Red social X
Red social X
Por David Cerdá
14 de mayo de 2026

Hace dos semanas, fui desterrado de la red social X. La cosa empezó con un hackeo de mi cuenta, a lo que siguió, en menos de veinticuatro horas, al bloqueo del hacker tras mi denuncia, para la que tuve que enviar foto, DNI y poco menos que una radiografía de fémur, a fin de demostrar que el ladrón (que seguía con mi nombre, mi perfil, el enlace a mi página web personal y quería extorsionarme) usurpaba mi identidad. Seguidamente, reclamé que me devolvieran la cuenta; pasó una semana sin que recibiera más que correos confusos y claramente automáticos. Entonces, desde mi usuario vacío, se me ocurrió preguntar a los administradores de X, en la misma aplicación, qué había de lo mío, y la respuesta fue suspender también mi cuenta original «por incumplir las normas». Pese a que volví a reclamar aportando más información —calculo que solo debe faltarles una muestra de mi ADN—, sigo desterrado quince días más tarde.

Hemos hablado mucho en los últimos tiempos —y con razón— de las ventajas de que haya un negocio privado, a salvo de las garras del gobierno, que nos permita relacionarnos y publicar contenidos. También de lo bueno que es que ese foro siga reglas amplias y nos proteja de cancelaciones. Pero ¿qué pasa cuando esa misma plaza es incapaz de asegurar la integridad de sus usuarios y termina tratando como sospechoso precisamente al saqueado, todo por trabajar con algoritmos incapaces de entender lo que está sucediendo? Mi caso no importa por tratarse de mí, que carezco de importancia, importa por lo que revela: si una empresa no puede resolver una suplantación obvia —la de alguien cuya existencia pública está documentada en cientos de textos, entrevistas y hasta en Wikipedia—, entonces el problema es estructural, y cualquiera puede verse en la misma tesitura mañana.

En 2026, las redes sociales son prolongaciones de uno mismo que conforman efectivamente nuestra identidad pública. Para quien trabaja con ideas y palabras, una cuenta ya no es un simple perfil; es una biblioteca portátil, una conversación sostenida durante años y también un haz de relaciones. Estos días muchas personas me han escrito por otras vías para preguntarme qué había sido de mí. Eso es muy reconfortante: detrás de las pantallas aún quedan lectores, interlocutores y afectos reales. Lo inquietante es descubrir que quizá no quede nadie al otro lado de ciertas empresas tecnológicas.

A esta hora, un bagaje intelectual y sentimental de dieciséis años está en paradero desconocido. Lo escrito perdura, y ni que decir tiene que hay vida fuera de las redes sociales; pero las conversaciones que estaban allí han desaparecido, también cientos de contactos, y no puedo hacer llegar, a quien le interesa, lo que por una u otra vía escribo. Quince mil personas me habían prestado su atención, de modo que me debo a ellos; pero no puedo decirles una palabra, porque estoy perdido en un territorio kafkiano. En El castillo, el agrimensor K. intenta acceder a una autoridad que existe y, sin embargo, nunca comparece de veras. Todo funciona y nadie responde; hay procedimientos, comunicaciones, departamentos, decisiones, pero el poder aparece diluido en una niebla administrativa donde nadie da la cara. Escribe Kafka en su novela: «No era posible defenderse; contra disposiciones desconocidas no había defensa posible». Pocas frases describen mejor ciertas experiencias digitales contemporáneas.

Lo exasperante es la desaparición del interlocutor; que X sea justamente una incógnita. Si no hay manera de que yo consiga que alguien me responda —si solo hay formularios y correos automáticos, pero ninguna posibilidad de un rostro—, ¿es X una empresa, o un laberinto desalmado? Uno puede discutir con una persona, explicarse, matizar, apelar a su criterio, conseguir, tal vez, que empatice. Pero ¿cómo se dialoga con una estructura que no escucha? En 2022, Elon Musk despidió al 80% de la plantilla, unas ocho mil personas, y se echó en brazos de la IA. ¿Es este el mundo al que nos dirigimos, un mundo en el que ya no es cuestión de adquirir cierta competencia digital, sino de que vas a encontrarte con organizaciones que no son más que una cáscara vacía? La pensadora Shoshana Zuboff advirtió hace años que muchas tecnologías contemporáneas avanzaban hacia una lógica donde las personas dejan de ser ciudadanos o clientes para convertirse en simples datos administrables. ¿Vamos a pasarnos media vida, como me he pasado yo estas dos últimas semanas, rebotando entre algoritmos como si fuera una triste bola de petaco?

Lo que sigue a este caso es una sensación extraña y desagradable: la impresión de que vivimos dentro de sistemas inmensos diseñados para gestionar toscamente, porque lo que importa es el tráfico monetizado. Ha llegado a la banca, en muchos casos, y a casi todos los servicios: la desaparición del hombre. Formularios automáticos, respuestas automáticas, sanciones automáticas, apelaciones que se pierden entre bits mudos y sordos. Una eficacia gigantesca acompañada de una amoralidad aplastante (recuérdese que aquí la víctima de una suplantación ha terminado además sancionada). Es como si hubiéramos construido instituciones capaces de procesar información infinita, pero incapaces de comprender una sola circunstancia concreta.

El problema de fondo es ético. Durante siglos, incluso las burocracias más burdas conservaban, detrás de las ventanillas, presencias humanas. Alguien podía escuchar, equivocarse, rectificar, comprender el contexto. En la era del capitalismo digital, en cambio, delegamos espacios centrales de la vida pública en mecanismos donde la autoridad ya no necesita explicarse —simplemente se ejecuta—. Juvenal preguntó en Roma quién vigilaba a los vigilantes. Hoy podríamos reformularlo así: ¿quién corrige a los algoritmos cuando se equivocan?

Mi cuenta podrá recuperarse o perderse definitivamente, poco importa. Lo importante es comprender hasta qué punto estamos entregando nuestra identidad pública a sistemas opacos e impersonales. Cuando algo falla en el espacio común tenemos la oportunidad de tomarle la medida a nuestra convivencia. Mi caso no es desde luego el único, y nada indica que la cosa vaya a ir a mejor si no nos arremangamos para solucionarlo. El gran riesgo de nuestra época no es que las máquinas desarrollen una conciencia, sino que las organizaciones, al digitalizarse, funcionen como burocracias kafkianas.

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