Con las cautelas que exige el manejo del material demoscópico, siempre sujeto a las artes culinarias, todo parece indicar que VOX tendrá buenos resultados en las elecciones convocadas por P.S. La tendencia al alza se mantiene desde hace tiempo y las salidas de algunos de sus históricos no parecen haber afectado al partido de Santiago Abascal. El tiempo ha demostrado que el proyecto está por encima de determinadas personalidades. Y es precisamente el proyecto lo que preocupa a gran parte del espectro partitocrático español.
Ejemplo de ello es Gabriel Rufián. El pícaro de Santa Coloma, convertido en pichi, ya lo avisó hace tiempo: «Si Vox llega a Moncloa significa, seguramente, la ilegalización de ERC, CUP, Junts, BNG, Bildu, Unidas Podemos… y problemas muy graves para el PSOE».
Todo un estímulo para aquellos que, como yo mismo, consideramos inconcebible que una nación financie y tolere la existencia de facciones o sectas que plantean abiertamente su desguace para entregar sus piezas o jirones a oligarcas conectados con otras potencias. Ese, y no otro, sería el escenario de, por ejemplo, una Cataluña independiente. No le falta razón al hombre de la impresora. Si VOX llega a La Moncloa con el suficiente poder, el frente antiespañol que pretende liderar se estrecharía mucho.
En cuanto al PSOE, que azuza desde la infinidad de espacios mediáticos que controla, el miedo a la llegada de la extrema derecha, identificada con el fascismo, tiene motivos para la preocupación. Y el hombre que surgió del vaho lo sabe. Carente del menor escrúpulo, esa amoralidad apellidada Sánchez ha llevado a la Comisión Permanente los decretos Maricarmen, sopesa indultar al ex fiscal general del Estado y arrastra las togas afines por todos los lodazales. Único presidente con canción del verano propia, Sánchez perdió la calle no subvencionada hace tiempo. Por eso trata de capitalizar aquella que se alimenta de dinero público y de resentimiento. Mientras tanto, el puchero y la calculadora están en niveles máximos de actividad. El puto amo —Puente dixit— necesita nuevos votantes y viejos exaltados. Unos para votar a la empresa con sede en Ferraz, otros para recuperar un Frente Popular ahora convertido en Amplio. Fetiches añejos, globalismo y aspiraciones personales mueven esta reedición en la que sólo hay cabida para programas rupturistas. El elemento cohesionador: «¡que viene la ultraderecha!».
Sin embargo, si los muestreos aciertan, habría casi un 20% de españoles cuyos abuelos contribuyeron a construir, con su presencia y trabajo, a construir la España que tanto ha erosionado Sánchez, decididos a votar a VOX. Españoles que saben que el espantajo del fascismo no es más que un señuelo, un toque a rebato dado desde la marroquinizada Moncloa, que busca alcanzar unos números capaces de reeditar un gobierno que sólo ha favorecido a proetarras, golpistas y a una red clientelar en la que Sánchez confía para evitar su caída.
El lejano 29 de noviembre, pues antes seremos testigos de maniobras impensables en un gobernante con un mínimo de decencia, saldremos de dudas. Una cosa es segura, si VOX alcanza los resultados que teme Rufián, las calles arderán porque los seres de luz antifascistas y autopercibidos como demócratas no aceptarán los resultados de unas elecciones que el PSOE trata de alterar mientras grita ¡que viene la extrema derecha!