No permitiremos el breakdance
No permitiremos el breakdance
Por Hughes
19 de septiembre de 2025

Hace unas semanas era noticia que Bukele quería prohibir en las escuelas públicas de El Salvador un corte de pelo, el llamado «edgar», asociado a las bandas latinas (que no hispanas) y parecido al que aquí llamamos pelo brócoli. Son variaciones del corte a tazón: el Edgar es con flequillo, el brócoli con rizos.

Bukele lo tiene claro: tijerita. O más bien lo contrario: un ordenado corte de pelo uniforme, sin rapados, degradados o desvanecidos.

A veces el Estado se mete en estas cosas. La medida hacía pensar en Lee Kuan Yew, el hombre que transformó Singapur en un país exitoso y próspero.

Su autoritarismo era del todo paternalista y en los años 70 prohibió el pelo largo en los hombres. No era un capricho sin más. Su intención era evitar la penetración de la cultura hippie, y con ella la degradación de las costumbres. No se puede levantar un milagro económico si se introduce el virus extranjero del hippismo, que lleva consigo el de las drogas.

Las disposiciones del ministerio del Interior prohibiendo la entrada a los extranjeros de pelo largo tenían una lógica aplastante: Una: «el Departamento de Inmigración mantiene que las personas de aspecto sucio y desaliñado, con cabello y barba largos, se presumen hippies»; dos: «cualquier persona que parezca hippie deberá demostrar que no lo es a los funcionarios de inmigración y que su estancia en Singapur no contaminará el entorno social».

Singapur flexibilizó luego su postura con la Operación Recorte. Podían entrar si se cortaban el pelo allí mismo. Los Bee Gees y los Who se negaron.

Para los nacionales, la prohibición se traducía en inspecciones capilares en los escolares, recomendaciones de despido a los melenudos o atender en último lugar en las oficinas a quienes llevaran el pelo largo, para lo que tampoco era necesario tener un melenón. El corte yeyé ya era rechazado.

En su afán por preservar el espíritu de Singapur, Lee Kuan Yew se convertía en un literal cazatendencias. Así, en los años 80, alarmados por las aglomeraciones callejeras que se formaban alrededor de los bailarines, prohibieron el break dance que aquí promocionaba TVE en el Tocata de Abellán mediante un concurso o campeonato nacional del estilo.

Juan Benet dijo una vez que lo primero que haría si fuera ministro del Interior sería encarcelar a Maurice Chevalier (el del sombrerito). Las prohibiciones de Lee Kuan Yew no se movían por fobias personales. Todo tenía su razón. Prohibió los nunchakus, muy populares por las películas de Bruce Lee (y quizás el objeto favorito del tipo humano conocido como flipao) o los chicles, porque, obsesionado con la limpieza como estaba (el Estado en Singapur era a la vez un padre y una madre), veía que la gente los pegaba en las calles y asientos.

Finalmente, la clave del desarrollo es la población, y Lee Kuan Yew, frente a las tendencias modernas y en boga, tenía el dictatorial objetivo de minimizar el número de tontos, e hizo sus pinitos eugenésicos.

En los 80, como las mujeres educadas de Singapur tenían menos hijos que las carentes de estudios, y temía que esto afectara al talento de las generaciones siguientes, instituyó políticas para incitar a los graduados universitarios a casarse y tener hijos entre ellos: un servicio estatal de citas por ordenador, clases de cortejo y «cruceros del amor» gratuitos para graduados universitarios solteros.

Menos divertido era la otra cara de la medida: incentivos a la esterilización de las mujeres pobres y sin estudios, a las que ofrecían, a cambio, la entrada a un piso de protección oficial (esto es cruel, pero no tanto si pensamos que el feminismo socialista moderno ha dejado a muchas mujeres sin hijo y además sin piso).

Lee Kuan Yew era de origen chino, lo cual puede explicar algunas cosas. También su desarrollismo, que estaba basado en una cosa que damos por descontada: el aire acondicionado. Lo primero que hizo fue instalarlo en todas las oficinas públicas y generalizar su uso en el país. En su opinión, era uno de los grandes inventos de la humanidad porque permitía que las naciones del trópico, cálidas y sobre todo húmedas, se incorporaran al trabajo eficiente y la modernidad. El aire acondicionado, que ha desarrollado hasta los países del desierto, lo inventó a principios de siglo XX un ingeniero norteamericano, Willis Carrier. Quizás, sin saberlo, el gran impulsor de la globalización.

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