Nos gusta tanto Madrid
Nos gusta tanto Madrid
Por Roberto Granda
21 de junio de 2026

Querer escribir sobre Madrid es como tratar de garabatear unos versos sobre la pasión amorosa y pretender que sean originales. Alguien ya lo habrá hecho antes y mejor.

De la Villa y Corte han escrito desde Quevedo, entrando por Galdós y tocando Sabina hasta llegar a Andrés Trapiello. Todos han aportado su particular corolario. Porque nadie vive una ciudad de la misma forma, o no hay dos personas que la interpreten igual, teniendo en cuenta que lo que nuestro cuerpo y nuestra mente retienen de una urbe es lo que hemos vivido en ella. Lo que nos ha pasado, y lo que no. Lo que ganamos y lo que nos dejó a deber, a un futuro que se llenó de despedidas, o aquel pasado que pertenece al recuerdo de una época ya cerrada.

Creo que he vivido de todo en Madrid. Y conocido desde la superficie ruidosa hasta algunos de sus más íntimos rincones. Sientes que es la más luminosa de las ciudades cuando el tiempo acompaña, el cielo tiene ese azul metálico intenso y tu corazón y tu vida parecen haberse puesto de acuerdo para asentarse en una perpetua primavera. Qué noches las de aquellos días, etcétera. Pero también puede ser un lugar muy jodido si tu estado de ánimo es cercano a la desolación, si la angustia se pierde entre avenidas y ruidos de motor, sintiendo que te ahogas en esa inmensidad despersonalizada, con el alivio del mar a tantos kilómetros de distancia, y la marea sólo trae las resacas de los tragos destemplados.

Madrid necesita que estés demasiado dentro de ella para encontrar la verdadera esencia, y hay quien sólo consigue rozarla. Estar de paso no es realmente una forma de estar. Ahí sólo se puede intuir. Pocos turistas habrán traspasado la costra de la fachada de neón para palpar la auténtica cara torva y amenazadora del invierno. La ciudad cuando se vuelve contra uno mismo. Cuatro millones de maneras de morir.

Engañosa y siempre a pique de cambiar de forma y de bulto, y aun de disgregarse, de dejar de ser lo que aparenta. Sin poder imaginar estrellas, que pintamos cuando el firmamento no se despeja de luces, pisando los tacones rotos de alguna princesa de barrio y buscavidas de fortunas ajenas.

Un paseo en el Retiro, una foto en la Puerta de Alcalá, una mirada a Sol y su reloj de campanadas, la Gran Vía cinematográfica, la visita al Prado y la asistencia a un musical. Una vez realizados todos los imprescindibles ritos iniciáticos, que puedes solventar en un par de días, te queda el reto y el fascinante desafío de conocer el verdadero Madrid. El que no sale en las guías de turismo ni vende tazas y camisetas con una frase y un monumento. El que te va a sorprender aunque ya vengas de vuelta. Cualquiera que ya haya pasado el tiempo suficiente para haberse adaptado como un gato de las aceras, sabe evitar a toda costa el circuito turístico y tiene sus propios rincones donde encontrar un ratito de tranquilidad, cuando la tranquilidad es lo que más se busca. O si pretende emociones del tipo que esté dispuesto a pagar.

Pero llegar a captar el tuétano de la capital puede dejar escarmentado a más de uno. Sin ganas de más. Años vividos como años de perro. Con cicatrices recientes y raíces profundas. Y otros se quedan prendados, aún sabiendo que Madrid no les hace bien del todo. Seguimos porque nos enamoramos, y nos vamos por el mismo motivo. No existen argumentos cuando no se trata de temas de la razón. Cada cual libra sus propias batallas internas, contra su propio ser y contra la jungla de asfalto que le atrae y le repele.

Madrid es el lujo hortera y el sofisticado, los planes cutres y el permitirse caprichos gastronómicos, sólidos y líquidos, sólo por darse el gusto. Combina de forma natural la supervivencia y la opulencia, el pijerío, las apariencias y la más zafia suciedad. La tempestad, la crisis, la política hecha guerra y la oportunidad de prosperar o rendirse por el camino. Entre el afable petimetre y el oscuro desheredado. Buscando el paraíso perdido y encontrando infiernos de soledad de tanto anónimo aspirante sepultado en el olvido. Te puedes llegar a divertir mucho. Y qué calor hace en Madrid.

El pueblo manchego más grande lucha contra todo malditismo bohemio y además clausura sus locales más míticos para dejarse contagiar por la más prosaica modernidad. Sobreviven librerías de viejo y cines en versión original donde poder deleitar esa última paz que precede a todo mundo a punto de desaparecer. Nos molesta toda fealdad evitable, pero también conocemos sus grietas menos bellas, y toleramos cierto grado de fatalismo.

La experiencia de caminar sin rumbo fijo, entrando en bares que son nuevos aunque lleven treinta años, y a los que nunca volverás; perderte sin rutas en el móvil y callejear borracho por la neblina de la madrugada. Madrid se ofrece a que hagas tanto por primera vez, y a que algunas cosas sean las últimas. Interpretar el pálpito cambiante y saber que tiene humores y temple como los tiene una persona.

Como si fuera un ente propio, hay quienes se enfadan y dicen que es imposible, que no se puede vivir, y se encabronan con Madrid y la insultan, y otros que la defienden y manifiestan su amor por ella y no se imaginan malviviendo en otro sitio.

Es una ciudad que es un actor más en la vida de quienes la habitan. Se puede llegar a desarrollar una relación tóxica, un vínculo de amor y odio. Entre la sobriedad del recogimiento y el éxtasis de sus jornadas más desmadradas, hay un Madrid bipolar que te puede desquiciar si lo tratas de entender demasiado. Resulta que puedes encontrarte a tu ex en el Metro y también intercambiar miradas entre andenes antes de que una multitud te arrolle sin miramientos ni escusas. 

Madrid es demográficamente insostenible y todavía no tiene claros cuáles serán los límites de su desarrollo. Es fácil percibir una creciente hostilidad. Transporte público degradado, calles atestadas, inseguridad importada. No puedo culpar a los que buscan otros pastos y nuevos aires. Los que huyen sin mirar atrás o maldiciendo, los que necesitan algo menos inhóspito para su familia. Puedo entender la necesidad del refugio, pero son siempre temporales. Aquí regresa el fugitivo y se queda el cautivo.

Excesivamente hechos a las arterias de la metrópoli, tarde para escapar. Algunos puede que estemos ya demasiado acostumbrados como para querer la libertad fuera de los muros de la ciudad. Estamos institucionalizados, como el que nada más espera, como el más anciano de los convictos de la película Cadena Perpetua. Nos gustan tanto nuestros barrotes. Nos gusta tanto Madrid.

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