Los imanes son un problema
Los imanes son un problema
Por Xavier Rius
26 de febrero de 2025

De esto sabe más el colega Rubén Pulido que yo. Precisamente este martes ha estado en Barcelona para hablar de estos temas. Los imanes no facilitan la integración, más bien el contrario: la dificultan. Lo digo por los dos expulsados de Cataluña la semana pasada. Llevaban años ejerciendo en Figueres y en La Jonquera. El primero, desde 2017. El segundo, desde 2019. Sin olvidar, tampoco al peluquero de Mataró, que quería captar combatientes para el Estado Islámico. A éste le seguían la pista desde el 2015. Hace diez años.

En España hay más de dos mil mezquitas. Tampoco debe ser fácil para los servicios de información saber qué se cuece en ellas. A la necesidad de disponer de gente que hable o entienda el árabe hay que añadir también que quieran colaborar. Y, desde luego, no vamos a generalizar. Pero no es la primera vez que descubren a un imán haciendo prédicas radicales. Como el imán de Ripoll, por ejemplo. Con trágicas consecuencias en este caso.

Siempre me ha costado creer que el resto de la comunidad islámica no supiera nada. Que él mismo era un radical y que radicalizó a una decena de jóvenes de la población. Parece ser que nadie se enteró. De hecho, a la hermana de uno de los terroristas —que hizo incluso un discurso a favor de la paz tras el atentado— la pillaron luego elogiando a su hermano como un «mártir» en conversaciones telefónicas con familiares de Marruecos. Desconozco si sigue viviendo en la localidad.

Hace años ya pillaron al imán de la mezquita de ca n’Anglada, en Terrassa (Barcelona), afirmando que se podía pegar a la mujer. Recuerdo que, tras la polémica, fui a la mezquita en cuestión, una de las más grandes de Cataluña, y me di una vuelta por el barrio. Al volver, habían acabado el rezo de los viernes y empezó a salir gente. Me dio tiempo de ir a buscar el coche al aparcamiento, bajar a la segunda planta, pagar, subir con el vehículo … y todavía salía gente.

Eso, los imanes no ayudan a la integración sino más bien el contrario. En primer lugar, porque es muy distinto a un cura católico. Si no estoy equivocado, un sacerdote está como mínimo seis años en el seminario. El equivalente, o más, a una carrera universitaria. Un imán, no. Basta que sepa el Corán de memoria. Tampoco ejerce actividad profesional al margen de la mezquita. Dirige la oración cinco veces al día. Sería imposible, en una jornada laboral normal ausentarse tantas veces del trabajo. Y, de hecho, vive de las donaciones de los fieles.

Eso significa, por otra parte, que no se relaciona con personas más allá de la comunidad musulmana. Supongo que también es partidario, por razones obvias, de una concepción estricta del Islam. Especialmente con las mujeres. De hecho, como saben, las mezquitas son solo para hombres.

Hace años, un concejal de Unió de un pueblo de la Costa Brava me contó que en un municipio cercano en cuanto un imán se cruzaba con una mujer por la calle, ésta tenía que bajarse de la acera.

Aquí hemos facilitado la apertura de mezquitas y la llegada de imanes —generalmente de Marruecos— en pos de la «integración». Pero no la facilitan, más bien la entorpecen. Tenemos un problema. Y grave. Además, sin visos de solución.

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