Queremos arte sin ruido
Queremos arte sin ruido
Por David Cerdá
21 de agosto de 2025

Entre mi anterior artículo y este han pasado las Perseidas. Las vi en una playa pequeña y mediterránea, con la brisa acariciando y la sensibilidad a flor de piel y me dije «esta es la mía», la ocasión de pedir un deseo, y se me ocurrió pedir que los artistas se dedicasen a embellecer el mundo en vez a dar la monserga.

Pensé en los Bardem, por ejemplo: el exitoso y el otro, y en su ristra de homilías laicas y manifiestos que dan a entender que su opinión importa. Pensé en lo bonito que sería que, sin dejar de ser ciudadanos, y, en tanto ciudadanos, unirse a esta marcha o aquella manifestación y votar como todo quisque, no insistieran en abusar de su posición de privilegio mediático para darnos la turra con sus filias y fobias. De la enojosa costumbre del hermano que recibe premios (es un gran actor Javier y es tonto negarlo) solo diré que ya está bien de envolverse en banderas, y que ya podría aprender del homónimo actor que evita hacer eso escrupulosamente. Será bastante más complicado, me temo, con Carlos. Hace un tiempo dijo no sé qué de Aznar y el tribunal de La Haya. No es nuevo, lo de este artista: la monarquía a abolir, la España genocida en América, su «soy muchísimo más de izquierdas ahora que nunca, soy el diablo rojo» y el resto de las boludeces de corte político que evacúa con regular persistencia. Como si lo que él piensa importara más que lo que piensa Manolo, mi quiosquero (para nada). Los Bardem llaman a esto «compromiso político y social», pero, desde el momento en que no se comportan como un ciudadano más, yo lo llamo «darse aires» y «tratar de destacar por lo que no toca».

Qué bonito, cuando los artistas hacían ante todo arte. Arte que puede ser, faltaría más, de corte político: porque ahí sí se les espera para proponer mejores modelos de sociedad, y no en sus opiniones sesgadas. Cuéntame una historia que me haga entender el drama de vivir bajo una dictadura. Haz una pintura o un grafiti que me conecte con la tragedia de los barrios comercial y socialmente arrasados. Que tu poema, tu cuadro o tu canción me hagan sentir lo que siente quien vive con lo puesto o sufre la inseguridad de su barrio. Que tu danza sea un canto por los pueblos oprimidos que sufren, qué sé yo, un grito plasmado en música y cuerpo por los cristianos asesinados en Sudán o Siria (no caerá esa breva). Etcétera. Pero suelta la alcachofa de una vez, querido, querida.

¿Y por qué no íbamos a pedir artistas coherentes? Por qué no, ¿será por pedir? ¡Vivan las Perseidas! Que la altura de las declaraciones esté a la de los actos. Lo digo por Muñoz Molina, que, según leí en una entrevista decir a quien lo sabía de muy buena tinta, sufrió mucho —pero mucho muchísimo— por decidir meter a su hijo en un colegio privado, con lo que había alabado los públicos, porque una cosa es pontificar y otra arriesgar con los tuyos. Yo de estos sí sacaría una clasificación, ya que estamos, un índice de hipocresía en el que tanto Muñoz Molina como Lindo («me encanta la moda y la buena vida») puntuarían alto.

Lo que a lo mejor no hay estrella que lo solucione es lo de los defensores de la democracia, pero solo en casa. A esto lo podríamos llamar willytoledismo, el ser un demócrata como quien tiene algo en el ADN, aunque después no aplique: ahí están sus alabanzas a la dictadura cubana, también el comprensivo modo en que Ismael Serrano o Juan Diego Botto se han referido a lo que se vive en Cuba y Venezuela. Este último, por cierto, declaró en cierta ocasión: «Tengo el derecho y el deber de decir lo que pienso, igual que un fontanero. Pero a mí se me escucha más». Aquí está la madre del cordero: el derecho y el deber se refieren al uso ciudadano de la palabra, no al de los micros. Ese es un uso inadecuado, y si hay un deber es el de no servirse de un altavoz mediático para colocar la mercancía ideológica de uno cuando resulta que a uno le dan bola por su arte, y nada más que por eso.

«Yo no soy político, soy músico. No me corresponde decirle a la gente lo que tiene que pensar», comentaba Alejandro Sanz en una entrevista hace algunos años. Por mucho que se revuelvan los bocazas en sus asientos, esto que dice y hace Sanz no es cobardía ni apocamiento, sino precisamente cumplir un deber de prudencia. Puede que un actor interprete bien a Churchill en un papel, pero no es un político; y quien le canta a Evita Perón o la pinta no está especialmente bien capacitado para hablar de la situación política actual en la Argentina. Yo entiendo que chapotear en la política nacional o la geopolítica te puede dar tus minutillos de gloria, redes sociales mediante; pero es una franca irresponsabilidad jugar en un terreno de juego —viva la honestidad a lo Sanz— en el que no eres nada.

Veo mis Perseidas y cierro los ojos: que haya más arte sin ruido. Que haya gente que me quiera conmover, y no sólo desde su pericia personal, sino también porque me conecte con los males del mundo y sus posibles soluciones: eso es atender a la polis y hacer también política, pero de un cabal modo. Es, de hecho, su poder artístico de conmoción el que puede y debe usar a discreción el artista, pues ahí nos tendrá siempre, más allá de posicionamientos ideológicos, y conseguirá que más conciudadanos arrimen el hombro si es que la causa es buena. 

«Hay muchas maneras de hacer activismo. Yo hago arte. Eso es lo mío», Rosalía dixit. ¡Tra, tra!

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