Reflexión intempestiva sobre Venezuela
Reflexión intempestiva sobre Venezuela
Por José Javier Esparza
6 de enero de 2026

La intervención norteamericana en Venezuela ha suscitado, entre otras cosas, hondos lamentos que lloran la violación de una soberanía nacional (la venezolana) y la ruptura del derecho internacional que arbitra las relaciones entre los Estados. Los lamentos no están equivocados, pero sus lágrimas serían más verosímiles si no habláramos de un Estado como Venezuela, que nunca ha tenido en gran aprecio la soberanía nacional ajena (los EEUU, tampoco) y que ha utilizado abiertamente el derecho internacional para las actividades criminales de su oligarquía gobernante. El Gobierno español ha condenado el hecho porque sienta «un peligroso precedente». Es notable: ¿»precedente» de qué, exactamente? Porque en el último cuarto de siglo hemos asistido a violaciones flagrantes de numerosas soberanías nacionales que ni de lejos han despertado semejante dolor en los mismos que ahora se quejan. Por ejemplo, cuando la Comisión Europea forzó la anulación de unas elecciones en Rumania porque no le gustó el resultado. Tanta hipocresía resulta estomagante.

La argumentación puede parecer un poco cínica, es verdad: el hecho de que un crimen esté muy extendido no lo hace menos criminal. Pero, desde otro punto de vista, cabría plantear qué sentido tiene seguir rasgándose las vestiduras por acciones que, en la práctica, siempre terminan siendo aceptadas por el conjunto de los agentes implicados. En plata: habría que empezar a preguntarse si el concepto de «derecho internacional» tiene aún algún sentido en el actual orden mundial, donde continuamente se nos invita a «superar» las fronteras nacionales en nombre de la democracia, la libertad, el libre comercio o lo que sea. El derecho internacional, por definición, arbitra las relaciones entre las naciones, pero eso requiere que haya, precisamente, naciones, y que estén en condiciones de defender su derecho. Y aquí es donde, más allá del caso venezolano, uno termina pensando inevitablemente en su propio país. Zemmour ha dado en el clavo cuando pone el acento en la cuestión de la fuerza: al final, hoy como en todos los tiempos, el elemento clave en las relaciones internacionales es la fuerza. O si se prefiere, la potencia nacional. Fuera de esa realidad, cualquier discusión no deja de ser un tanto bizantina.

La potencia nacional no es necesariamente algo agresivo (no más, ciertamente, que lo sería su aniquilación). La potencia nacional es algo tan simple como esto: garantizar que los recursos para que tu país sobreviva permanezcan dentro de tu país. Que la alimentación de tu gente, por ejemplo, dependa lo menos posible de otros que puedan cortarte el suministro. Que la energía con la que nutres tu estructura económica dependa lo menos posible de otros que puedan cortarte la corriente. Que los recursos financieros del país no estén en manos extranjeras que un día puedan estrangularte. Que las armas de tus soldados se usen prioritariamente para defender las vidas y los intereses de tu propio pueblo, y no los intereses de potencias ajenas. Cosas como la inviolabilidad de las fronteras o la prevalencia de tu ordenamiento jurídico en el interior de tu país sólo son, en realidad, instrumentos puestos al servicio de esos otros elementos que son el fundamento material, concreto, de la soberanía.

Todo esto no quiere decir que no puedas acordar con otros socios tu alimentación, tu energía, tus finanzas, tu defensa… Buena parte de la acción política consiste precisamente en buscar tales acuerdos, tales socios. Si tu tamaño es pequeño, esos acuerdos son imprescindibles. Pero lo que hace a los socios mejores o peores es, precisamente, en qué medida contribuyen a la supervivencia de tu comunidad. Si llega un momento en que esos acuerdos esquilman tus campos, te privan de toda autonomía energética, controlan tu economía y, en definitiva, te hacen dependiente de poderes que ya no puedes controlar, eso no es una asociación: es una servidumbre. Si además se da el paso de que esos poderes extranjeros, ajenos a tu comunidad política y que tu pueblo no ha votado, se arrogan el derecho de imponerte cómo deben ser tus familias, cuánta gente debe entrar en tu país, cómo ha de ser la educación de tus hijos, etc., entonces tu país ya ha dejado de ser libre y la palabra «soberanía» sólo es una broma de mal gusto. Nosotros, españoles, llevamos tanto tiempo sometidos a poderes ajenos que ahora, cuando discutimos sobre soberanías nacionales, tomamos partido por unos u otros, pero rara vez nos acordamos de defender la nuestra.

Al mismo tiempo que numerosas voces del establishment europeo denunciaban el ataque a la «soberanía nacional» venezolana, el líder húngaro Viktor Orbán denunciaba al Tribunal de Justicia de la Unión Europea por haber vulnerado la soberanía húngara. Orbán lo ha denunciado ante el propio TJUE, que es la instancia adecuada para juzgarse a sí misma. ¿La causa? La gruesa multa impuesta por el TJUE a Hungría por no haber aplicado políticas dictadas desde Bruselas que, a juicio de Orbán, no estaba obligado a aplicar. Traigo aquí el caso porque demuestra la extrema fragilidad del concepto de «soberanía nacional» en órdenes que se quieren supranacionales, pero que sólo pueden ser legítimamente suscritos por… las naciones, precisamente. Siempre habrá quien siga pensando que hay que acabar con las soberanías nacionales. Pero entonces habrá que explicar quién y con qué legitimidad va a garantizar el natural deseo de supervivencia de nuestros pueblos. ¿O es que nuestros gobernantes ya no tienen esa prioridad? En buena parte de Europa, y desde luego en España, es una evidencia que ya no.

El asunto de Venezuela tiene la virtud de clarificar brutalmente las cosas. Escuchar la palabra «soberanía» en labios de políticos que llevan medio siglo vendiéndola, como es el caso de los españoles, es casi tan obsceno como leer la palabra «derecho» en los discursos de los tiranos de Caracas y sus defensores. Y lo que nos queda a nosotros, españoles, lamentaciones o ditirambos al margen, es la pregunta sobre qué ha sido de nuestra propia soberanía, es decir, de nuestra potencia nacional. Una pregunta que, al parecer, nadie quiere hacerse, pero que es imprescindible si queremos… sobrevivir.

TEMAS
Noticias de España