Occidente y las cuclillas
Occidente y las cuclillas
Por Hughes
9 de marzo de 2025

Los recientes acontecimientos políticos están fragmentando Occidente. Esto inquieta mucho a algunas personas, que afectan un curioso patriotismo occidental. Sienten la necesidad de que Occidente, como un todo, se imponga.

¿Qué es Occidente? Mucho asunto es ese, pero parece que con la divergencia trumpiana (democracia) y europea (social-liberalismo) Occidente se parte como una regañá, que diría Montoya.

¿Podemos aun mantenernos unidos? ¿Ser uno otra vez?

Deberíamos tener en cuenta lo que nos une, lo que nos define frente al resto, y eso, más que un poder, es un no poder hacer.

Siempre que se habla de lo que es o debería ser Occidente se olvida un asunto central, antropológico: nosotros somos los que no sabemos ponernos de cuclillas.

Un occidental no puede. Por eso lo intenta  través de las sentadillas, que no por nada se llaman sentadillas africanas, pero es siempre un ejercicio asintótico, que intenta, que roza la posición sin alcanzarla… Solo el golfista lo hace, cuando evalúa el putt, pero porque va con el palo.

¿No hay algo indecoroso en esa postura ponedora? La cuclilla es la posición de las chicas cuando orinan furtivamente en la calle (volviendo a La Isla de las Tentaciones, también es la posición reflexiva que adoptan cuando, entre las amigas, ven las imágenes de la tablet….).

Sin embargo, en Asía y en la India los hombres saben estarse horas en cuclillas, descansando en un equilibrio en el que se reposa lo genital y lo intestinal.

El hombre asiático necesita así muy poco suelo para estar. Un palmo le basta. Ahí puede dormir, esperar, vivir… Quizás esto tenga que ver con lo populosa que han sido esas partes del planeta, como si la distribución de la tierra hiciera imposible estirar las piernas. La postura además es propia de sociedades agrícolas, es posición de recolector…

A medida que Asia se occidentaliza por la vía capitalista (Japón) o por la vía del capitalismo-comunista (China), ¿qué será de esas costumbres?

En Japón el inodoro tradicional, parecido a la letrina, un urinario horizontal, puesto en el suelo, donde evacuar de cuclillas, fue sustituido tras la Segunda Guerra Mundial por el inodoro occidental, el inodoro de asiento o inodoro sillón… luego, el desarrollo tecnológico japonés trajo unos inodoros tecnológicos con sus chorritos limpiadores. Antiguamente, antes del papel, se usaban algas o un palo, el ‘kusobera‘ («espátula de mierda»).

En las escuelas japonesas, sin embargo, aún se instala el tradicional inodoro, quizás para no perder la disciplina postural. Japón saber darle al antiguo inodoro su importancia frente a la ironía duchampiana occidental.

En pleno centenario de Mishima imaginamos cómo iría al excusado un samurái. No podría sentarse, de viril repulsión, en el trono (además, la expresión «hacer de vientre» le resultaría equívoca al samurái, que tarde o temprano  procedería al seppuku  para desventrarse).

Si Japón retirara los viejos inodoros de acuclillarse, ¿no desaparecería el sumo? Los orondos luchadores, montañas de tembloroso flan, logran de cuclillas un equilibrio inalterable (¿no es el equilibrio para ellos lo que el valor para el torero?).

Pero no nos perdamos en la erudición, ¡intentemos la concreción de la IA!

El mundo que nos rodea a los occidentales es acuclillado. Son culturas milenarias capaces de esperar muchos milenios más porque ellos no esperan sentados, esperan de cuclillas. En ese equilibrio, ¿no hay un orden?

En la cuclilla hay algo atávico que nos lleva al mismísimo simio, que muchos miles de años antes de erguirse estuvo de cuclillas.

Nosotros, soberbios, con complejo antropomórfico, no queremos acordarnos y nos sentamos para olvidarlo. Primero, para hacer el número 2, pero ahora incluso para hacer el número 1, como en Alemania, donde los hombres se sientan para mingitar: el sitzplinker socialdemócrata.

Ahí está otra vez: Oriente versus Occidente, pero luego un cisma, la regañá occidental, entre lo occidental y lo occidental extremo o perdido.

La pregunta, sin embargo, aunque sea molesta (y personalmente no pueda traer nada bueno), ha de plantearse: ¿se acuclillan los rusos? No tan marcadamente, pero sí en sus bailes, por ejemplo, el kalinka, kalinka, o en alguna subcultura juvenil pandillera… Las cuclillas, infalibles, delatan el orientalismo ruso.

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