Sin odio
Sin odio
Por Carlos Esteban
24 de enero de 2026

Toda tiranía empieza en el diccionario. El Poder sabe que pensamos con palabras, cuando no con frases enteras, así que la idea es respetar la palabra empapada durante décadas o siglos de un sentido positivo o negativo y cambiarla por otra. Y la continuidad nos adormece.

Así, llevamos tanto tiempo ensalzando la libertad de expresión, tanto tiempo aplaudiendo la licencia para decir lo que se nos antoje como pilar de nuestro sistema de gobierno, que nadie en su sano juicio saldría a la tribuna pública defendiendo la censura, no con ese término demonizado. Pero, a la vez, el Poder necesita monopolizar el relato, disuadir la disidencia, así que inventa expresiones como «desinformación» y, la mejor, «discurso de odio».

El odio se ha colado en nuestro sistema penal, y es una pena. Es acabar con milenios de garantismo jurídico y objetividad procesal. Algo tan indetectable, tan imposible de medir o pesar como el odio, se ha convertido en un agravante.

Por supuesto, al no poder determinar con precisión el odio que haya podido mover al perpetrador de un crimen, su existencia se deja al criterio del juez, con el evidente peligro de interpretación sesgada. Pero la suprema sandez de la innovación no está en que sea bastante cuestionable la capacidad de nadie para escudriñar el alma humana en este sentido; lo más estúpido es que se considere peor delinquir por odio que por cualquier otra causa, como la indiferencia.

Por ejemplo, todos hemos tenido noticia de esos casos terribles en que un grupo se topa con un mendigo y le prende fuego para reírse un rato, por diversión. Los autores no conocen al tipo tirado en la calle, nunca antes lo habían visto, es imposible que le odien. ¿Debe su acción ser juzgada con mayor clemencia que si actúan contra alguien a quien realmente aborrecen? ¿Por qué?

Si acaso, la plaga de nuestro tiempo no es el odio, sino la indiferencia. No es tanto el daño que se hace porque odiemos a nuestros semejantes como el que se perpetra porque dejamos de verles realmente como semejantes, porque nos dan exactamente igual, porque se les ve como meras molestias que eliminar o explotar en nuestro beneficio.

Si acaba habiendo consecuencias penales por la muerte de 45 personas en el atroz accidente de Adamuz, parece claro que en el hipotético culpable no habría ni un gramo de odio contra las víctimas, a las que ni conoce ni podía prever con precisión. Si se permitieron conscientemente unas condiciones de las vías o los servicios que podían con alta probabilidad traducirse en catástrofes como esta, en ningún caso habrá sido por animadversión a las personas que sufrieron el fatal destino. Sencillamente, daban igual, no entraban en las cuentas, el riesgo compensaba.

Quizá no sea el caso; tal vez todo sea mera incompetencia intolerable. Pero llueve sobre mojado. Los casos de corrupción en curso permiten hacerse una idea de conjunto, dibujan una especie de retrato-robot de esta caterva de golfos que nos desgobierna. Y no es la de psicópatas asesinos, ni mucho menos; es la de pícaros de baja estofa decididos a llevarse hasta los ceniceros, y el que venga detrás, que arree.

Y ni siquiera tiene por qué ser corrupción tipifica, de la de llevárselo calentito. Puede ser de esa otra, tan común e ignorada por los códigos, que lleva a priorizar el gasto de relumbrón que da votos o contenta a amigos poderosos sobre la que de forma callada, prosaica, humilde, asegura que la maquinaria de la civilización siga funcionando.

Al final, no es nada personal; son sólo negocios.

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