Yo era un poco más feliz cuando no sabía quién era Sato Díaz, pero el otro día, para mi desgracia, tuvo este «periodista, analista político, actor y dramaturgo español» que irrumpir en mi vida por repetir, y es la enésima vez, esa estupidez que empodera a tantos farsantes que van de feministas: «Todos los hombres somos potencialmente violadores». Digo que no puede ser feminista porque el feminismo no es más que la consideración de la mujer como un ser humano con los mismos derechos y oportunidades que un hombre, y, así pues, quien denigra al varón es en realidad un misándrico.
Cierto que protagonizar una obra de Cristina Fallarás te marca; como decimos en mi tierra, se pega todo, menos lo bonito. Lo que dice su personaje —el vómito que Fallarás le pone en la boca— es aún peor: «Claro que todos los hombres somos violadores». Aquí ya no hay potencia ni otras finuras metafísicas; aquí ya se nos describe como bestias que solo la civilización, o mejor, que solo la amenaza de punición consigue que no nos echemos encima de cualquier hembra que se nos arrime. Puntualiza el tal Díaz que esa frase la dice un violador; como si eso restase valor a la declaración cuando precisamente se dice que todos los somos en potencia.
Adorna su entrevista Díaz refiriéndose a que «somos violadores en el sentido de que formamos parte de una cultura de la violación», y a mí me gustaría saber dónde se ha criado esta gente, en qué barrios y en qué familias. Yo me críe en un barrio del montón, a doscientos metros de las Tres Mil Viviendas, cuando eran, como siguen siendo, el summum de la depauperación y la violencia, y jamás oí, presencié ni me contaron ninguna violación. En mi casa, una casa como cualquiera, qué decir: ni por asomo existía esa cultura asquerosa. Y por mucho que digan los Díaz de este mundo, entre los años ochenta y hoy ha habido muchos avances (aunque siga faltando) en cuanto a la violencia contra las mujeres. En España, en los últimos cincuenta años, no ha habido una «cultura de la violación», como sí la hay, hoy, en la India, Afganistán o el Congo.
Para colmo de burricie, la gente que va por ahí paseando su misandria y suelta la barbaridad de que todos los hombres somos potencialmente violadores se escuda en la lógica, de la que saben tanto como de los hombres. Lo cierto es que en potencia todos somos casi todo, y, desde el momento en que hay mujeres que violan (obvio), todo lo que no sea decir que «todo ser humano es un violador en potencia» (frase idiota, pero, al menos, lógicamente correcta) es querer atacar al varón: vilipendiarlo. Cuando se les explica, si es que lo pillan, suelen recurrir los misándricos y las misándricas a la estadística. No hace falta decir que eso no afecta en nada a lo que seamos los hombres en potencia, pero merece la pena ver hasta dónde nos lleva. En España, aproximadamente el 95% de las violaciones las cometen los hombres: una inmensa mayoría. Pero también ocurre que una proporción parecida (90%-95%) de la prostitución es ejercida por las mujeres. De modo que si uno es tan mastuerzo de apoyarse en la estadística para afirmar que la frase «todo hombre es un violador en potencia» es cierta, por fuerza tiene que considerar que la frase «toda mujer es una prostituta en potencia» también lo es. Estoy seguro de que el señor Díaz no se atrevería a afirmar lo que le lleva a afirmar su propia y podrida lógica, por ser burdamente ofensivo.
La verdad es que yo apenas me atrevería a comenzar ninguna frase con «las mujeres» o «los hombres», así, sin lo que en lógica llamamos «moduladores»: muchos, algunos, bastantes… Todas esas frases, salvo en lo elemental y biológico, son falsas, y además de pésimo gusto. Que las emita un tipo de menos de cuarenta años que se supone, por su oficio, que tiene algo de mundo, es en verdad descorazonador. Cualquiera que haya vivido un poco sabe que hay de todo en ambos sexos, que hay hombres y mujeres infames y maravillosos, y que es jugar a juego casposo y superado querer enfrentarnos.
Si algo está logrando toda esta denigración del hombre es distanciarnos. ¿Existen violadores? Pues claro que sí, y lo que hay que hacer para que existan menos es endurecer las penas, porque si hay un crimen miserable en este mundo es el de forzar sexualmente a alguien. El sexo es intimidad, autoestima, vínculo y un montón de cosas más que a los seres humanos nos sostienen, de modo que mancillar eso merece castigos mucho más duros de las que ahora tenemos; no digamos cuando entran en la ecuación menores. Cualquier hombre de bien —la inmensa mayoría, por más que les pese a Díaz y Fallarás— se jugaría la vida para impedir una violación. Y hasta yo, que reniego de los linchamientos y defiendo el Estado de derecho por encima de cualquier tribal ajuste de cuentas, confieso que me cuesta apenarme por lo que, según dicen, les suelen hacer en la cárcel los otros presos a estos criminales.
«Ser hombre en el siglo XXI es un conflicto», continúa Díaz, pues tenemos un poder que «es difícil no ejercer aunque no queramos hacerlo». Ni a mí, ni a mi padre, ni a mis hermanos, ni a mis hijos ni, creo, a mis amigos, nos ha costado nunca. La proyección es un mecanismo de defensa mental en el que alguien atribuye a otras personas los sentimientos, ideas o impulsos propios que le resultan difíciles de aceptar o reconocer en sí mismo. Dicho con el refranero: cree el ladrón que son todos de su condición. En cualquier caso, señor Díaz: no se arrogue la representación de los hombres. Hable de los que conoce, si le apetece, pero se lava la boca antes de incluir en sus teorías cretinas a los muchos hombres a los que quiero.