Hay algo preternatural en «la derecha realmente existente», en la de toda la vida de posguerra. Desafía todas las leyes de la probabilidad; no se puede ser tan torpe por mera casualidad.
Imagine a un tipo avaro hasta el céntimo en unos aspectos y espectacularmente pródigo en otros, de los que tiran la casa por la ventana. Eso ya es extrañísimo, pero suponga ahora que cuando acapara ávidamente nuestro hombre no se enriquece y cuando despilfarra no se divierte. Esa es la derecha que todos conocemos.
Porque es comprensible que unos quieran a toda costa llegar al poder, incluso sacrificando para ello posturas ideológicas, y que otros aspiren a la pureza doctrinal aunque esto suponga perder apoyos populares. Lo incomprensible es que se enajenen todas las simpatías del pueblo en su carrera electoral y cedan en todo a sus enemigos políticos cuando gobiernan, que es exactamente lo que hace nuestra derecha tonta.
La derecha ve que la izquierda triunfa, y se dispone a imitarla sin saber exactamente qué. Piensa que el secreto del éxito de la izquierda son sus disparatadas propuestas ideológicas, que copia con la minuciosidad de un mal estudiante en el examen. Mientras, su estrategia y sus formas son las de siempre, las que garantizan la derrota incluso cuando obtenga más votos. Visto desde fuera, es un espectáculo demencial, como ver a un conductor respectando escrupulosamente hasta el detalle todas las normas de tráfico mientras avanza a contradirección. Si no se tratara de un grupo político diría que es una tara genética.
Tras ya siglos de ensayo y error, me parece evidente que la derecha debe aprender de la izquierda, como cualquiera debería aprender de un rival que le vence siempre. Pero debe imitarle en lo que le da la victoria, especialmente la hegemonía cultural —definir lo que es bueno y es malo, deseable e indeseable—, y esos son las formas, la estrategia, la actitud.
La izquierda no gana por el contenido ideológico de sus propuestas. ¿Cuánta gente en España es partidaria de la inmigración masiva? No creo que llegue al 20%, por ser generosos. ¿Cuántos creen que un hombre se convierta en mujer porque así se registre oficialmente? Pueden contarlos con los dedos de una oreja. ¿Cuántos están sinceramente convencidos de que los varones son todos violadores en potencia y que vivimos en un férreo patriarcado; o que las demenciales leyes sobre la okupación son justas? Ni como broma.
Y, sin embargo, son estas las cosas que conserva amorosamente la derecha (por llamarla de alguna manera) cuando gobierna, mientras, en su estrategia electoral y política, nunca pierde la oportunidad de perder una oportunidad, como se decía de Arafat.
Lo primero es la voluntad de poder. A la izquierda le sale por las orejas, mientras la derecha parece temer el poder como si quemara. Para ganar, lo primero es querer ganar, de verdad. Y lo segundo es ejercer el poder político sin complejos. El ganador se lo lleva todo o, como poco, debe actuar como si se lo hubiese llevado todo si busca convencer.
Es como si la derecha temiese como a la bicha la etiqueta de «autoritaria» por ejercer un poder político. ¿Han visto a la izquierda vacilar antes de imponer las medidas más destructivas y disparatadas? Pues eso: el poder está para ejercerlo sin titubear, es lo que te ha mandado tu electorado y lo que premiará.
Lo segundo es el pragmatismo electoral. Lo que no venda, se guarda en el almacén; lo que venda, se saca al escaparate, se pregona a tiempo y a destiempo. En el agua demasiado pura los peces mueren, dice un proverbio japonés. Atar tu destino a una doctrina diseñada por un autor muerto en su torre de marfil es de las cosas más estúpidas que puede hacer un político en el mundo real.
Por último, no renuncies por motivos ideológicos a los medios que se te ofrecen. Quizá lo más sabio sea no meterte en una pelea, pero desde luego lo más estúpido es enfrentarte a puño limpio a un rival que lleva navaja.