«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Ilicitana. Columnista en La Gaceta y El País de Uruguay. Reseñas y entrevistas en Libro sobre libro. Artículos en La Iberia. Autora del libro 'Whiskas, Satisfyer y Lexatin' de Ediciones Monóculo.

Poquita fe

11 de noviembre de 2025

Habrán oído hablar —o tal vez pertenezcan ustedes mismos— de esa generación de niños que, ensimismados, veían por televisión cómo un helicóptero se posaba en un inmenso parque.

Del aparato bajaba un señor que repartía rebanadas de pan untadas con margarina a la jubilosa chavalería, que lo tomaba por una especie de deidad. Era el semidiós del desayuno y la merienda. Todavía no tenían edad para buscar, comparar y comprar si encontraban algo mejor. Eso sí: había un respeto reverencial por las tapas de yogur, que podían ser el pasaporte para conseguir el chándal de su equipo de fútbol preferido. Durante alguno de sus veranos sonó machaconamente Voyage, voyage y The final countdown. Los varones fueron pesados y tallados para ir a una mili que nunca hicieron, y madrugaron para presentar la matrícula en una universidad donde todo eran colas y los jueves tocaba paella. Conocieron otra España. Quizá los rescoldos de algo donde todo era más sencillo.

Se les ha dado en llamar «generación X» y, en general, se les acusa de no pintar nada. Recogieron con naturalidad el bienestar y la prosperidad que el boomer había ido labrando, pensaron que «mejor no meneallo» —que con hacer un máster ya habían contribuido al progreso— y ahora andan un poco desconcertados con lo que están entregando a sus hijos. Decía el demógrafo Alejandro Macarrón el pasado domingo, en la tertulia de Terra Ignota, que en la actualidad la edad promedio de los españoles es de 48 años. Pura generación X. La edad corriente, la llamaba el escritor Ramón J. Sender. Tomemos la cincuentena como representación de la mediana edad para simplificar los cálculos. El cincuentón de ahora, el español con la edad promedio, nació el año en que murió Franco. En 1975, la mitad de los españoles tenía menos de treinta años. El envejecimiento demográfico se cuenta solo. Además, tan solo el 1,5% de la población había nacido en el extranjero, la tasa de empleo femenina rozaba el 28% y la presión fiscal —sé que va a doler— era del 18% del PIB (45% actual).

Lo que realmente preocupaba a Macarrón era el abismo demográfico, que no se palía en ningún caso con inmigración. En su último libro, Los últimos españoles, explica las políticas que nos han traído hasta aquí y las diferencias con las del régimen del Caudillo, que era natalista. A la muerte del General, una mujer española tenía de media 2,8 hijos, frente a la tasa de fecundidad actual de 1,08. Hemos perdido 1,8 millones de españoles desde entonces y no llegamos a comprender la gravedad de la situación.

Se está emitiendo la segunda temporada de la serie Poquita fe en una de esas plataformas por cuya tarifa de suscripción, según el columnismo boomer, los chavales de hoy no tienen vivienda ni hijos. Es una comedia tierna y descarnada, puro ingenio y costumbrismo. Puede que el merecido éxito se deba a que produce, a la vez, identificación con los personajes y alivio por no ser como ellos. La pareja protagonista está en la cuarentena y cada minuto de sus vidas es una oda al nihilismo. Según los datos del INE, no representarían exactamente a sus coetáneos, pero sí a lo que viene. La trama de la nueva entrega se estructura, de hecho, alrededor del problema para encontrar piso. En la mediana edad, sin hijos ni vivienda en propiedad, sin recursos espirituales ni inquietudes intelectuales, todo se torna supervivencia. Los personajes carecen de cualquier tipo de tensión espiritual, respiran indefensión aprendida y no tienen intención alguna de romper con su asfixiante cotidianidad. La producción televisiva es realmente buena y profundamente descorazonadora. Al estilo de Pantomima Full —sin su mala leche— nos arroja una bomba incendiaria a nuestro salón y encima nos hace toda la gracia.

Alejandro Macarrón es ingeniero de telecomunicaciones y tiene la cabeza llena de datos, porcentajes y estadísticas, lo que le permite hacer finísimas correlaciones macro y microeconómicas, históricas y geopolíticas. Sin embargo, a la hora de explicar por qué hay que fomentar la natalidad, dice: porque es bueno para ti. 

Y todos sabemos de qué habla. Puede explicarnos por qué lo necesitamos como sociedad con cifras con decimales, pero su principal argumento es el interés afectivo, la proyección personal y la plenitud de una vida con sentido.

Nos soltaba una de las protagonistas de Poquita fe, en una reciente entrevista, que había que «abolir la familia tradicional», que ya estaba bien. Lo tomaba como un activismo que le había tocado a su generación. «Esta cosa de padre y madre… necesitamos romper con esto […]. Ahora divorciarse es una cosa muy sencilla, y casarse entre homosexuales y tal. Ahora es una cosa complicada (cargarse la familia), pero en las siguientes generaciones será una cosa natural y mucho mejor». En la serie interpreta a una lesbiana que se queda embarazada en una orgía. En la vida real, llama la atención por su cara de infinita tristeza. 

Pues eso, lo que dice Macarrón.

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