Primero, los nuestros
Primero, los nuestros
Por Rafael Nieto
7 de septiembre de 2025

En la crónica de Unai Cano, en la portada de LA GACETA, la foto de la izquierda mostraba un bocadillo con tres escuálidas láminas de chorizo; a la derecha, una comilona de tres mil calorías en una bandeja. Lo primero era el «menú» de un bombero español tras muchas horas de lucha contra el fuego; lo segundo, el «rancho» de un inmigrante ilegal invitado por el Gobierno de Sánchez a vivir de la sopa boba los años que quiera, financiado, como otros muchos, por nuestros impuestos.

Es un simple ejemplo, si quieren el menos grave, del disparate nacional al que nos ha empujado este bipartidismo desnortado y sin brújula moral que nos «gobierna»; el disparate de dar a los de fuera lo que se niega a los nuestros. Esta solidaridad de la Señorita Pepis que consiste en que unos delincuentes que llegaron a España burlando su frontera reciban con generosidad lo que se niega con racanería criminal a un funcionario español que se juega la vida para proteger las nuestras. 

Cualquiera de nuestros abuelos pensaría que hemos perdido la chaveta por consentir estas tropelías que violentan el sentido común y la paciencia de cualquiera, y que harían explotar de ira al mismísimo Santo Job. Primero, por tolerar esta invasión de presuntos menesterosos que llegan en cayuco con sus IPhone de última generación y suscripción a Netflix. Con brazos de atleta olímpico y politos de marca. Y segundo, por meterlos a vivir en hoteles de lujo, con todos los vicios pagados, mientras las familias españolas pasan necesidad. ¿Cómo hemos llegado a este grado de demencia? ¿Cómo es posible aceptar en silencio esta humillación colectiva?

La secta progre, instalada en su bucle frenopático, ha logrado meter a miles de personas en esa espiral de buenismo ñoño incapaz de distinguir entre caridad y estupidez. Como la tripulación de la flotilla con destino a Gaza, que se hizo a la mar cual Blas de Lezo desfaciendo entuertos, pero tuvo que regresar a puerto al ver dos nubarrones cargaditos de agua. La capitana Colau y su almirante Greta sufren de la misma ceguera moral que el resto de la piara podemoide: son incapaces de distinguir el bien del mal, y confunden constantemente a las víctimas con sus verdugos. En el sorteo divino del sentido común, es raro encontrar un zurdo al que le haya tocado alguna pedrea.

La llamada crisis de la inmigración ilegal es, básicamente y sobre todo, una crisis del sentido común. Primero, por negar la mayor de que las fronteras de un país son como las puertas de las casas: sólo se abre a las personas que conocemos y que llaman al timbre de manera civilizada, no al desconocido que quiere pasar echando la puerta abajo. Y segundo, por ignorar que la primera caridad se debe practicar con el más próximo a nosotros (el prójimo), con nuestros compatriotas que han caído en desgracia después de muchos desgobiernos del PSOE y del PP; de quebrar nuestra economía, de malvender nuestra riqueza, de descapitalizar una nación que hoy podría ser la envidia de tantas otras.

Ese bocadillo de chorizo con un 95% de pan que dieron de comer a nuestros bomberos, después de poner sus vidas en peligro durante días y días, respirando ceniza y rozando las llamas con sus cuerpos, es el resumen de la España de hoy. La España de los trenes que se paran y de las danas que se cobran cientos de vidas por falta de previsión. La España que se quedó a oscuras por un apagón. Esta España que seguimos queriendo porque cada día nos duele más.   

Noticias de España