La agenda del progresismo woke se impuso con enorme habilidad en casi todos los países occidentales. La extrema izquierda aprendió en los años 70 que la vía violenta era rechazada por las sociedades; las incursiones a través de movimientos terroristas que se intentaron tanto en América hispana como en Europa fueron sofocadas por las fuerzas del orden. Sin embargo, la intención del extremismo de izquierdas de infiltrarse en las comunidades se mantuvo y la llevó adelante a través de causas aparentemente amables: feminismo, reconocimiento de pueblos originarios, defensa del planeta, indigenismo, derechos humanos, globalismo.
La política demoró en tomar nota pero tal fue el embate de esa ideología que, en los últimos años, hubo un rechazo que se manifestó con la aparición de líderes que cuestionaban esa agenda; si bien es un proceso bastante nuevo, ha hecho el ruido suficiente para alarmar a ese progresismo que venía avanzando sin tropiezos.
Anne Applebaum, historiadora, periodista y escritora estadounidense ha enfocado su obra en el análisis del surgimiento de los nuevos autoritarismos en el mundo contemporáneo; hace un recorrido histórico de los regímenes totalitarios del siglo XX y traza paralelismos con las formas de gobierno actuales. Argumenta que los dictadores del siglo XXI han aprendido a adaptarse a las dinámicas modernas, utilizando las herramientas digitales y los medios de comunicación para consolidar su poder de manera sutil pero efectiva y sostiene que estos nuevos estereotipos, a diferencia de sus predecesores, operan bajo una fachada de democracia, manipulando elecciones, restringiendo libertades y silenciando a la oposición con técnicas de desinformación y control estatal.
La autora destaca cómo líderes en diversas partes del mundo, desde Europa del Este hasta América Latina, han perfeccionado el arte del autoritarismo sin necesidad de recurrir a la violencia explícita del pasado. El ocaso de la democracia es un libro de 2020 donde la autora describe un proceso al que califica de «declive democrático» y el surgimiento del populismo de derechas con tendencias autoritarias, para lo cual analiza cuatro casos en especial: Polonia, Reino Unido, Hungría y Estados Unidos.
El libro de Appelbaum se centra en particular en los intelectuales, a los que llama “burócratas” que solo proporcionan las justificaciones intelectuales que se necesitan para caer en ese autoritarismo.
En una línea similar, Moisés Naím, un escritor y analista político venezolano radicado en los Estados Unidos, también ha explorado el fenómeno del autoritarismo del siglo XXI. En su obra El Fin del Poder y otros escritos, Naím examina a varios líderes modernos y afirma que manipulan las estructuras democráticas para perpetuar su dominio. Naím enfatiza que estos nuevos autócratas se han vuelto expertos en usar las redes sociales y el discurso populista para debilitar las instituciones democráticas desde dentro. También marca la diferencia con los dictadores del pasado, que dependían de la fuerza y el control militar para mantenerse y sostiene que estos dirigentes contemporáneos emplean tácticas más sofisticadas, como la cooptación de medios, la corrupción electoral y la represión selectiva.
Al igual que Applebaum, Naím advierte sobre la importancia de la vigilancia cívica y la defensa activa de los valores democráticos ante estas nuevas formas de autoritarismo, según él, “disfrazado” de democracia.
Yascha Mounk, un renombrado politólogo alemán que vive en Estados Unidos, ha dedicado gran parte de su trabajo a estudiar las amenazas contemporáneas a las instituciones. En su obra El pueblo contra la democracia, Mounk examina cómo los regímenes autoritarios del siglo XXI han evolucionado y adaptado sus estrategias para socavar esas instituciones democráticas desde dentro.
También puntualiza que, a diferencia de los autoritarismos del siglo XX, que dependían de la violencia explícita y el control militar, los autoritarios modernos emplean tácticas más sutiles y sofisticadas. Estos líderes se presentan a menudo como defensores de la democracia, mientras minan sus fundamentos a través de la manipulación de la información y la corrupción.
Mounk también destaca el uso de la tecnología y las redes sociales por parte de los nuevos autoritarios. Plataformas como Facebook, Twitter y YouTube se han convertido en herramientas poderosas para la propaganda y la desinformación, sostiene y agrega que esos líderes utilizan las redes sociales para difundir mensajes populistas, polarizar a la sociedad y desacreditar a sus opositores.
Mounk enfatiza cómo estos nuevos agentes políticos operan bajo una fachada de democracia. Mantienen elecciones y parlamentos, pero manipulan los resultados y restringen las libertades políticas para perpetuar su dominio. Ese disfraz democrático hace que sea más difícil identificar y confrontar esas amenazas.
Estos y otros intelectuales ya tomaron nota de la reacción contra las políticas woke y le otorgan una connotación negativa y peligrosa. Si bien la observación que hacen puede parecer minuciosa, no es objetiva; alejados de una posición científica de análisis lo hacen desde una mirada «progre» y simplista: todo lo que no sea globalismo, es «ultraderecha» y populismo. La progresía mundial no admite la existencia de una derecha racional que respeta tradiciones y rechaza el avance de la burocracia transnacional sobre la independencia de los países. Y estos autores, cuando alertan sobre esta reacción que está produciéndose en el mundo entero, concluyen en que representa un riesgo para el sistema democrático.
Exageran y mezclan. Porque poner en un mismo espacio, como lo hacen, a Nicolás Maduro y a Donald Trump puede ser producto de una gran ignorancia, de una confusión de principios, de no entender la cruzada del retorno a los valores de Occidente que se impulsa o de una intencionalidad política que invalida sus definiciones. Subestiman la capacidad de los pueblos que han elegido a esos nuevos líderes y pronostican, como lo dicen los títulos de sus libros, El ocaso de la democracia sin reconocer que fue la ideología de su simpatía la que abrumó al punto de alimentar las raíces de esta corrección que hoy emerge.
Hay una tarea por delante: enfrentar esta narrativa falaz y describir con claridad este nuevo proceso, porque las izquierdas son especialistas en inventar nubarrones; son maestras del temor y ahora mismo, cuando el mundo ha empezado a desandar el camino por el que nos habían llevado durante las últimas décadas, vuelven con su receta. No hay que temerles, hay que enfrentarles con la información correcta: la aparición de una nueva dirigencia, claramente liderada por el protagonismo personal de Donald Trump y el peso específico del país que representa, y la firme determinación de rechazar valores ajenos a nuestras sociedades impuestos desde Bruselas por la burocracia globalista.