Noche de paz
Noche de paz
Por Javier Torres
19 de diciembre de 2025

El 24 de diciembre de 1914 soldados alemanes salen de sus trincheras, dejan las armas y entonan Stille Nacht (Noche de paz). Los británicos hacen lo propio y acuerdan una tregua navideña que aprovechan para recuperar los cuerpos de sus compañeros de armas caídos y darles cristiana sepultura. La escena se repite en varios puntos del frente donde también luchan franceses y belgas contra el imperio germano. Intercambian chocolate, whisky y cigarrillos e incluso juegan al fútbol, que es la aportación inglesa al asunto y así lo recuerda la estatua All together now en Liverpool, que representa a ambos contendientes estrechándose la mano, separados tan sólo por un balón.

Como sucede en todas las treguas aquello no es más que un paréntesis para continuar la carnicería. Dos años después, el 18 de diciembre, día de la Virgen de la Esperanza, finaliza la batalla de Verdún, la más larga de la Gran Guerra. Mueren casi 800.000 europeos. El empecinamiento de los gobernantes provoca el desperdicio absurdo de vidas humanas en un estrechísimo frente, un embudo fatal sin un metro cuadrado por bombardear.

Verdún es la quintaesencia de lo que evoca la Primera Guerra Mundial. Es la batalla de desgaste por antonomasia, el paradigma de la guerra moderna, del avance tecnológico y todos los males derivados de la época. Y también es la primera guerra democrática: toda la población es reclutada. Y eso tiene consecuencias, como la incorporación de la mujer al mercado laboral porque los hombres están metidos en una trinchera. En consecuencia, vendrá la caída de la natalidad, pero esa es otra derivada que abordaremos en otro momento.

Un siglo después las cosas no han cambiado tanto. La gobernanza mundial encarnada en el gobierno de la UE anda desesperada buscando fórmulas para financiar la guerra en Ucrania. Una opción es desbloquear los activos rusos y hasta Donald Tusk reconoce que así no llegará la paz. «Es difícil sentarse con Putin y decirle: vamos a lograr un acuerdo de paz, pero a quedarnos con vuestro dinero». La otra alternativa es seguir saqueando los bolsillos de los sufridos europeos, que siempre habrá hueco para más impuestos verdes. 

Ayer el campo de batalla se trasladó a Bruselas, epicentro del gran abrazo entre socialistas y populares. Sánchez y Von der Leyen —la única pinza que conocemos no sale en los medios— comparten entusiasmo por el acuerdo con Mercosur. Mientras, miles de agricultores y ganaderos protestan por la declaración de guerra contra su forma de vida, oficio milenario amenazado por la burocracia e imposiciones ideológicas disfrazadas de ciencia. No es una exageración, la Comisión Europea conspira contra el campo, cuya producción ha subarrendado a países tercermundistas. Primero se llevaron las fábricas y ahora subvencionan los tomates de Marruecos. Esto es el globalismo: las élites legislando contra su pueblo.

En este reinado de la mentira el primer ministro británico culpa al cambio climático de la llegada masiva de inmigrantes musulmanes en edad militar. Son refugiados climáticos, cómo no habíamos caído. No vienen porque Starmer, Von der Leyen o Sánchez les llamen. La culpa de que vengan la tiene Manolo cuando arranca su Seat Ibiza.

Cien años después de Verdún las élites siguen considerando a sus gobernados ganado bovino listo para enviar al matadero, eso sí, justo después de haberle robado la industria, el campo y el coche. Usted, al que prohíben circular por su ciudad y no tiene dinero para comprarse un Tesla, subvenciona con sus impuestos la compra de coches eléctricos. Los pobres pagan el lujo climático de los ricos… y todavía habrá algún memo que a esto le llame libre mercado. 

España es el segundo país fabricante de coches de combustión de la UE, pero Sánchez —alumno aventajado del globalismo, quizá por ahí entendamos que siga en la Moncloa— ataca a la industria nacional y se opone a Italia y Alemania, que han presionado para que los 27 puedan seguir fabricando vehículos de combustión a partir de 2035. Sí, un siglo después la gente corriente sigue siendo carne de cañón y Europa un formidable campo de batalla. Es imposible que las élites no hayan aprendido nada ni sepan el cui prodest cuando nuestro continente se desangra. El pueblo europeo, como aquellos que derramaron su sangre en Verdún, vuelve a perder. Y los amos de Europa contemporáneos, voraces vampiros de sangre ucraniana, no nos dan tregua navideña y a este paso nos acabarán robando hasta la noche de paz.

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