Qué dirían de él la Historia y el futuro
Qué dirían de él la Historia y el futuro
Por Iván Vélez
19 de octubre de 2026

En junio de 2018, Máximo Huerta acudió a La Moncloa para presentar su dimisión como ministro de Cultura y Deporte a Pedro Sánchez. El motivo: un fraude fiscal que es calderilla al lado —después lo supimos— de los enormes flujos irregulares de dinero manejados por altos cargos del PSOE. Según contó Huerta años después, Sánchez apenas le escuchó. Su interés, el propio, naturalmente, era saber qué dirían de él «la Historia y el futuro». Más de ocho años después, algunas certezas asoman en una Historia que, como todas, han de redactarlas los vencedores.

En noviembre de 2022, el marido de Begoña aseguró que pasaría a la historia «por haber exhumado al dictador Francisco Franco» de su tumba en el Valle de los Caídos. Un logro más que dudoso, pues en los anales nunca se ha destacado a nadie por remover cadáveres. Antes al contrario, la Historia está llena de ejemplos en los que una victoria —algo que nunca ha obtenido Sánchez— sobre un adversario iba acompañada de respeto. Así actuó Alejandro Magno al hallar el cadáver de Darío III. Las comparaciones, ya se sabe, son odiosas.

Puede que para Sánchez esa sea su mayor gesta. Sin embargo, otros son los hitos por los cuales el hombre profundamente enamorado debería pasar a los libros. Singularmente, por lo que se refiere a la integridad de la Nación española, su concesión de indultos y de una amnistía a los golpistas catalanes que pretendían levantar una frontera en el Ebro. «Lo volveremos a hacer», gritan los secesionistas, hoy más blindados ante una segunda intentona, una vez que la primera ha permitido obtener más cuotas de poder a estos enemigos internos de España. Sólo por eso, por congraciarse con semejantes sectas, Sánchez tiene reservado un sitio en la Historia.

Otro lo tiene abierto, y en ampliación, en lo que respecta a la política exterior. Singularmente en su sumisión a los intereses de Marruecos. Sánchez, como Santiago Abascal ha dicho, es la cabeza del partido marroquí en España. Es el benefactor de una quinta columna que se activará a su debido tiempo y de la manera más beneficiosa para el Comendador de los Creyentes, tal y como ha demostrado la invasión de Ceuta que los medios sanchistas califican machaconamente de crisis migratoria.

Sánchez es, también, el presidente que mayor número de casos de corrupción en su entorno más inmediato. Es quien más fango ha arrojado sobre las togas, empezando por la del Fiscal General de Estado. Durante su mandato se ha llegado a contactar con un clan de la droga, esos Rochos que desconfían de un Gobierno semejante, para dar «un sustillo» a la juez que investigaba las andanzas de su hermano. 

Por último, y para no hacer demasiado prolija la lista de tropelías históricas, Sánchez, sabedor de que cuando sale a la calle suena la canción del verano, ha tratado de dar un pucherazo histórico fabricando españoles. Pretendiendo, sin demasiadas exigencias documentales que acrediten ser hijos de represaliados, conseguir votantes a medida.

Con la legislatura concluida, esa ausencia de escrúpulos apellidada Sánchez ha entrado en campaña y lo ha hecho empleando uno de los recursos más indeseables de la política: su sentimentalización. Tras convertir a su partido en poco más que en un club de fans, Sánchez se anuncia en los carteles besando a quien tanto debe, a esa destacada contable de turbios ingresos. Un lema —«La fuerza del amor»— acompaña a una foto de resabios bolivarianos que lo dice todo de la consideración que Sánchez tiene de sus votantes, esos, y los de los partidos antiespañoles con los que tratará de evitar terminar en el basurero de la Historia.

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