Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.
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Pedro y el Estado plurinacional

Aunque estamos curados de todo espanto con respecto al nivel de nuestros políticos, lo de Pedro Sánchez es de grajo en plena helada. Asombrosa mixtura de ignorancia y ambición, Pedro escupe como nadie la vaciedad del mundo desde la oquedad de su cabeza, que diría don Antonio. 

La verdad, alegaría un diablo togado, es que Pedro es sólo más evidente que el resto de nuestros políticos, pero es que ese es un pecado mortal en un medio, como el que nos ocupa, en el que el parecer lo es todo. Por eso, el quehacer de unos políticos que no creen en nada (pero absolutamente en nada) radica en plantar el estandarte con avidez de conquistador sobre el espacio libre, sea el que sea, siempre que exista algún cliente. Así que lo mismo nos da recortarnos sobre la rojigualda y prometer, como Prim con los borbones, que jamás, jamás jamás el populismo, que proponer la supresión del Ministerio de Defensa o el desguace de la nación en comandita con la consabida caterva de aldeanos periféricos. 

Quiere uno pensar, en punto a evacuar culpa del ceporro, que Pedro es seguramente incapaz de entender tanto la dimensión sideral de la estupidez del «Estado plurinacional» como su peligrosidad. Porque a Pedro solo le interesa forjarse un espacio propio en la izquierda del partido, sabedor de que en el PSOE los militantes son más progres que los votantes y que, a la postre, quienes eligen son aquellos.  

Pero la apuesta de Pedro Sánchez, que es peligrosa porque puede arrastrar al PSOE, implica la negación de la existencia de la nación española. En primer lugar, porque a la existencia de España -quiero pensar que se refiere a ella cuando menciona al «Estado»- en el discurso pedril se la relega a una confusa nebulosa; pero, sobre todo, porque no es posible que una nación esté compuesta de naciones. Una nación -y esta es una cuestión conceptual antes que ideológica-  no puede estar formadas por distintas partes cada una de las cuales sea igual al todo. 

La idea de que España es una «nación de naciones» es una frase sin sentido que apenas expresa algo más que un abyecto complejo histórico ante el desafío del independentismo catalán, al que se regala una inapreciable batería de razones, pues si Cataluña fuese una nación, ¿cómo no habría de tener un Estado? ¿acaso no sería lo propio, lo lógico y natural, y lo justo? 

La vaciedad del «Estado plurinacional» supone, además, no distinguir entre el hecho de que España es plural (¿qué nación no lo es?) y el de que España sea un Estado plurinacional; vamos, algo así como el imperio austro-húngaro.  

La verdad es que las naciones de la vieja Europa se han construido a partir de una cierta homogeneidad cultural, de un espacio de ayuda mutua, de una unidad de mercado, de una igualdad legal, de un compartir experiencias, de anhelos comunes…no enalteciendo la pluralidad, sino más bien sobrellevándola. Una pluralidad que ha sido siempre el burladero de los grupos sociales que buscaban protegerse de la voluntad igualadora de la corona, primero, y de la del Estado, después; una pluralidad, argumento de quienes se aferraban al goce de sus privilegios. No parece que la cosa haya cambiado mucho. 

Lo que subyace en el planteamiento pedril es, claro, la cuestión de Cataluña. Una cuestión que se pretende problemática por causas que, justamente, no lo son, pues Cataluña tiene los mismos problemas que el resto de España. Los mismos y uno más: el nacionalismo. Ese es el verdadero problema de Cataluña. Por eso, la aplicación  del artículo 155, si no se incluye como parte de un diseño más amplio, mucho más amplio, no servirá para nada; porque las soluciones técnicas nunca han arreglado otra cosa que los problemas técnicos. 

La aplicación del 155 es un parche de tente mientras cobro; si eso es todo lo España tiene que decir, entonces, cuando despertemos, el dinosaurio seguirá ahí. 

Ya es hora de que España se sacuda los complejos, considerando una refundación de nuestra convivencia sobre otras bases, que excluyan a quienes pretenden destruir nuestra comunidad política. Pasa en Francia, pasa en Alemania. No podemos resignarnos a ser Yugoslavia. 

Como españoles hemos hecho algunas de las más grandes cosas de la historia universal. Sobreviviremos incluso a tipos como Pedro Sánchez.  

 

 

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