Pero el PIB…
Pero el PIB…
Por Carlos Esteban
26 de octubre de 2026

Siempre nos quedará el PIB, ¿verdad?, ese tótem de los políticos amarrados a la hoja de cálculo. El argumento electoral es diáfano: mientras buena parte de Europa lleva años creciendo a paso de tortuga, España ha registrado tasas de crecimiento del PIB considerablemente superiores a la media comunitaria. El año pasado, sin ir más lejos, nuestra economía creció un 2,6%.

Ahora, veamos las trampitas, porque no es como si la pobreza no estuviera extendiéndose por la población como una mancha de aceite o como si los jóvenes (y no tan jóvenes) lo tuvieran demasiado fácil para conseguir una vivienda y formar una familia. ¿Cómo se ha conseguido ese crecimiento? Si metemos en un país en unos pocos años dos millones de personas llegadas de lejos, es bastante evidente que aumentará su actividad económica. Esas personas necesitan comer, vestirse, desplazarse, alojarse en alguna parte y consumir toda clase de bienes y servicios, con independencia de que trabajen, produzcan y paguen impuestos o no. Sube naturalmente el PIB, pero eso nos dice bastante poco sobre cuánto ha mejorado la vida de la gente, menos aún de las consecuencias en veinte o treinta años.

Concluir que ese aumento constituye, sin más, un «éxito» es caer en una de esas trampas intelectuales que, sin ser necesariamente falacias ni responder a la mala fe de nadie, oscurecen infinidad de razonamientos perfectamente plausibles.

La primera trampa es la que pretende que, si algo es bueno, cuanto más, mejor; que tanto da ocho que ochenta. Pero la dosis hace el veneno. El agua es indispensable para vivir, pero beber diez litros de golpe puede matarnos. El ejemplo más evidente es la inmigración. Quienes ahora se alarman ante la evidente sustitución poblacional no tenían nada que decir contra la inmigración cuando esta se mantenía a niveles razonables y tenía el interés del país como criterio de admisión. Pero una transformación demográfica masiva y acelerada plantea problemas de naturaleza y magnitud muy diferentes. La cohesión social, la continuidad cultural y la capacidad de integración dependen también de cuántos llegan, en cuánto tiempo y a qué sociedad.

Lo segundo que a menudo se pasa por alto es el tiempo. Lo que hoy constituye una solución razonable puede convertirse mañana en un problema formidable. Buena parte de los problemas actuales son, de hecho, las soluciones de ayer. Apoyar a los insurgentes afganos contra la Unión Soviética tenía una lógica estratégica perfectamente comprensible durante la Guerra Fría. Las consecuencias de aquella historia acabaron siendo bastante menos satisfactorias. El hombre vive inevitablemente en el presente, aunque tenga la bendita capacidad de anticipar el futuro, y la política democrática, con sus ciclos electorales de cuatro años, fomenta extraordinariamente esa inclinación al cortoplacismo. Los beneficios de hoy se anuncian en rueda de prensa; las facturas de mañana las pagará, con un poco de suerte, otro gobierno.

Hace años escribí sobre una muchacha xhosa llamada Nongqawuse, que en 1856 convenció a buena parte de su pueblo de que los espíritus de sus antepasados les devolverían una prosperidad fabulosa si sacrificaban sus rebaños y destruían sus cosechas. La profecía acabó en una hambruna espantosa, con decenas de miles de muertos y una sociedad arruinada. Pero siempre me ha fascinado imaginar a uno de aquellos supervivientes, años después, reducido a trabajar miserablemente para los colonos británicos. Si le preguntáramos cuándo vivió mejor, quizá respondiera con absoluta sinceridad que durante los días de Nongqawuse, cuando había tanta carne que podían comer desde el alba hasta el anochecer. Y tendría razón. Durante unos días disfrutaron de una abundancia extraordinaria. Estaban devorando literalmente su futuro.

No hace falta recurrir a profecías africanas para comprender el mecanismo. Si mañana un banco me concede un crédito de cien mil euros, puedo instalarme una temporada en las Bahamas, comer en los mejores restaurantes, beber champán y llevar una vida que envidiaría cualquier millonario. Quien me observara durante aquellas semanas podría concluir que soy un hombre extraordinariamente próspero. Yo mismo podría llegar a creérmelo. El problema llegaría cuando tuviera que devolver el dinero. Una sociedad también puede disfrutar durante años de una prosperidad financiada con deuda o con la liquidación de su patrimonio acumulado. La cuestión es cuánto durará la fiesta y qué quedará cuando termine.

Y llegamos a la tercera pregunta, quizá la más importante: ¿qué entendemos exactamente por «mejor»? Porque cuando alguien afirma que una política es buena, eficaz o beneficiosa, está utilizando un criterio de valoración que convendría conocer antes de darle la razón. El PIB mide el valor económico de la producción de bienes y servicios, y concede el mismo valor a un euro generado por Only Fans que a un euro producido por una acería. Y quizá dos cosas que tienen exactamente el mismo precio no tienen necesariamente el mismo valor.

Pero es que, además, el hombre no es un animalito que se satisfaga con un poco de pasto. Una familia puede renunciar a un empleo mejor remunerado para vivir cerca de los abuelos, permanecer en el pueblo donde conoce a sus vecinos o criar a sus hijos en un lugar que considera más seguro. Un economista podrá calcular cuánto dinero pierde con esa decisión, pero difícilmente podrá demostrar que ha elegido mal. Una sociedad puede hacerse más rica y perder al mismo tiempo cosas que sus habitantes valoran mucho más que la riqueza. Quizá, por ejemplo, prefiramos seguir siendo lo que somos como nación, conservar nuestra identidad, nuestras costumbres, nuestra cultura y la continuidad histórica de nuestra comunidad, aunque para ello tengamos que sacrificar unas décimas de crecimiento del PIB. Y quien pretenda convencernos de que estamos equivocados mostrando una gráfica de crecimiento económico estará respondiendo a una pregunta que nadie le ha hecho.

Esas son las preguntas que conviene hacerse: ¿cuánto?, ¿durante cuánto tiempo? y ¿mejor en qué sentido? A lo mejor descubrimos que estamos comiéndonos las vacas.

TEMAS
Noticias de España