Paradigme, de Prada
Paradigme, de Prada
Por Carlos Esteban
1 de enero de 2026

Nada ha cambiado de ayer a hoy, pero el hombre se aferra a la numerología del calendario buscando hitos, y quien más, quien menos, todos tendemos al balance y a la profecía entre esperanzada y temerosa cuando acaba un año y empieza otro.

A la prensa, especialmente, le da por otear el horizonte con dispar fortuna, porque la Historia sigue jugando, como desde el primer día, al juego de defraudar profetas.

Pero aquí hemos venido a jugar, así que no me voy a sustraer, no del todo, de probar suerte. Solo que no voy a hacerlo tanto analizando como olfateando, como si lo que nos viene —este año y los próximos— fuera un perfume, algo que se siente antes de poder fijarlo y darle nombre.

Y empezaré, precisamente, con un perfume. En estos días de regalos, los creativos de las marcas de esencias echan el resto buscando nombres sugestivos para sus productos, que me fascinan: J’Adore, Yes I Am, My Way. Los nombres de perfumes apelan a la sensibilidad de un momento en el tiempo y el nuestro, como puede verse, se centra en un individualismo feroz que a menudo es la cara de una moneda cuya cruz es una soledad pandémica como no se había conocido hasta ahora.

Este año, Prada ha sacado un perfume llamado Paradigme, que de primeras parece alejarse millas de la nomenclatura habitual, como si se llamase a una colonia Épistémologie.

Pero se me antoja bien olido. Paradigma es una palabra, entre lo pedante y lo manido, de la que se oye, demasiado, últimamente, sobre todo en la expresión «cambio de paradigma», abusada más que usada la mayoría de las veces. Sin embargo, me da a la nariz que, por esta vez, conviene.

Porque lo que viene es eso, un cambio de paradigma, que no es tanto un cambio de ideas como de marco, de lenguaje, de planteamiento. Toda la popular mitología del bumerato parte de ahí; no de que las generaciones tengan ideas distintas, que se escoren las nuevas en una dirección opuesta dentro del espectro. Es que ni siquiera las mismas palabras significan lo mismo para una y otra.

El discurso navideño de Felipe VI es un buen ejemplo de lo que quiero decir. Muchos se han indignado con su exagerada identificación con el gobierno y con la ausencia de toda referencia a la corrupción que lo ahoga. Pero a mí me resulta mucho más interesante en otro aspecto: es un discurso búmer. Sus exhortaciones a que recuperemos el espíritu de la Transición suena marciano a una gran parte de la población, ni siquiera incorrecto.

Dejo a otros las predicciones concretas, si Europa acabará convertida del todo en la Unión Soviética de los Acentos o si tendremos que tomarnos pastillas de yodo tras un ataque preventivo de Moscú; si Sánchez cae este año o instaura el Reich de los Mil Años. Mi ignorancia es absoluta. Lo que sé, lo que me huelo, es que los debates reales que se van a plantear en los próximos años van a tener muy poco que ver con los que nos imponen desde arriba hasta ayer mismo.

Feliz año y próspero paradigme nuevo.

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