Los prismáticos de Schopenhauer
Los prismáticos de Schopenhauer
Por Hughes
3 de septiembre de 2026

Fue un éxito la concentración nacional en apoyo de Ceuta, salvo por el episodio final en Madrid, donde los policías, como si hubiera partido de Champions, se dieron prisa en vaciar las calles con gas lacrimógeno. Con la frase «me gasearon» pasa como con «genocidio demográfico», que recuerda a la cámara de gas y rechina un poco.

Pero gas hubo. La anarco-tiranía es un hecho inscrito ya en la cara de Marlaska: tendencia a mandar flores a unos, porras a otros, y la derecha pierde la ingenuidad, aunque hay gente, movida por una especie de fetichismo del antidisturbios, que siempre justificará a la policía: «Era hora de dispersarse, se siente…».

Recuerdan a Schopenhauer y su pasión por el orden. El filósofo temía la revolución por motivos intelectuales, pero sobre todo porque le robaban el dinero. En 1848, en Fráncfort, su casa estaba cerca de la zona donde más agitación había; los soldados (entonces no había antidisturbios) encargados de reprimir la revuelta se apostaron bajo su ventana y como se quejaban que no veían del todo a los revolucionarios, para afinar la puntería Schopenhauer les hizo bajar, con su criada, sus prismáticos de la ópera.

No fue algo puntual. En su testamento nombró heredero universal al fondo creado en Berlín para los soldados que reprimiendo las insurrecciones revolucionarias de 1848 habían quedado inválidos, así como para sus descendientes.  

La concentración de apoyo a Ceuta ha recordado los días de la Amnistía, cuando las protestas en Ferraz. La indignación era sincera, justificada y popular, pero la cosa entones, conviene recordarlo, acabó en los rosarios, que entre lo espiritual y lo performativo, fue lo único que quedó,

¿Qué se puede hacer entonces (además de tuitear)? Quizás ya solo preparar las elecciones con una regla: movilizar al máximo a los tuyos minimizando la sensación de miedo en los rivales.

Las acciones revolucionarias son difíciles, mucho más si se trata de una contrarrevolución, pero si alguien  no quiere ser confundido con un boomer de los que dejan el mobiliario urbano mejor de lo que estaba, siempre tiene abierta la vía de la inmolación: quemarse a lo bonzo por España.

Esto lo hizo un señor este fin de semana en Córdoba, pero por no poder ver a su hijo, por lo que su muerte debería entenderse también como una protesta contra el gobierno y sus leyes.

La autoinmolación es un arma política de los desesperados. Recurrió a ella en el 69 la antorcha de Praga, el joven que protestaba contra la ocupación soviética; contra la China lo hacen más a menudo los tibetanos; este verano, nos lo contaba Campos, uno se quemó en Nueva York delante de la ONU.

Querido patriota quizás budista, te vas a las puertas del Congreso, te rocías de gasolina (que bajará gracias a Trump) y te prendes fuego… Aunque nada garantiza que luego lo pongan en la tele.

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