Schmitt sobre Monroe y Trump
Schmitt sobre Monroe y Trump
Por Hughes
11 de enero de 2026

En su entrevista a The New York Times, Trump dijo que no necesitaba el derecho internacional, que le basta su «propia moral». Sonó escandaloso, pero eran palabras de un realismo cegador.

En las páginas que Carl Schmitt dedica a la doctrina Monroe en 1941, no deja duda sobre su decisionismo. Aunque a primera vista haya una indeterminación normativa, en la doctrina late «una certeza decisionista en la que el genuino positivista siente una vez más el suelo bajo sus pies». Y como ejemplo del decisionismo más puro pone las palabras del Secretario de Estado Hughes en 1923: sólo el gobierno de los Estados Unidos de América “define, interpreta y sanciona” lo que realmente es la Doctrina Monroe.

La doctrina original (1823) era la primera declaración de derecho internacional de la historia en hablar de un Großraum (Gran Espacio), sobre el que erige el principio de no intervención de potencias extranjeras. La teoría se refiere al “hemisferio occidental”. El Großraum es el Gran Espacio schmittiano, que no es lo mismo que un espacio grande. Por esa época, cuando Talleyrand o  los gobiernos de la Santa Alianza hablan de “Europa”, «se refieren más bien a un sistema de relaciones de poder». Monroe ya piensa el espacio y el planeta de otra manera.

Schmitt recoge la duda de si se trata de una declaración política o un principio jurídico, pero con tres realidades de su tiempo fundamenta la presencia de la Doctrina Monroe en el derecho internacional: la teoría aparece en todos los sistemas significativos; desde La Haya (1899), Estados Unidos logró, contra la resistencia principalmente inglesa, asegurar que la reserva de la Doctrina Monroe siempre fuera expresa o tácitamente válida en los tratados internacionales y para Schmitt el derecho internacional es un derecho de reservas: «El verdadero lugar de la realidad en el derecho internacional, independientemente de las universalizaciones normativistas y las resoluciones universalistas, está en tales reservas». Como ejemplo, la Carta de la Sociedad de Naciones de Ginebra concedió a la Doctrina Monroe primacía sobre sus propias normas en su artículo 21 (nada de lo aquí establecido afectará a su validez).

Más importante le resultaba la propia mutabilidad de la doctrina, que pasó de ser un principio de no intervención y de rechazo de la interferencia extranjera a una justificación imperialista para los Estados Unidos.

El presidente Wilson sugirió en su mensaje al Congreso en 1917 que todas las naciones del mundo deberían aceptar la teoría del presidente Monroe como una «doctrina mundial», con el significado del libre derecho a la autodeterminación de las naciones. Según Schmitt, ahí la política de Estados Unidos se aleja de su suelo natal y entra en unión con el universalismo del Imperio Británico. El principio de Gran Espacio se disuelve en una ideología global y panintervencionista que bajo el mando del humanitarismo interfiere en todo.

Ahora Trump, hecho en la lucha encarnizada por el limitado espacio de Manhattan, invoca esa misma doctrina para algo que es a la vez una salida del mundialismo, un redoble imperialista y un repliegue espacial.

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