Racializado por el Estado
Racializado por el Estado
Por Hughes
16 de enero de 2026

Hay mucha gente que tiene disforia de DNI, disforia de documento. Personas que donde pone hombre quieren que ponga mujer, donde pone España que ponga Euskadi o que no llevan bien enfrentarse a la revelación de su nombre completo, que no es Mari sino, pongamos por caso, María del Tránsito.

Muy habitual, creo, es el problema con la foto, muchas veces foto de fotomatón.

Yo he tenido durante años una un poco iraquí que me causaba reparo cuando le daba el DNI a alguna funcionaria mujer. Hombre, no es que sea uno guapo, pero la foto no hacía justicia o la hacía demasiado. Una mala mañana, un desaliño en la barba y el pasmo ante el flash.

Esta semana tuve que renovar el DNI y fui con ilusión a hacerme la fotografía, que no salió del todo mal. Pensé: bueno, los próximos diez años ya no parezco un quinqui. Después, en la comisaría, procedí al trámite habitual que una diligente funcionaria ultimó. Cuando emitía el DNI, algo en su rostro, hecho a la más procedimental de las rutinas, mostró una ligera disconformidad. Un temblor kafkiano alteró su  ceja: «Esto sale muy oscuro». Un compañero policía se acercó: «Es verdad. Acláralo». «No, si ya lo he hecho».

La agente maniobró un poco más y al poco, tras imprimir mi índice en un visor (ya no la inculpatoria tinta) me entregó el nuevo DNI, mi nuevo documento. Con estupor vi que me había convertido en un ser del Punjab. No es que estuviera mal en la foto, es que me habían cambiado el color de piel. El DNI me salió hindú, como si yo fuera de Bangalore. Soy el mismo, pero de otra tonalidad.

Miré la foto y luego a la policía y un gesto de aflicción asomó a mi cara. Ella lo notó, pero qué iba a hacer. «Gracias, buenos días». Y me alejé con un DNI en el que vivo en la misma calle, tengo los mismos padres, nací en la misma ciudad, respondo al mismo nombre, sigo siendo español, pero en el que estoy obligado a identificarme con una variante tostada de mí mismo.

El Estado me ha racializado. Si tuviera que irme a EE.UU, a mí ya no me ponían caucásico. No es que salga un poco más feo de lo que ya soy, o con ojeras, o mala cara, es que parezco Rodrygo.

Más que sentirme atropellado por la escasa resolución de las impresoras del Estado (lo que dice alguna cosa del Estado), tengo una ligera sensación de estreno; me siento de repente vulnerable, desdoblado en un alter ego que me abre a otros continentes y a otras experiencias. Cuando mi DNI figure en algún trámite (y no quiero imaginar cómo será la fotocopia), el que examine el expediente me mirará un instante como a minoría étnica. Lo que se dice blanco, administrativamente ya no lo soy.

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