«¡Marine, Marine!», grita un alborotador magrebí a la cámara en un vídeo que circula por X. «¡Hemos invadido París más deprisa que los nazis en el 40!».
Y la escena corresponde a las palabras: coches ardiendo, tiendas tapiadas, cohetes usados como armas improvisadas, un ejército evidentemente extranjero que se ha adueñado de las calles de París. No ha sido exactamente una victoria, porque no ha habido un enemigo que retroceda: el enemigo —el gobierno de la República Francesa— estaba rendido antes de que empezara la desolación de las calles.
Y un gobierno nacional que sabe exactamente lo que va a suceder y se muestra impotente para evitarlo ha renunciado a su función, a un monopolio de la fuerza que solo se justifica en la protección del ciudadano, del orden, de la ley. De la libertad de pasear tranquilamente por tu ciudad, la de tus padres, la de tus abuelos.
Hay un modo de discutir modernos que vence induciendo en el otro un mutismo asombrado. No consiste en elaborar un argumento tramposo, alguna de las falacias más conocidas, un juego de manos lógico más o menos hábil, no. Consiste básicamente muy serio a los ojos y decirte que el cielo es amarillo limón. No hay nada que discutir, no puedes discutir nada cuando sabes que él sabe que sabes que miente.
Oh, bueno, hemos pasado dos años temblando ante una terrible peste uno de cuyos síntomas era no tener síntomas. Después de eso ya cualquier cosa pasa. Como la negación del Efecto Llamada.
Quizá el error sea el nombre, con ese «efecto» que le da sabor de tecnicismo. ¿Qué tal si lo llamamos «publicidad»? A ver, nadie va a negar que las empresas gastan millones en anunciar su producto; eso debe de ser que ven alguna conexión entre el anuncio y el impulso de compra, porque por amor altruista a los creativos dudo que sea.
¿Qué es lo difícil de entender? ¿Que los subsaharianos tengan móviles, y se enteren en tiempo real que Zoumana ha llegado felizmente a Almería y ya le han dado un móvil y le van a conseguir una paguita desde ya? ¿O que la información les deje fríos? Porque ninguna de las dos cosas tiene el menor sentido.
Que te den paguita, sanidad pública, educación, probablemente vivienda y tal por la cara, paga el contribuyente español, que es así de rumboso, no sé, a mí me parece bastante atractivo visto desde Bamako.
Pero ese, que es el más conocido y debatido, esos servicios sociales que se adquieren por la hazaña de saltarte a la torera la ley, que en el imaginario del españolito medios es el grueso de ese efecto llamada que existe o no existe, en realidad es solo el primer nivel, y el menos efectivo.
El español piensa en sanidad gratis, en educación, en una paguita, en un alojamiento, y eso lo entiende, entiende el atractivo. Pero eso es lo menos importante, y si el español medio no concibe por qué, debería vivir una temporada en alguno de estos países. No en las zonas residenciales de las capitales, no: donde viven precisamente los que vienen aquí.
El segundo nivel son cosas que todos aquí damos por supuestas, pero en algunos de estos lugares son magia del hombre blanco: obtener agua potable con un movimiento de muñeca sin salir de casa, sin tener que acercarse al pozo, que está a siete kilómetros; apretar un aplique blanco y que se haga la luz. Edificios donde uno no pasa demasiado frío en invierno ni se asa del todo en verano. Esto, mis queridos amigos, no es la norma en todo el mundo, en absoluto. Como no lo es que existan tiendas por todos lados, casi para cualquier necesidad. Que las cosas funcionen. Que no corras peligro inminente de muerte en cada carretera. Alou ve esto y casi que le sobran las paguitas. Esto es jauja.
Este nivel es un foco de atracción mucho más fuerte que los servicios, según el rojerío, míticos, que se les da a los recién llegados. Sin ellos seguirían viviendo en el Madrid de todos los acentos incomparablemente mejor que en Gao.
Y luego está el tercer nivel, el más doloroso para nosotros, los nativos: la prioridad extranjera. Los disturbios en París, que hubieran sido aún peores si el PSG llega a perder, transmiten un mensaje meridiano al otro lado del mar: aquí somos los amos, hermano. Aquí mandamos nosotros. Aquí, si violamos, quizá nos castiguen con un curso de sensibilización sexual donde nos reímos mucho. Pero si ellos se defienden y, qué se yo, nos caemos, nos hacemos daño y les denunciamos, van al trullo.
Aquí, querido Drissa, funciona una cosa que llaman «prioridad». A nuestro favor.