Mercosur, sin escrutinio democrático
Mercosur, sin escrutinio democrático
Jorge Buxadé.
Por Jorge Buxadé
18 de enero de 2026

La ratificación del acuerdo comercial y de asociación entre la Unión Europea y el Mercado Común del Sur reabre una más que interesante discusión acerca de los acuerdos comerciales firmados entre organismos multilaterales en el marco de la Organización Mundial del Comercio, con vocación omnicomprensiva; es decir, todos los sectores de la economía para todas las partes sin distinción.

Llama muy poderosamente la atención que en la discusión sobre Mercosur sus defensores dejan de lado las más que evidentes argucias y fraudes cometidos por las burocracias negociadoras, tanto en el proceso de ratificación como en la negociación misma, argucias ejecutadas sistemáticamente con la finalidad de eludir la opinión de los representantes de los ciudadanos, votados por éstos.

Dividir el acuerdo comercial y de asociación, ya cerrado, en dos partes, sin mandato ninguno, para impedir que los parlamentos nacionales tengan que ratificar su entero contenido hurtando así a los órganos constitucionales donde reside el poder democrático examinar, debatir y votar el conjunto del acuerdo, una vez las burocracias negociadoras advierten la posibilidad de que esos parlamentos rechazasen los términos del acuerdo; o ratificarlo Úrsula Von der Leyen en el día de ayer sin que se haya sometido al consentimiento del Parlamento europeo por la misma razón, parecen suficientes motivos para poner bajo sospecha la bondad de un acuerdo de esta naturaleza.

Si quienes han negociado el acuerdo buscan imponer su aprobación y entrada en vigor sin someterse al escrutinio de los parlamentos nacionales y del Parlamento europeo, es decir de los representantes de quienes van a sufrir sus consecuencias, positivas o negativas, parece razonable pensar que esconden hechos, datos o conclusiones. Sin embargo, los defensores de Mercosur se limitan a acusar de populistas, irresponsables, proteccionistas a quienes rechazamos un acuerdo de esta naturaleza, su contenido y su más que previsto impacto.

Forzoso citar así a Thomas Sowell cuando afirma que «una de las características de los intelectuales de élite que tratan de imponerse a las decisiones de los demás, ya sea en política pública o en su vida privada, es la dependencia de afirmaciones sin fundamento basadas en el consenso de las élites». En el presente caso, en ésas estamos. «Intelectuales» de las élites que en periódicos y tertulias argumentan teórica y generalmente sin tener en cuenta el perjuicio que va a sufrir el productor de la miel que ha untado en la tostada que se ha metido entre pecho y espalda antes de abrir el ordenador.

Los defensores de Mercosur, cargándonos de números, cifras, estadísticas y presunciones no verificables, poco menos que nos acusan de ignorantes iletrados a quienes manifestamos nuestro rechazo a las seguras consecuencias negativas para la vida y los proyectos empresariales de decenas de miles de agricultores y ganaderos.

Incurren en las mismas falacias keynesianas consistentes en ver la economía como un todo indivisible, pegados al dato estadístico «macro», olvidando que un acuerdo como Mercosur constituye, en sí mismo, una obvia forma de planificación por las élites basada en un prejuicio idealista al margen de la realidad de los hechos; y sobre todo olvidando que hay otros que estamos pensando en ese agricultor o ganadero al que Bruselas y los intelectuales del régimen globalista condenan a una segura derrota.

Porque los hechos y la experiencia nos indican —vayamos por ejemplo a Estados Unidos— como desgrana Michael J. Sandel, con profusión de referencia a informes de evaluación ex post en su «el Descontento Democrático», que los acuerdos comerciales con México o Canadá o China de la era de la globalización firmados por Clinton sólo contribuyeron en muy moderada medida al crecimiento económico estadounidense (menos de una décima de punto porcentual de aumento del PIB), si bien reconfiguraron completamente la economía norteamericana, pues los salarios se estancaron para la mayoría de los trabajadores y se destruyeron cientos de miles de puestos de trabajo; ya que se produjo una deslocalización de empresas y empleos a aquellos lugares donde los salarios son más bajos, escasos los derechos de negociación colectiva y laxas las regulaciones medioambientales y de seguridad.

Nótese que Político, órgano oficioso de la burbuja de privilegiados negociadores de Bruselas, anunciaba que el PIB europeo iba a crecer un 0,05% como consecuencia de este acuerdo Mercosur. Esa fórmula de análisis es errónea e injusta. Ese eventual crecimiento (démoslo por cierto) no será homogéneo en todos los sectores sino que algunos ganarán mucho más de ese tanto por ciento, y otros perderán también mucho. De lo que se trata es de saber de antemano a quién va a perjudicar, y por qué, y proceder a ese debate abierto y a votar. Pero los intelectuales de las élites prefieren decirte que no te enteras y lanzarte a la cabeza una diatriba de dogmas sobre la ventaja absoluta y la ventaja competitiva.

Pero lo que ellos no explican es que los mismos que han promovido, negociado y apoyado Mercosur son los que han condenado a nuestros agricultores y ganaderos a competir en manifiesta inferioridad con productores foráneos. No explican que en nombre de la protección del planeta les han impuesto coactivamente prohibiciones, restricciones y limitaciones en la producción, distribución y transporte, uso del agua y fitosanitarios, normas laborales, fiscales y ambientales de todo tipo, y ahora les sueltan a competir con aquellos que golpean con los dos puños. No hay razón de justicia para ello, ni razón de experiencia. El campo ya sabe el resultado de antemano. Lo vive con los cítricos de Sudáfrica o el tomate y la fresa de Marruecos. También les dijeron que había cupos, contingentes y salvaguardias. Nada de eso funciona. Lo saben ellos. Lo sé yo. Lo saben los intelectuales de la élite y la élite, pero lo ocultan. Prueba de ello es que la Comisión Europea ni nadie ha hecho un informe de impacto social y económico de Mercosur sobre los distintos sectores.

En fin, que Mercosur sienta las bases para acabar con la competencia en perjuicio de los nuestros. Parafraseando a Israel M. Kirzner, no hay competencia cuando quienes pueden ofrecer algo más atractivo (los productores europeos) se ven impedidos de hacerlo. En este caso, por culpa de las normas y cargas impuestos por un Pacto Verde sostenido por quienes les han vendido en la negociación para beneficiar, supuestamente, a la industria alemana. Pero eso ya lo dejamos para mañana.

TEMAS
Noticias de España