dinero lo soluciona todo, entre otras cosas porque aceptar esa máxima (falsa) conlleva olvidarnos de otras cosas que sí son determinantes: la unión, el compromiso, los principios compartidos, el esfuerzo solidario, el amor al prójimo. En la obsesión materialista, las personas somos muy poco importantes y ocupamos un lugar secundario; somos los convidados de piedra de un mundo hecho por Dios a nuestra medida, pero que nosotros hemos corrompido.
Las personas con discapacidad forman parte de ese mundo escondido y oculto, de esa realidad b, que solamente aparece en primer plano cuando algún medio tiene la genial idea de hacer un reportaje de algún caso particular llamativo. Tampoco en esos chispazos de realidad se busca realmente concienciar o apelar a la solidaridad colectiva, sino más bien lograr un pico de audiencia a partir de un hecho llamativo, curioso o incluso lacrimógeno. Aún así, tiene una utilidad: constatar que esas personas existen. Que lejos del éxito y el relumbrón de los triunfadores sociales está ese otro mundo, el del silencio y la oscuridad, el del sufrimiento y el ostracismo. El mundo de los descartados.
Fue curiosamente el Papa Francisco quien más popularizó la expresión «cultura del descarte» para referirse a todas las personas que son víctimas del olvido, el desdén y el desprecio de la sociedad. Empezando por las personas mayores y llegando a los niños enfermos; todos los que «no producen» y además tienen la poca vergüenza de «consumir recursos públicos» (adviértase la ironía en el uso de las expresiones que usan muchos de los triunfadores de hoy). Aquellos que siguen adelante porque, para un Cristo llagado que no puede con el peso de su Cruz, siempre va a haber un Simón de Cirene en el camino que les ayude poniendo su hombro al lado. Y les aseguro que hay muchos «simones».
El dinero es, por supuesto, muy importante, para casi todo en la vida. También para dotar de los recursos públicos necesarios a las personas con discapacidad, enfermos crónicos, mayores en situación de soledad y abandono, etc. Es evidente que ninguna crisis económica, ni siquiera la derivada de una pandemia tan destructiva como la vivida en 2020, debería hacer reducir esas partidas presupuestarias. Pero la manera más efectiva de ayudar a esos colectivos desahuciados, olvidados y arrinconados no consiste solamente en darles dinero; hay que darles más cosas, y más importantes que el dinero. Hay que darles caridad, es decir, amor. Hay que acercarse a ellos como nos gustaría que se acercasen a nosotros si cayésemos en desgracia.
Para los cristianos, la caridad, el amor al prójimo, no es una opción; es una obligación moral de primer orden. El primer mandamiento de Cristo es el de «amarás a Dios sobre todas las cosas»; el segundo es «y al prójimo como a ti mismo». Después vienen otros mandamientos también muy importantes, pero ninguno lo es tanto como esos dos primeros. No podemos dar la espalda a quienes más nos necesitan; y la ayuda no puede ser siempre exclusivamente el dinero, aunque sea necesario. Nuestro tiempo, nuestro cariño, nuestra mirada comprensiva son parte de la integración que, desgraciadamente, la mayor parte de la sociedad le niega a los descartados. No hagamos nosotros lo mismo.
Si tienes un padre mayor al que casi no vas a visitar, regálale tu tiempo y tu mejor sonrisa; si sabes que un vecino (con el que nunca has hablado) vive solo y tiene problemas de movilidad, ofrécele tu ayuda para subirle la compra un día. Si sabes que vas a tener una tarde libre, y no sabes a qué dedicarla, acércate a un comedor social, o a una residencia; allí aprenderás lecciones de vida de las que quedan grabadas en el alma para siempre. Si tienes, como es mi caso, un hijo con discapacidad, da gracias a Dios, porque te ha regalado a un hijo santo. Devuelve a los demás el amor que Dios te ha dado en algún momento de tu vida, y entre todos lograremos lo que ningún político conseguirá nunca.