Ya he pedido humildemente un respeto por los optimistas. Lo que no obsta para agradecer a los pesimistas que nos desplieguen una matriz de escenarios en la que todas las casillas auguren catástrofes. Así estamos atentísimos. Pero, como G. M. Hopkins, hay que alabar a Dios por la infinita variedad de la Creación, incluidos los caracteres humanos, tan complementarios. Gracias a la seriedad numantina del Supremo, parece que por ahora hemos esquivado el riesgo de la gatera de la ley de nietos. Permitámonos —Conde-Pumpido aparte— un poco de optimismo.
Nos hace mucha falta. No para recrearnos ni, mucho menos, para dormirnos. No sólo, como ya se ha dicho, para mantener los corazones altos. También para trabajar más, en cosas distintas e igual de necesarias. Hay que abrirse en abanico. La ventaja de pensar que el domingo 29 de noviembre España derrotará a Sánchez y a su caterva —independentistas, nacionalistas, exprófugos, amnistiados y exfiloterroristas— es que, sin estorbar el trabajo de la campaña que queda por delante, ya podemos ir pensando en los años posteriores.
Salvando las distancias, hay un precedente del máximo interés. En 1943, cuando todavía faltaban dos años durísimos para que terminase la Segunda Guerra Mundial, hubo unos cuantos intelectuales que tuvieron la extravagante ocurrencia de ponerse a pensar en la paz. Los aliados empezaban a ver cercana la victoria y ellos se preguntaban qué iban a hacer con ella. Alan Jacobs cuenta esta historia en The Year of Our Lord 1943 (Oxford, 2018). Sus protagonistas son cinco pensadores de inspiración cristiana: Simone Weil, Jacques Maritain, C. S. Lewis, T. S. Eliot y W. H. Auden. Cada cual por su cuenta, sin formar ningún comité de expertos ni ponerse de acuerdo previamente, coincidieron en una inquietud: no fuera a ocurrir que Hitler perdiese la guerra, pero sus principios más profundos ganasen la paz.
Porque una cosa era derrotar al nazismo y otra, muy distinta, vencer el culto a la fuerza, el desprecio a la persona, el relativismo moral y la idolatría de la técnica. La democracia, advertían, no se salva sola por llamarse democracia. Había que reconstruir los edificios, por supuesto, pero antes, o al mismo tiempo, reconstruir las almas. Propusieron regenerar la cultura, recuperar la educación clásica y defender la dignidad de la persona, poniendo la justicia por encima del poder y recordando el sentido trascendente de la existencia. Tenían clarísimo contra quién había que luchar, pero les preocupaba todavía más para qué había que vencer.
Esos cinco intelectuales, versos sueltos en el sentido más lírico y épico de la expresión, no esperaron a que acabara la guerra. Se les escuchó un poco, pero su aspiración de fondo, la de reconstruir la civilización sobre los cimientos clásicos, terminó perdiendo terreno frente a la tecnocracia, el relativismo y el materialismo. Los aliados ganaron la guerra, pero la paz se les fue de las manos.
Lo que importa de aquella lección es que no basta con desalojar del poder a quien lo ha ejercido mal: hay que desterrar también sus métodos y corregir las debilidades que le permitieron emplearlos. No vaya a ocurrir que Sánchez pierda las elecciones y el sanchismo gane la legislatura. España necesita una regeneración institucional muy seria. El sistema de contrapesos constitucionales ha demostrado ser demasiado vulnerable a los abusos del poder. Y la reforma tendrá que servir para limitar no sólo al Gobierno saliente, sino también a quienes lleguen para sustituirlo.
Urge una revolución demográfica. Otra educativa. Y una regeneración generacional que permita a los jóvenes españoles formar una familia, acceder a una vivienda y mirar su futuro sin necesidad de marcharse de España. Y desde luego hace falta un impulso moral, con perdón, que nos haga un pueblo más resistente a las adulaciones, menos sumiso a las consignas demagógicas y más exigente consigo mismo. Que haya que pedir perdón por decirlo ya es el síntoma que Lewis diagnosticó en Newcastle, en febrero de 1943: «Nos reímos del honor y nos escandaliza encontrar traidores entre nosotros».
Ganar las elecciones y perder la oportunidad ya nos ha pasado dos veces. Los gobiernos de Aznar y Rajoy, recibidos con tantas esperanzas, acabaron en agua de borrajas. En vez de emprender la subida, fueron dos rellanos en la escalera hacia este hondón, tiempos muertos que el progresismo aprovechó para renovar fuerzas. Y cuánto.
Hay que dejarse de rellanos y de resuellos y recuperar el ánimo de aquellos intelectuales de 1943: mismo rigor, misma esperanza, misma jerarquía de valores. No queremos solamente que el próximo Gobierno sea mejor que el de Sánchez. Queremos que España sea mucho mejor después de Sánchez. Hay que proponer y exigir políticas más ambiciosas y políticos más firmes. Por fin será lunes el día 30 de noviembre e iremos a trabajar de buena mañana.