El otro día bajé a la papelería del barrio con la lista del colegio doblada en cuatro, como se llevaban antes los papeles que mandaban. Detrás del mostrador estaba la señora Adela, que despacha cuadernos desde los tiempos del Bic naranja y que me quitó la lista de las manos con una autoridad de farmacéutica de guardia. La vi recorrer los pasillos de memoria, sin mirar los estantes, igual que los camareros viejos cobran sin mirar la caja, y fue levantando sobre el mostrador un túmulo de cuadernos de dos rayas, forros del número doce, un compás con su cajita de lata, una flauta dulce, dieciocho rotuladores en su trinchera de cartón. Yo había entrado silbando, con la ligereza del que va a por cuatro cosas. Dejé de silbar hacia el segundo pasillo, a la altura de los diccionarios.
En mi infancia el material escolar no se compraba: se heredaba. La cartera me llegó de un primo de Carabanchel con la hebilla vencida y un olor a bocadillo de mortadela que ya era estructural, y los libros venían con el nombre de otro niño tachado en la primera página, una genealogía de propietarios que convertía cada manual en una escritura de finca. Estrenar era estrenar el forro. Mi madre despejaba la mesa de la cocina la víspera del primer día, tijeras, plástico, el canto de una regla para planchar las burbujas, y aquel rito olía a colonia de después de la playa y sabía a septiembre. El estuche de dos pisos duraba tres cursos, la flauta pasaba de hermano en hermano como pasaban los abrigos y los apodos, y nadie llamaba a aquello inversión educativa. Se llamaba el cole.
Pero la señora Adela cantó la cifra y el importe me pasó por el pecho como el agua fría de una ducha de camping, sin aviso y por zonas. Pagué por el lote de septiembre lo que costaba una quincena en la pensión de la playa, y luego supe que no era un agravio personal: la gente que estudia estos asuntos calcula que cada niño se lleva este año más de quinientos euros antes del primer recreo y camino de los dos mil quinientos con el curso entero, entre libros, uniforme, comedor y esa tablet que ahora piden como antes pedían el chándal. Hay casas donde septiembre se firma a plazos, como se firmaba una letra por un Seat, y todo por una enseñanza que los boletines oficiales siguen llamando gratuita con una seriedad admirable. La palabra aguanta todo lo que ya no aguanta la nómina.
Detrás de mí esperaba una madre con tres listas, una por hijo, sujetas con una pinza de tender la ropa. Las desplegó sobre el mostrador como quien enseña una mano de mus perdida y pidió que le apuntaran lo imprescindible, solo lo imprescindible, que a por el resto ya vendría más adelante, cuando cayera la extra de quien fuera. La señora Adela tachó de cada lista dos artículos sin que nadie se lo pidiera, con el lápiz que lleva en la oreja desde los tiempos de la peseta, y dictaminó que ningún niño de primero ha necesitado jamás cuarenta y ocho pegatinas de refuerzo. «Los colegios piden como los suegros, por si acaso», dijo. Nos reímos los tres con esa risa de rebajas que no arregla nada pero descansa. Y la mujer salió con sus bolsas hacia el pedazo de verano que le quedaba.
Por la noche despejé la mesa de la cocina y saqué las tijeras y la regla, y mi hijo, que ya vuela solo en casi todo, se sentó a mirar cómo el plástico se tensaba sobre las tapas. Al segundo libro ya planchaba él las burbujas con el canto de la regla, mejor que yo, con una paciencia que desde luego no me viene de familia. Escribí su nombre en la etiqueta, primera línea de una genealogía nueva, y él fue alineando los libros forrados en su balda como lingotes. Fuera se acababa agosto y por la ventana abierta entraba ya un fresco distinto, un fresco de curso nuevo. Antes de apagar la luz volvió a mirarlos y los olió uno a uno, con método. «Huelen a cole», dijo. Olían.