A la audiencia occidental le gusta más una insurgencia que a un tonto una tiza. Las guerras entre estados pueden tener a la gente más dividida entre los bandos, aunque el apoyado por los medios siempre ganará en popularidad en la opinión pública. Pero los insurgentes, oh, los que se enfrentan a lo que hay, son indisputablemente los buenos.
La experiencia no importa absolutamente nada. Si juzgáramos a partir de los resultados, nos echaríamos a temblar cada vez que viéramos en la tele un algarada. Pero es más común responder al condicionamiento de toda una vida de películas, novelas, instrucción pública, romantización periodística. Es como si nuestro mundo tuviera que revivir una y otra vez el cuadro de La libertad guiando al pueblo para renovar el subidón de dopamina política y justificar ser hijos de la Revolución Francesa.
Al Sharaa, el ayatolá Jomeini: en eso no piensa nadie. A nadie se le pasa por la cabeza lo más obvio, a saber, que nada impide que el libertador de hoy sea el tirano de mañana, nadie se plantea la ruina económica y social que traen siempre esos levantamientos, nadie pone en cuestión que sea la población entera, no una facción interesada, la que protagoniza la insurgencia.
En eso es refrescante el golpe de mano en Venezuela, que al menos no ha sido una revolución de color. Lo que indigna o decepciona a la mayoría, el hecho de que Trump no hable tanto de libertad como de petróleo, que no haya depurado el régimen de arriba abajo para colocar a María Corina Machado con una democrática varita mágica para arreglarlo todo sin sangre, es precisamente lo más inteligente y responsable de la operación.
Un Estado es una maquinaria relativamente frágil. El orden, lo que hace que uno pueda comprar y vender, andar por la calle, hacer su vida mejor o peor, depende de que un montón de piezas funcionen en la vida pública. Pueden renquear, pueden ser injustas, pueden fallar aquí o allá. Pero si se desmonta la maquinaria entera de golpe, la consecuencia no es la liberación, es el caos. Y del caos nunca surge un orden ‘espontáneo’, como sugiere cierta mitología. Goethe prefería el orden a la justicia, porque, entre otras cosas, sin orden la justicia es imposible.
Los pueblos no son extras de una película para entretenimiento del Primer Mundo y confirmación de sus sesgos políticos. Son gente que sigue allí cuando todo acaba y nosotros zapeamos hacia la siguiente noticia o al derbi o a La Isla de las Tentaciones, con la sensación satisfecha de haber asistido al final de una película vertiginosa con final feliz.
Pero la gente, digo, sigue ahí y tiene que reconstruir todo lo roto y recomponer lazos y salvar abismos de rencores y vendettas sin la atención ya del mundo exterior. No hay fundido en negro para ellos, aunque sí para los de fuera. Porque nunca se hace un seguimiento periodístico de lo que venga después una vez instalado. Es aburrido, deprimente, sin cosas que arden o explotan como en una película de Vin Diesel, y los medios no pueden permitirse aburrir a una audiencia de gatillo fácil.
No se hizo Roma en una hora, pero nosotros no podemos esperar más de unos minutos. Lo que construye es lento, paciente, deliberado y silencioso. Uno puede admirarse de la Catedral de Colonia, pero se necesitaron más de veinte generaciones, 632 años, para completarse. Y bastaría un misil bien dirigido para reducirla a escombros en un segundo.
Los hijos de TikTok no pueden esperar, ni creen tener que hacerlo, porque una incesante propaganda les ha acostumbrado a pensar que hay demoliciones inmediatas que lo resuelven todo, que lo bueno, lo bello y lo verdadero no es algo que se levante con sudor y lágrimas y tiempo, sino algo que está detrás de ese incómodo obstáculo que podemos volar por los aires.