Voy a poner el parche antes de que se manifieste la herida: no estoy defendiendo, de ninguna manera, que suponga un avance que los menores se vean obligados a trabajar por sus circunstancias familiares, ni que descuiden un tiempo, la adolescencia —a ellos me refiero, digamos, de los 12 a los 18 años—, en el que el estudio y el juego son esenciales. Menos aún propongo recuperar una era en la que el trabajo infantil, inmisericorde, arruinaba o hasta segaba vidas. Nadie quiere reeditar a Dickens, por Dios bendito.
De lo que voy a hablar es de los múltiples beneficios que tendría volver a algo mucho más moderado, pero necesario: al trabajo a tierna edad en ambientes controlados y oficios sin riesgo, al contacto temprano con la profesionalidad, la labor y el sacrificio. Es cierto que la adolescencia es un lujo de la civilización, un tiempo de aprendizaje y evolución que en su día no existió, porque se pasaba, y más bien rápido, de niño a hombre. Pero es importante que haya en esa fase de transición experiencias que nos acrecienten y nos pongan en contacto con la madurez, que entraña indefectiblemente, como supo ver Freud, ser capaces de amar y trabajar a un nivel razonable.
Hoy es muy raro ver a un menor echando una mano en el negocio familiar o en una tienda cualquiera, una estampa corriente a mediados o finales del pasado siglo. Es algo que casi solo se ve en establecimientos asiáticos, donde tal vez lo saludamos como un rasgo de la laboriosidad oriental, o, al revés, nos pasma y lo consideramos dañino. Lo cierto es que una tienda en la que a los catorce uno echa unas horas de vez en cuando es una escuela extraordinaria. No sólo de la dignidad del negocio, el mundo del comercio y las cuentas —ahí se aprenden unas matemáticas fundamentales—, sino también una escuela civil. Se entrena uno en servir, nada menos, en atender, esforzarse y ser solícito, rasgos todos de la urbanidad y el intercambio que son estrictamente civilizatorios.
Algunas de estos rasgos empiezan a faltar, de manera preocupante, en quienes desempeñan, a la edad adulta, sus primeros trabajos. Quejarse de la juventud por ese motivo resulta bastante tonto, porque la culpa es nuestra, de sus mayores, que hemos diseñado el mundo que los formó a ellos. Con la adecuada explicación, tanto social como en los hogares, podrían haber pasado por ese entrenamiento que aquí se propone. Y hay, en mi amplia experiencia (personal y clientes), una correlación casi perfecta entre quienes empiezan a trabajar con sentido de equipo, dedicación y honor y quienes trabajaron, en una u otra posición, siendo aún menores.
Aprende uno también, cuando empieza a trabajar a esas edades, que el dinero no crece en los árboles. Como he tenido que dar clase, cuando fui profesor de grado, a alumnos que tenían una relación tóxica y ridícula con el dinero (sus padres llevaban en el castigo la penitencia: los chicos creaban problemas constantes), sé lo bien que les hubiera hecho entender cuánto cuesta ganarlo, y con qué prudencia hay entonces que gastarlo. Aprende uno también, al trabajar muy joven, que es con nuestra labor como imprimimos nuestra huella en el mundo, cosa mucho más importante que «encontrarse a uno mismo», por ejemplo, ese proyecto tontorrón que es una mina para los psicólogos. Entrenarse en esto de hacer cosas provechosas tiene consecuencias filosóficas impactantes, y por tanto vitales; como explica en La condición humana Hannah Arendt, «trabajar es construir un mundo que sobreviva a nuestra propia existencia»; entiendo esto a muchos se les pasará la parida de ser influencer o youtuber (muchas gracias, estamos servidos).
Tuve la suerte de gozar de ese privilegio. Trabajé desde los once años en el negocio familiar, un semillero, y también fui mancebo a los dieciséis en una herboristería, entre otros muchos empleos menores. En el primero caso, cobraba, y en el segundo me quedaba el sueldo; no eran fondos que en casa hicieran falta, eran decisivas clases, y así lo entendían mis padre, aunque no nos sobrase el dinero. Existía el concepto llamado «paga baja», tan positivo: de la familia podías esperar todo lo necesario, y también que, de lo adicional —viajes con tus amigos, discos, conciertos y otros lujos— te ocupases tú mismo. Era, en definitiva, una sección de la llamada «escuela de la vida», expresión que no siempre remite a la calle y la delincuencia, sino, efectivamente, a esas cosas que hace falta aprender y solo se aprenden haciendo.
A quien todo lo anterior le parezca viejuno, créame que lo siento. Que algo se hiciera antes y ahora no es prueba de nada, porque la sociedad no deja de avanzar, cierto, pero no siempre mejora. Esta idea de progreso según la cual todo lo de antes mal y todo lo de ahora bien es rigurosamente imbécil, del latín in-baculum, sin fundamento. No es una postura seria sostener que el mundo siempre se embellece por el mero paso del tiempo, y cualquier persona cabal entiende que, junto a cosas en las que hay que avanzar (faltaría más), hay cosas que conservar e incluso que recuperar cuando uno aspira a mejorar su propia vida y la sociedad en su conjunto.
Si usted es madre o padre y me está leyendo, esto es lo que le recomiendo: que brinde a sus hijos la oportunidad de tener una relación temprana con el trabajo. Si cree que ya lo averiguarán más tarde y en cuanto a esto no hay peligro, le invito a que se interese por la corriente intelectual del postrabajo, que no solo aboga por mejorar la calidad del empleo, sino incluso por abolirlo. Nick Srnicek y Alex Williams (Inventing the Future: Postcapitalism and a World Without Work) han escrito que el trabajo como lo conocemos es una construcción histórica que debe ser superada; David Frayne (The Refusal of Work: The Theory and Practice of Resistance to Work), que el trabajo asalariado moderno no es una necesidad inevitable, sino una imposición cultural que limita el desarrollo humano; etcétera. No hay tiempo aquí para explicar lo antropológicamente desnortados que andan estos tipos; baste decir que la tendencia va en aumento.
Si quiere que su hija o su hijo no sean de los engañados, deles la oportunidad de entender, de manera práctica, lo que contó, en El arte de amar, Erich Fromm: «El trabajo productivo es una expresión del yo; al trabajar, el hombre se manifiesta, se convierte en él mismo».