Tuvo vuelo o incluso viralidad un fragmento de pedagogía individualista del profesor Huerta de Soto: «España no existe. No existe en el mundo social ninguna realidad al margen de los seres humanos», lo que me hizo pensar en las hormigas. En sus formas sociales y organizativas, tan reconocibles por nosotros, y en qué poca cosa debe de ser una hormiga sola… ¿puede haber una cosa más triste que una hormiga de la Escuela Austriaca?
También pensé en el oso, figura que desde hace un tiempo es posible asociar a los libertarios (un ‘austriaco’ no lo es necesaria y exactamente, pero nos entendemos).
No hablo del oso ruso (descansemos) sino del oso de New Hampshire, en EE.UU, donde se desarrolló una utopía libertaria: Free Town.
Hay algo refrescante y bienhumorado en los libertarios. En el momento de mayor estatismo, su visión tendrá siempre, como mínimo, algo de razón, aunque siempre nos parezca demasiado ideal, como bajo condiciones experimentales de laboratorio.
Por eso es interesante lo que sucedió en Grafton, el pueblecito que eligió para vivir una comunidad libertaria norteamericana (perdón por comunidad, el lenguaje es muy socialista: unos individuos en decisiones separadas y libres). Lo cuenta el periodista Matthew Hongoltz-Hetling en Un libertario se encuentra con un oso (Capitán Swing).
Los libertarios americanos, hartos de ganar en Internet debates filosóficamente controlados, buscaban un lugar donde ensayar su forma de vida y gobierno. New Hampshire es un Estado con gran aprecio por la libertad (su lema es «Vive libre o muere») y el pueblo era atractivo porque tenía impuestos bajos y una ordenación urbanística poco rigurosa que permitía asentarse en las afueras. Al tener poco más de mil habitantes, la llegada de unos cientos de libertarios podía ser suficiente para hacerse con el gobierno municipal.
Los aborígenes tampoco eran demasiado contrarios a sus ideas, aunque presentaron alguna oposición. No todas las propuestas fueron exitosas: no consiguieron retirar al pueblo del distrito escolar, ni de las Naciones Unidas (el humor no siempre voluntario del libertario), ni dejar de pagar las reparaciones de las carreteras, pero sí recortaron un 30% el presupuesto y con ello los servicios de bomberos, reparaciones, biblioteca o policía, que quedó reducida a un solo miembro, a modo de sheriff solitario.
Y algo de ‘western’ hubo porque entre la llegada de población y los recortes, Grafton vio aumentar los delitos y hubo incluso la novedad de un doble homicidio (nos imaginamos un duelo con mutua puntería). También subió el gasto municipal en litigios y, lo más pintoresco de la experiencia, llegaron los osos.
Los asentamientos a las afueras, cerca del bosque, estaban acompañados de un cierta anarquía. Se descuidaron las normas sobre residuos, y eso atrajo a los osos de la región. Cuando aparecieron, los nuevos graftonitas tampoco siguieron los usos y costumbres del lugar. Se impuso una aproximación individualista hacia el oso: unos ponían trampas, otros les daban comida… Como resultado, los osos doblaron su número y se fueron resabiando; primero tímidamente, pero luego de un modo más invasivo, comenzaron a hacer incursiones en lo urbano. Las mascotas desaparecían y alguna persona resultó atacada, lo que no había sucedido en un siglo. Y así fue como Grafton se hizo libertaria, pero también un poco plantígrada.