Romana y mora
Romana y mora
Por Esperanza Ruiz
12 de agosto de 2025

Tras los atentados de Charlie Hebdo y Bataclan, ocurridos en Francia en 2015, desde la izquierda, las asociaciones del antirracismo oficial y ese magma entre lo mediático y lo «intelectual», se lanzó una consigna que pretendía evitar la estigmatización de las comunidades musulmanas (5-10% en el país vecino). Pas d’amalgame fue el lema elegido para que los ataques perpetrados por el «islamismo radical», que dejaron un total de 147 muertos, no pasaran factura a los esfuerzos de la République en favor de la integración y la laicidad. El problema de ese «no a la amalgama», que en el plano teórico es razonable e incluso astuto, estriba en lo que el francés de a pie sufre en su día a día a causa de la inmigración. Lo que nos traen a suelo europeo, desgraciadamente, deja poco espacio para andar buscando las siete diferencias. 

Estaba aún reciente en nuestro país la polémica acerca de la moción aprobada en Jumilla por VOX y el PP, que prohíbe las celebraciones musulmanas (específicamente la fiesta del cordero) en dependencias municipales, cuando empezó a arder la mezquita de Córdoba. La Conferencia Episcopal, en silencio cómplice si de defender a su grey ante la cristianofobia institucional se trata, apuntaba que la medida adoptada por el consistorio murciano producía una discriminación inadmisible en sociedades democráticas. 

Correlación no es causalidad, y aquello que originó el incendio en el templo cordobés quedará endosado en cualquier informe técnico oficial al socorrido cortocircuito (esta vez de una máquina barredora)  ya esgrimido en Notre Dame. La sorpresa (o no) ha sido la estrambótica amalgama que se ha producido en el debate público sobre la nomenclatura del conjunto monumental andaluz. De no mezclar churras con merinas hemos pasado a embarullar corderos degollados  y mezquitas medievales.

La Basílica visigoda de san Vicente (siglo VI) fue convertida por Abderraman I en mezquita  en el 786. Trescientos sesenta años después, el arzobispo de Toledo, acompañado por Alfonso VII, celebra la Santa Misa en la Aljama. En 1236, el templo se consagra al culto católico.

La denominación oficial más común es la de Mezquita-Catedral, que suena un poco a polideportivo multiusos, y es la que gasta la Administración, el Cabildo catedralicio y los organismos internacionales. También algunos cordobeses. El título legal y eclesiástico, como sede de la Diócesis de Córdoba, es el de Catedral de Nuestra Señora de la Asunción, una preciosa advocación de la Virgen. 

Ocurre que la mayoría de cordobeses se refieren a ella como «la mezquita». Llamar mezquita al Monumento Nacional histórico y artístico no es, en ningún caso, la reivindicación de una convivencia mitológica en la ciudad de las tres culturas. Es constatar, sin complejos, que de un lugar de culto musulmán se hizo una iglesia. 

Llamar «mezquita» a la mezquita es exactamente lo contrario a decir que es una mezquita, durante siglos la única de España. La España católica. Háblame de la Reconquista sin decir la palabra reconquista.

La grandeza de la catedral de Córdoba es que es universalmente conocida como «la mezquita». En Córdoba se va a Misa a la mezquita.

Decir «Voy a Misa a la mezquita» tiene un extraordinario poder simbólico. Se trata de una simple oración enunciativa que a la vez comunica una intención piadosa —una profesión de nuestra fe—, explica lo que nuestros antepasados hicieron hace casi 800 años —una lección de historia—  y, aviso a sarracenos, en su caso, volveríamos a hacer —una declaración de intenciones—.

Romana y mora, Córdoba callada, escribía el poeta.

*Columna pergeñada en la mañana del lunes 11 de agosto, festividad de santa Clara de Asís, en Illice Augusta, mientras desfila por debajo de mi balcón una comparsa de Moros y Cristianos. Es probable que, en algún momento, el pasacalles rebase los baños árabes situados en el sótano del antiguo convento de las clarisas. La filà va vestida con bombacho azul, camisa blanca y fajín amarillo amarrado a un costado, chaleco granate y fez rojo con borla amarilla. La banda de música que les acompaña lo mismo toca Paquito el Chocolatero que el Sweet Caroline de Neil Diamond.

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