Estamos en el estado de resignación general que es acaso el peor de los estados en que puede caer una nación. Esperamos las próximas elecciones como esperan los agricultores la lluvia, pero las urnas tardan demasiado en llegar para lo que el pueblo español necesita, que es un Estado fuerte y poderoso, y no esta cochambre tercermundista. Empezamos a perder la paciencia, y solamente cuando el resultado del caos es la muerte de decenas o de cientos de compatriotas, nos atrevemos a gritar y a señalar a los culpables. En vano, por supuesto.
El sistema bipartidista está tan sumamente bien aquilatado que ninguna desgracia es suficiente para poder echar del poder a un Gobierno. Ninguna. Ni la amenaza de ruptura de la nación, perpetrada por socialistas, comunistas y separatistas, ni una pandemia que costó la vida de miles de españoles (en parte por la ineptitud de Pablo Iglesias), ni una riada que sepultó bajo el lodo a decenas de valencianos, ni unos trenes que descarrilan como si fuesen de un scalextric comprado en los chinos. Nada puede echar a una banda corrupta y criminal del poder en la España de nuestros días.
Decía Abascal este viernes, con razón, que «la paciencia de los pueblos tiene un límite». Pero el «PSOE state of mind» (ayudado por el siempre complaciente PP), ha acostumbrado a la mayoría de los ciudadanos a creer en un camelo: que el resultado de las urnas tiene más valor que la realidad social, política y económica. Que es «de ser buen ciudadano» aceptar con resignación, y no protestar mucho, aunque veamos cómo la idiocia, la golfería y la absoluta degradación moral de los gobernantes ponen en peligro nuestras vidas. Poner España por delante del resultado de las urnas es propio de fascistas, según esa ideología de amebas.
Todos sabemos que la causa de los muertos de la pandemia, de las riadas, de los incendios, del apagón y de los trenes es la misma: el absoluto abandono del Estado. Estos usurpadores del poder legítimo están okupando unos sillones que están pensados para servir a la nación, no para saquearla. España está hoy a cinco minutos del tercer mundo porque durante décadas ha tenido, y sigue teniendo, una clase dirigente dedicada al expolio del dinero público y no a la inversión. A las chorradas de los partidos, a sus mezquindades, y no al robustecimiento de los pilares del Estado.
En la España de hoy, cuando ocurre una desgracia, los Reyes cumplen la función de acompañamiento y consuelo de las familias de los muertos. Llegan con caras tristes, el ademán derrotado, vestidos con modestia para no enfadar más ni a los vecinos, ni a los tertulianos, ni a Gabriel Rufián. Después, la retahíla de lugares comunes: «Debemos estar unidos», «entendemos vuestro dolor», «la democracia es más fuerte», etc. Nunca un puñetazo en la mesa, ni un sonoro «se acabó», aunque sea para demostrar que la indignación es real, es de verdad, y no de atrezo. Nunca una toma de postura decidida a favor del pueblo español y en contra de los usurpadores del poder legítimo.
La niña que ha perdido a sus padres y hermanos, y que pasó su primera noche de orfandad abrazada a la Santísima Virgen y a una agente de la Guardia Civil, sabrá algún día por qué le robaron su infancia y la empujaron brutalmente al mundo de los adultos. Pasarán unos años hasta que sepa, quizá investigando ella sola, que aquel tren que se salió de su vía en Adamuz no se estrelló contra otro por mala suerte, ni por una fatalidad, ni por un despiste del conductor. Esa niña sabrá, seguro, cuando tenga edad suficiente para digerirlo, que unos gobernantes traidores se gastaron en vicios y en juergas el dinero destinado, entre otras cosas, a que esos trenes nunca hubieran chocado, y a que su familia pudiese seguir viviendo. Eso tiene un nombre, pero nos han convencido para no decirlo.