Iba yo por la calle y otro viandante, más decidido, me adelantó. Era un señor mayor, con zapatillas de deporte e iba al mismo sitio: a los contenedores de basura. En la mano llevaba un objeto, uno solo, que depositó en el de plásticos. Al extender el brazo (para acertar en el agujero, como si hiciera una bandeja baloncestística) pude ver que se trataba de un bote vacío de KH7, el famoso quitagrasas.
La visión se apoderó de mí. Chisporroteó. Era un señor reciclando un KH7. Ni siquiera había bajado la basura. Había bajado una sola cosa. Su reciclado tenía más mérito, era más auténtico. Era de raíz. Había pasado de limpiar a reciclar como en un continuo virtuoso. Al no poder mezclar plástico y orgánica, mantener en casa el extinto KH7 alejado del resto de la basura, bailando con toda su plasticidad, le producía una tensión que prefirió evitar.
Yo podía hacer esa hipótesis. ¿Por qué? Porque yo iba detrás de él con un bote de Sanytol (la competencia) a hacer lo mismo.
Nos miramos los dos, con respeto.
El hombre adquirió para mí una redondez de individuo y época: un señor entrado en años que usa el KH7 (¿habría llegado solo a ese producto o por indicación conyugal?) y que además lo recicla de inmediato.
¿Qué más se puede pedir? ¿Qué más quieren? ¿No era ese hombre, en sí mismo, una forma de perfección, un logro? Hombres hacendosos que van a reciclar en fila de a uno con el quitagrasas en ristre como arcángeles con la espada.
En las ruinas de mi machismo, como una débil flor brotó la lucidez: ¿no se hizo todo por esto?
Fíjense en los anuncios de la tele. Ya no se ven mujeres limpiando. Las amas de casa salen en los anuncios de alarmas, o mandando sobre la alimentación del niño (todo nutrientes saludables) pero en los anuncios de fregar o planchar aparecen hombres. Ver a una mujer con la escoba sería tan chocante como verla con burka.
El hombre friega. Frota. Se tira sus buenas horas abrillantando la encimera, ¡claro que sí! y luego, acabada la tarea, no puede no reciclar. El envase le habla desde la cocina, como un fantasma comprometido con la sostenibilidad: «Manolo… tírame… Manolo, no me dejes con la orgánica… que te conozco y luego te entra la pereza… Manoooolooo».