Circula por redes una foto familiar de Alfredo Landa que debe ser de principios de los setenta. Si el cálculo es correcto, el actor tendría entonces unos 37 o 38 años, aunque Landa siempre ha sido uno de esos caballeros españoles de edad indefinida. De todas formas, la instantánea pertenece a esa época en la que uno parecía, porque lo era, un padre desde los veinticinco años hasta los cincuenta, momento en que se convertía en abuelo. Es otra de las cosas que hemos perdido. Ahora alargamos estúpidamente la juventud hasta bien entrados los cuarenta, cuando el truco es haber parecido viejo desde joven.
El actor pamplonica llegó a Madrid en 1958 y se instaló primero en habitaciones y pensiones. En sus memorias cuenta que durante una etapa compartió vivienda con gente del mundillo, y que llegó a dormir en una cama plegable en un salón. En el momento de la fotografía, poco más de diez años después, estaba casado, tenía tres hijos y una carrera profesional consolidada. Y una casa. Y en esa casa, una esposa y tres hijos con los que se fotografió en un salón con un sofá recubierto por un tapete de ganchillo, un mueble de madera oscura, probablemente hecho a medida, con estanterías, un televisor de tubo y un mueble bar. Algunos han aventurado que, de poder verse el interior, «encontraríamos al menos una botella de Chartreuse y otra de 103». «Y de Pipermint».
Nostalgias aparte, las matemáticas se hacen solas. «Queremos hacer que todos los españoles se sientan propietarios del hogar que ocupan», dijo en el 57 José Luis de Arrese, primer titular del recién creado Ministerio de la Vivienda. Durante la década de los sesenta se construyeron en España cerca de tres millones de casas. El Gobierno de Franco hizo surgir una clase media despolitizada, tan solo ocupada en «ir medrando en su posición económica y social, llegar al seiscientos, a los electrodomésticos, al apartamento durante las vacaciones y a los hijos con carrera», según escribía Vizcaíno Casas.
Si el franquismo creó una sociedad de propietarios y el Régimen del 78 —superada la inercia del desarrollismo— fabricó una clase de inquilinos, nuestras élites lacayas han dado lugar a una nueva especie: los campistas.
Que hayamos vivido la performance de las acampadas en Sol en nuestro pasado reciente no quiere decir que hayan dejado de tener su función y de hacer su efecto. Cuando algo incomoda al poder, este no tarda ni cinco minutos en mostrarnos por la tele las consecuencias, generalmente en forma de tuerto o tullido (véanse los chalecos amarillos). Por el contrario, si el chiringuito les favorece, llegan raudos con cobertura wifi y otros suministros. Ocupa tú, ciudadano al corriente con el fisco, la vía pública, a ver si el Ayuntamiento o la Comunidad remolonea para echarte presentando recursos no sé dónde.
Los campistas hoy, como ayer, sólo son como esos imperceptibles microseísmos que liberan parte del estrés tectónico acumulado en una falla e impiden que llegue a producirse un terremoto. Pero, sobre todo, sirven para que un problema real, una insatisfacción que debería ser transformadora y exigir soluciones, sea inutilizada. O utilizada estratégicamente. Ahí tenemos la convocatoria electoral de Pedro Sánchez, hace sólo unas horas. El asunto nuclear de la vivienda que incluye la inmigración y el globalismo, valga la redundancia, es, como tantos otros, reconducido al sistema.
Pero hete aquí que el sistema no tiene ninguna voluntad de enmienda. Lo ilustró con precisión quirúrgica el economista Jacques Attali, antiguo miembro del Consejo de Estado y asesor de Mitterrand: «Todo país debe pensarse como un hotel». Después, como regocijándose en su genialidad, propia de cualquier corriente de pensamiento del transnacionalismo liberal, añade: «Se puede morir por un territorio, una cultura o unos valores. ¿Quién moriría por un hotel?».
La transformación del hogar en producto financiero —desde los microfinance bros hasta Blackstone— es mucho más perversa que el mero hecho de convertirlo en el nuevo capricho del mercado. Una casa en propiedad permite el arraigo, la identidad, la posibilidad de una esposa, un sofá y tres hijos. Y una causa por la que vivir y morir.
El sistema, la izquierda, que dice emancipar al trabajador frente al capital, ha terminado emancipando al individuo de sus vínculos para entregarlo, a la intemperie y atomizado, al mejor postor. La derecha igual, pero haciendo mohínes. En el desguace patrio al que estamos asistiendo, el contenido está siendo regalado a la plutocracia; el continente, a Marruecos.
La ciudad española de Ceuta lleva 69 días ocupada.