No muy parecido a un baile
No muy parecido a un baile
Por Carlos Esteban
16 de febrero de 2026

Uno puede seguir hablando, al menos durante algún tiempo aún, del debate sobre la vivienda, o del debate sobre el Cambio Climático o las pensiones. Pero eso que llaman todavía «inmigración», como si fuera Paco yéndose a Alemania a trabajar en la Volkswagen, hace tiempo que no es un debate, sino un trágala.

Quiero decir con esto, si se prefiere, que el debate sobre la cuestión va aparte, se cita a tal o cual economista, se barajan consignas, se argumenta y contraargumenta sobre el fuero, pero la gente ya está en el huevo. La gente corriente ya no oye el debate, ya no sigue el debate de conceptos, porque se topa a diario con la cosa. Uno puede entretenerse discurriendo sobre Clausewitz en la paz, ante guerras ajenas; pero no es el tema de conversación habitual en las trincheras.

Ya todo es cuestión, literalmente, de vida o muerte. Una casa, en el sentido de hogar, tiene una realidad física, unas normas, unas costumbres, un estilo; pero la casa la forman quienes la habitan. Un progresista podría argumentar que mi familia funcionaría mucho mejor con otros miembros, y podría tener razón, pero ya no sería mi familia. Es como la respuesta que recibe Caroline en Orgullo y Prejuicio cuando afirma que sería mucho más racional que los bailes consistieran en conversaciones: «Mucho más racional… pero no se parecería demasiado a un baile».

Se desciende —o asciende, vaya usted a saber— del argumento al instinto, e instinto de supervivencia. Es difícil exponerlo de un modo más sencillo y contundente de lo que lo hace Viktor Orbán: «Hungría no quiere dejar de ser húngara». Suena a verdad de perogrullo. No queremos que nos cambien de gente como no querríamos que nos cambiaran de hijos o padres

El lema de esta misma publicación reza que «ser es defenderse», y en ese nivel estamos en Occidente. Y aunque lo números aquí pesan más que las palabras, todavía más lo hace la experiencia diaria.

Ese es el peligro que nuestros gobernantes, empeñados en cambiar de pueblo por los bravas, parecen no querer ver: que el asunto ha dejado de ser un tema de discusión o que, como tema de discusión, interesa a muy pocos. La gente corriente, sencillamente, ve que lo suyo está dejando de ser suyo, lo toca, lo experimenta con una actualidad más parecida a un puñetazo que a un silogismo.

Cuando el argumento definitivo es «no lo quiero», no sólo sobra la racionalización, sino que el empeño en doblar la dosis de lo que no se desea empuja fácilmente al hartazgo radical, a la tentación de cortar por lo sano. Igual que el hombre que ha sufrido una indigestión no puede ni ver la comida aún en pequeñas porciones, el europeo ya no quiere más inmigración ni en pequeñas dosis.

Hace no tanto la consigna era «hay que acabar con la inmigración ilegal masiva». He observado que cada vez se omite más a menudo el calificativo «ilegal», y pronto pasará lo mismo con «masiva». Uno de los factores irritantes en todo este asunto es que el pueblo se siente tratado como imbécil viendo de continuo en la propaganda oficial una integración de escaparate que no ve en su barrio, sino muy ocasionalmente. Lo que ve más a menudo no es una serie (numerosa) de nuevos español que vienen decididos a hacer de esta su nueva patria, sino tribus que replican en este suelo sus lealtades originales, creándose así sociedades paralelas que coexisten con sus propias estructuras dentro de una misma jurisdicción.

El cansancio es visible, agravado por lo que podríamos llamar «frustración democrática», es decir, la sensación de que su rechazo abrumadoramente mayoritario a una política concreta es, no solo ignorada olímpicamente, sino denostada como inmoral por sus presuntos representantes. No importa cuántas veces fracase el experimento multicultural, la respuesta siempre son dos tazas. Por eso es improbable que cuando se alcance el punto de no retorno la respuesta no sea meramente política.

TEMAS
Noticias de España