Estos perezosos últimos días de calor son los favoritos de los medios al uso para tirar de sus obsesiones, a falta de asuntos de mayor calado o, como en el caso ceutí, huyendo de ellos. Como el círculo de viejas damas victorianas en que se han convertido, su mayor entretenimiento de senectud es escandalizarse y observar con altivo disgusto cómo está la juventud. Nihil novum sub sole.
Ha nacido así lo que podríamos llamar una subsección fija de comentario casi psicoanalítico cuyo titular consiste en variaciones más o menos imaginativas de esta pregunta: ¿Qué (o quién) está radicalizando a nuestros chicos?
Da ternura contemplar que miran sin ver, como los fariseos en el Evangelio; que no reconocen a sus padres o, al menos, algunos de los instintos eternos de las nuevas generaciones. Tienen delante de los ojos una especie de 68 invertido y quieto, y sólo son capaces de elucubrar estrambóticas explicaciones o teorías de la conspiración lícitas para entender por qué un chaval de 16 años de Móstoles pasa en sus redes vídeos meméticos de ciudades españolas en los años 60 o se pone a cantar el Cara al Sol con sus colegas a la menor provocación.
No entienden lo más evidente: no, estos chicos no están radicalizados por la extrema derecha, de alcance más bien exiguo; sería más preciso decir que son quienes radicalizan a la extrema derecha. Pero en realidad no están radicalizados por nadie, ni siquiera por la realidad, sencillamente porque sus ideas no son radicales en absoluto.
Y esto es lo más difícil de ver del mundo, al parecer. Bosque, árboles, ya saben. Lo cierto es que son las generaciones anteriores las que les han entregado un panorama más que radicalizado, enloquecido, sólo que el tiempo ha convertido la revolución en institución, las soflamas más disparatadas en ley y telediario.
Pueden parecer radicalizados porque les aseguran que la mujer es, simultáneamente, un ser desvalido merecedor de toda protección imaginable y, a la vez, una versión mejorada y corregida de la especie humana, y ven que es mentira.
Porque les dicen que hay tantos géneros como deseen imaginar, y ellos ven que en realidad hay sólo dos, los de siempre. Que la identidad nacional no existe, que todos los pueblos y culturas son esencialmente idénticas y ellos, por puro acoso diario, están empezando a reconocer su pueblo y su cultura por instinto de supervivencia.
Ni son ni pueden ser nostálgicos. Se solazan en viejos vídeos de cosas que ni siquiera sus padres, y apenas sus abuelos, llegaron a vivir. No piensan en ideologías, en realidad; piensan en la loca idea de tener una casa en propiedad, de encontrar un trabajo medianamente seguro, de irse a vivir con su chica y, ya si eso, tener una familia propia. Así, a lo grande.
Ayer estuve charlando con un chaval de 19, Pedro. La conversación no fue especialmente elevada, ni especialmente íntima ni profunda, pero sí lo bastante larga para aprender cosas. Como que lo llamativo del ‘zoomer’ no es tanto lo que cree como lo que descree. A Pedro le ha mentido tantas veces el sistema (ya, suena flojo hablar en abstracto) que no se cree nada. No con esa furia sorda del decepcionado, del engañado en esto o en aquello, sino con la resignación melancólica del desencantado.
No se le ve amargo en absoluto, no es un angry young man, no tiene el impulso de quemar papeleras. Su resistencia, al menos por ahora, es totalmente pasiva e irónica. Es la resistencia que enseñaba Solzhenytsin: no dejar pasar una sola mentira. Y eso es lo que tiene a los amos del discurso espumeando por la boca. Ellos querrían a skinheads con cadenas y cabeza rapada rompiendo cosas. Pero lo que tienen delante es a Pedro, que ni siquiera ha encendido una cerilla, que tampoco es mucho de confrontar ni confía en el activismo, pero que no cree una sola palabra de lo que dicen. No están hiperestimulados, como se dice, al menos ideológicamente; el adoctrinamiento salvaje, continuo, desde la cuna, no les ha llevado tanto al extremo contrario como a un embotamiento defensivo. Están insensibilizados, y buscan asilo en un humor de náufragos irreverentes del que se alegran que moleste, pero del que no esperan que sea la chispa de ninguna revolución.