No estamos abiertos a los milagros
No estamos abiertos a los milagros
Por Jaume Vives
24 de septiembre de 2026

Me llegaban el otro día algunos fragmentos de un programa que se emitió domingos atrás en La Sexta. En el programa en cuestión, el etarra José Miguel Latasa, parece que sinceramente arrepentido, se reunía con Fernando Garrido, hijo y hermano de tres de las víctimas del etarra.

El 25 de octubre de 1986, día en que tuvo lugar el atentado, Latasa puso una bomba en el techo del coche en el que viajaban el padre, la madre y el hermano de Fernando. Como consecuencia, murieron los tres además del conductor del vehículo.

Pasado el tiempo, el etarra se arrepintió. Los suyos lo consideraron un traidor, lo expulsaron de la organización criminal y planearon asesinarlo. Después de leer una entrevista que le hacían al hijo y hermano de las víctimas, Latasa decidió escribirle una carta en la que le pedía perdón y le decía que él era el «conductor satánico» que había asesinado a su familia.

En La Sexta decidieron reunir a víctima y verdugo. Al asesino y al familiar de los asesinados. Con el beneplácito de ambos, claro está. Después de hablar con ellos por separado, los convocaron en un caserío.

La actitud del etarra fue en todo momento reconocer que lo esperable sería que la víctima le arreara un puñetazo o lo mandara a la mierda. Él había acudido a pedir perdón a la víctima, no a exigir ser perdonado. Y, al parecer, con un sincero dolor de corazón, pidió perdón y fue perdonado. Asistimos en este programa a dos milagros.

El primero, que alguien que ha tenido un alma tan corrompida deje que la luz se cuele por una rendija de su corazón enfermo y se arrepienta de todo el mal cometido. Y el segundo, que alguien con el corazón tan roto por el asesinato de su familia, sea capaz, con la fuerza y el amor suficientes, de perdonar a quien le infligió tanto daño.

Sin duda, la imagen es bella y da esperanza en un mundo que parece dominado por el odio. Pero la reacción más repetida ante este encuentro fue de desprecio y de odio hacia el etarra arrepentido y hacia el programa en cuestión por convocarlos a ambos. Muchos hablaron de «blanqueamiento». No voy a entrar aquí en, si alguien que ha cometido los crímenes que cometió Latasa debería estar en la cárcel toda la vida, si se le debería aplicar la pena de muerte o lanzarlo en mitad del mar. No es el tema del artículo.

Sin entrar en ello, en el momento en el que él sinceramente pide perdón —y creo de verdad que el perdón era sincero— y la víctima decide perdonar, debería alegrarnos que el perdón se abriera paso, más allá de cuál debería ser el castigo para una persona que fue capaz de cometer acto tan atroz. Pero sospecho que nuestros corazones, a diferencia del de Fernando Garrido, están ya tan carcomidos por el odio que no estamos abiertos a los milagros. No estamos abiertos a la gracia del Señor para que entre en ellos y perdone lo imperdonable y tampoco estamos abiertos a pedir perdón por lo injustificable.

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