Seamos heterodoxos
Seamos heterodoxos
Por Jesús García-Conde
24 de enero de 2026

Hace unos días mi amigo Luis María Sandoval me recomendaba la lectura de un profesor norteamericano que se enamoró de la España tradicional después de una visita a nuestro país. Estudió nuestra historia y tiene algunos escritos muy interesantes sobre el significado que la fe tuvo como cemento para la unidad de la patria. Tanto él, Wilhelmsen, como su compatriota Kendall plantean que las sociedades se construyen sobre una serie de principios que no se discuten.

El profesor Miguel Ayuso, en un artículo para la revista Verbo, precisa las aportaciones de los dos pensadores católicos: «La ciudad (la sociedad) descansa sobre un entramado de virtudes y valores comunitariamente aceptados y cordialmente vividos». Desde los poderes públicos se promueven una serie de valores para que sean aceptados. Concluye Ayuso, el bueno, que «por eso todos los Estados son confesionales, pues en último término articulan una determinada ortodoxia pública. Unos lo son de una confesionalidad religiosa, fundados en el valor social dogmático del principio religioso. Otros (…) de una confesionalidad postiza, ya liberal o marxista, que trata de imponerse a la realidad social».

En el caso de España hay muchas cosas que no se pueden discutir según el canon de los partidos y medios de comunicación del consenso. Después de la catástrofe del descarrilamiento de Adamuz, con 45 muertos, el Gobierno pretende que no se discutan las causas de la tragedia y que se acepte la versión del ministro, la que sea que dé en cada momento. El Partido Popular acepta la mordaza en cumplimiento del primer dogma de la nueva ortodoxia: la lealtad institucional. Son bien mandados y posan para el fotógrafo real, con tren descarrilado al fondo, para que no haya huecos en la alineación del consenso. Tienen mecanizada la lección porque fue precisamente la lealtad institucional lo argumentado por el Gobierno de Ayuso, la otra, para su negativa a declarar BIC el Valle de los Caídos. Según la doctrina Esparza, el destinatario de la lealtad que tan generosamente ofrecía Ayuso era la Iglesia, en particular la Archidiócesis de Madrid y su arzobispo José Cobo, y no el Gobierno del PSOE como creímos todos. De lo que no hay dudas es que monseñor Cobo merecía un hueco en la foto del consenso entre el Rey y Juanma después de posar su firma con la de Bolaños en la profanación del Valle de los Caídos.

Llevamos años de «ortodoxa autocensura». No se podía discutir la conveniencia de las vacunas o las medidas de distanciamiento. Absolver al ser humano de la culpa del cambio climático y dudar de la emergencia climática te puede crear un problema con la Fiscalía por considerarse un discurso de odio. De la conveniencia de la inmigración masiva no digamos. Para qué hablar de las leyes de memoria, la violencia de género, las zonas de bajas emisiones o el carril bici. Los mantenedores del dogma están reunidos «en concilio» esta semana en Davos para recetarnos nuevas prohibiciones por nuestro bien. Algunos de sus principales popes, representando a las «congregaciones» del Partido Popular Europeo y del PS, todos ellos fieles defensores de la «ortodoxia pública globalista» de la Unión Europea, llegarán con la herida de la votación en el Parlamento Europeo que pide un dictamen al Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE) sobre la legalidad del acuerdo con Mercosur. Los «heterodoxos» del grupo Patriots junto a algunos «herejes» procedentes de esas «congregaciones» han ganado la votación por 334 a 324 a los ortodoxos globalistas europeos lo que abre la puerta a la paralización de la entrada en vigor del acuerdo. Se diría que los valores que pretenden administrarnos las élites ortodoxas europeas ya no son comúnmente aceptados. Por fin.

La ortodoxia pública española es confesionalmente laicista, no laica, y laicista será la liturgia con la que se pretende homenajear a las víctimas del descarrilamiento de Adamuz. Como se hizo con el caso del COVID o con la DANA. Es posible que, de vivir en esta época, Menéndez Pelayo se considerara a sí mismo un heterodoxo según los cánones actuales y cambiara el censo de su colección de ocho tomos. Lo que es seguro es que no querría para sus compatriotas la despedida laicista e inhumana con la que se amenaza a las familias. Huelva es mariana, recuerdan, y quiere a su Virgen del Rocío en el funeral. La realidad social de España no es la que sus élites querrían imponer. Don Marcelino pediría, como hago yo ahora, que Dios les dé el descanso eterno y brille para ellos la Luz perpetua. Descansen en paz. Amén.

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