Trece días y ya 46 muertos después, la tragedia de Adamuz sigue siendo un ejemplo del descarrilamiento del sistema entero. Esta semana LA GACETA señalaba que «las autoridades no permitieron a los sacerdotes administrar los últimos sacramentos a las víctimas de Adamuz pese a ser un derecho constitucional«. El obispo de Córdoba, don Jesús Fernández, atribuía lo ocurrido a la situación de caos creada por el accidente, informa Vozpópuli. Ambos medios añadieron que don Jesús recordaba que la Constitución Española reconoce el derecho a recibir asistencia religiosa. Los sacerdotes acudían al lugar del accidente a dar la Unción de los Enfermos a las personas que aún la pudieran recibir. El manual de Sada y Monroy, el clásico, define al sacramento postrero como «aquel por el cual, mediante la unción con el óleo bendecido y la oración del sacerdote, se confiere al hombre enfermo la gracia de Dios para la salud sobrenatural de su alma y, si conviene para su destino eterno, también la salud del cuerpo».
En un país realmente católico no debería ser necesario exigir «la constitucionalidad» de recibir «servicios religiosos» para que un sacerdote pudiera acudir a dar consuelo a una persona que está con el pie en el estribo y pidiendo confesión.
Para un católico, el fin del hombre es ganar ese destino eterno al que se refieren Sada y Monroy y ante eso toda ley positiva ha de detenerse. Un «servicio religioso» no ha de poder exigirse con la levedad y mecanicismo del derecho a recibir papeletas de los partidos en las elecciones, o a que te cosan una brecha en un centro de salud. Esto pasa porque se ha perdido el sentido de lo trascendental. Y por eso se refieren a los sacramentos con la sofisticada denominación de servicio religioso, como si la Iglesia fuera un mero de suministrador de «experiencias» paz, armonía, espiritualidad, y al mismo tiempo una organizadora de eventos, bodas, bautizos, comuniones y funerales. Esa consideración de los sacramentos como «servicios» convierte a los curas en funcionarios eclesiales que los prestan y a los obispos en jefes comerciales de zona. Quizá muchos de ellos es lo que son. Quizá entre los obispos sí haya mayoría de este tipo pero hay, aún mucho cura vandeano.
Digámoslo claramente, ese constitucionalismo no es católico. Dejemos mejor decirlo a Leon XIII en Inmortale Dei (1885): «Son muchos los que se han empeñado en buscar la norma constitucional de la vida política al margen de las doctrinas aprobadas por la Iglesia católica. Últimamente, el llamado derecho nuevo, presentado como adquisición de los tiempos modernos y producto de una libertad progresiva, ha comenzado a prevalecer por todas partes. Pero, a pesar de los muchos intentos realizados, la realidad es que no se ha encontrado para constituir y gobernar el Estado un sistema superior al que brota espontáneamente de la doctrina del Evangelio!.
Si los obispos aceptan ser la versión actualizada de curas juramentados, y por tanto ser algo así como funcionarios estatales. Los juramentados aceptaron jurar lealtad a la constitución Civil del Clero en 1790. De los actuales españoles, tenemos a uno, Cobo, que se presta a trasladar mensajes amenazantes de Sánchez a los monjes del Valle De Los Caídos, según informaba el 30 de enero Infovaticana para «convertirlos» a ellos también en juramentados. No nos podemos extrañar tampoco de que el principal de los obispos españoles y presidente de la Conferencia Episcopal Española salude con entusiasmo juramentado la regularización de 500.000 inmigrantes ilegales como una victoria de esas confluencias entre grupos de distintas formas de parecer, todos sabemos cuáles, y la Iglesia. También el obispo de Valladolid glosaba en términos de mejora en la salud democrática que la iniciativa que pretendía legalizar de golpe a 500.000 inmigrantes haya sido exitosa.
Quizá en la concepción que los prelados españoles tienen de la democracia tengan razón. Porque en esos términos la salud de la democracia y la salud de España no es la misma cosa. Yo me quedo con esta última y con los curas no juramentados, como fueron los vandeanos de aquellos terribles momentos revolucionarios. Y como dijo el Cardenal Sarah en la Vendeé en 2018: «¡Todo cristiano es espiritualmente un vandeano!».