«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Sevilla, 1986. Periodista. Ahora en el Congreso.

Los valientes están solos

9 de octubre de 2026

Dos bombas. La primera en 1943, la segunda en 1992. Italia vive su propia guerra civil en cuanto los Aliados desembarcan en Sicilia un verano antes de hacerlo en Normandía. En esta isla árida y salada, donde los perros se comen a otros perros para no morir de hambre, vive la familia Riina en la ciudad de Corleone. El padre manipula una bomba aliada que encuentra en la rua del Piano, junto a su casa. El desenlace es trágico, todos mueren menos uno de los hijos, el pequeño Salvatore.

Muy pronto Salvatore se convierte en Totò, y con los años en capu di ‘i capi, en jerga siciliana. Todos le temen, son muy pocos quienes se atreven a llamarle por su apodo, la bestia. En los 80 aquel niño huérfano es un hombre despiadado que pone en jaque a todo un Estado, que ejerce el terrorismo contra otros clanes y somete a las instituciones italianas. Son años de omertá, compra de voluntades y mucha sangre. Mata a medio millar de personas, una carnicería que avergüenza al Gobierno y es, sobre todo, un aviso a navegantes.

Claro que hay quien no quiere captar el mensaje. Enfrente hay un juez empecinado y corajudo dispuesto a que el crimen organizado no gobierne Italia. Se llama Giovanni Falcone y libra una cruzada contra la mafia siciliana desde el palacio de Justicia de Palermo. Desde ahí sienta a los cabecillas ante el banquillo en un macrojuicio histórico que paraliza un país y le acaba costando la vida. Totò, que sobrevive a una bomba cuatro décadas atrás, ordena que coloquen cuatro mil kilos de explosivos bajo la autopista al paso del coche del magistrado entre el aeropuerto de Palermo y la ciudad. Hace tiempo que vigilan a Falcone, ahora trasladado al Ministerio de Justicia en Roma, y aprovechan una de sus visitas a casa para quitárselo de en medio. Aquella noche Totò brinda con champán. 

Es 1992, epitafio de la carrera de un juez que defiende la legitimidad del Estado frente a la mafia. Su legado es formidable: logra el encarcelamiento de Salvatore Riina y el profundo rechazo del pueblo italiano hacia la mafia. Todo esto lo cuenta Roberto Saviano en las páginas de Los valientes están solos, obra que debería leer quien sienta vocación de mártir por la justicia terrenal.

En España tenemos varios aspirantes a emular al juez Giovanni Falcone. Mafia ya tenemos, eso desde luego. Tuvimos la de ETA, que perpetró una historia aún más trágica. El 12 de mayo de 1980 dos terroristas acribillan a tiros a Ramón Baglietto, concejal de la UCD en Azcoitia. Dos décadas atrás Baglietto había salvado la vida a uno de los etarras —entonces un bebé de 11 meses llamado Cándido— cuando iba a ser atropellado por un camión que mata a su madre y hermano.

Ahora tenemos a la mafia metida en el Gobierno, he aquí la novedad, con unas siglas que nos suenan a todos y suscitan tal admiración que en la emisora episcopal piden pactos con el ala buena. La mafia moderada. Pero no hay dos mafias. Hay una, la que encarga a un clan de Badajoz matar a la juez que investigaba al hermano de Pedro Sánchez. 

Lo nuestro no es una novela italiana, todo viene en la agenda de Leire Díez. «Jueza de Badajoz. La Celsa. Heroína o gitano». La Celsa es Cintia Rocho, líder del clan, que reconoce ante la Guardia Civil que el exjuez Sáenz de Tejada, contacto de la cloaca de Ferraz, le ordena eliminar a la juez Beatriz Biedma, que era «un puto grano en el culo».

Seguro que es casualidad, pero la Fiscalía de Badajoz mantiene en prisión provisional al hijo de 18 años de Cintia Rocho por robar un patinete cuando no hace mucho quería negociar su puesta en libertad. El escenario cambia, por supuesto, el mismo día en que su madre desvela el encarguito que le llega de Ferraz. 

Ayer la propia víctima, Beatriz Biedma, compareció ante la Audiencia Nacional. Confiesa su angustia cuando supo que una desconocida había preguntado por ella en el colegio de sus hijas. Que incluso temió por su vida y la de su familia al conocer los contactos del PSOE con los narcos de Badajoz. Alguien —relata— se presentó en el bar donde suele desayunar haciéndose pasar por su hermano (que no tiene) y una mujer por su secretaria en el colegio de las niñas. 

La juez Biedma no ha tenido escolta durante todo este tiempo. Marlaska le puso quince a Sarah Santaolalla cuando fingió una agresión y apareció con un cabestrillo tan falso como el teatrillo con Maricarmen, que acumula las horas televisivas que no le dan a una juez amenazada de muerte.

Siempre decimos que este hedor a fosa es imposible de superar, aunque nos quedan ocho semanas para que las mentes bunkerizadas que trabajan para don PSOE hagan magia. De momento, Sánchez planea incluir a Begoña en las listas para aforarla y a Zapatero como gran reclamo de campaña. 

Si esto no se ha caído del todo es, en gran parte, por un puñado de jueces valientes que, como Beatriz Biedma, imparte justicia a los villanos desde la soledad de su despacho.

Fondo newsletter