Sobre el Mundial de fútbol
Sobre el Mundial de fútbol
Por Hughes
10 de julio de 2026

El Mundial está siendo un exitoso fracaso. Todo son críticas, pero la gente lo ve y habla de ello, que es tan importante como verlo.

Quizás este sea el primer Mundial que incorpora la complejidad de la globalización. Por ejemplo, en el Mundial de Qatar unos argentinos se hicieron famosos por cantar ante las cámaras el «escuchen, corre la bola… juegan en Francia pero son todos de Angola». Provocó cierto escándalo, pero ya no. Una diputada paraguaya se lo dijo a Mbappé, «africano colonizado que finge ser francés», y algo parecido salió de Chilavert, que matizó que en 1998 su Paraguay se enfrentó a una selección francesa, no africana.

Lo más extraordinario ha sido querer explicar la decadencia de Brasil por el auge del evangelismo. Son esas cosas que se encuentran en Internet. He llegado a leer, ante el comportamiento incívico de unos aficionados argentinos, que era culpa del «sionismo liberal» de Milei. Hombre, si las Barras Bravas, más viejas que el tango, son también culpa del «anglosionismo»…

Lo del evangelismo ignora la tradición de futbolistas brasileños religiosos. Los famosos atletas de Cristo. Por ejemplo, Donato, del Atlético y del Dépor. Los brasileños que se fichaban antes o salían nocturnos o salían formales. Pero en ambos casos eran muy técnicos. Los religiosos no eran unos troncos. Por ejemplo, Bebeto o el mismo Kaká, que era tan bueno, en el sentido de santurrón, que lo dejo la mujer (dicho por ella misma).

Esto del evangelismo permite culpar a la CIA de que ya no haya Pelés, pero la crisis viene de muy atrás. El futbolista brasileño clásico, que era la gran razón para ver el Mundial (El Mundial era ver a Brasil) era el llamado malandro, y su fútbol era el malandragem, como si aquí lleváramos la figura del pícaro al campo de fútbol pasando por la playa. El regate, la finta, el engaño, un fútbol de samba y capoeira y la alegría de vivir eran todo parte de una forma de ser del negro en tanto futbolista.

Esto entró en crisis hace ya tiempo. Tampoco hay nuevos Gilberto Gil, otro Caetano Veloso… En Brasil se debatía mucho sobre táctica. Sobre cuánto conceder para ganar a los europeos. Se europeizaba a los equipos. Surgían centrocampistas totales que sujetaban ellos solos la indisciplina de los demás: Dunga, Mauro Silva… se diría que Brasil ganó cuando ellos estaban. Quizás su última oportunidad fue en Rusia, cuando expulsaron a Casemiro.

Pero ya de hace tiempo se sentía que el malandro estaba en crisis. Neymar y Vinicius han sido los últimos representantes. Poner a Neymar como ejemplo de desnaturalización del brasileño es no entender nada o querer liarlo todo. A Neymar se le entendió mal en Europa, en Brasil se quejaban de que el arbitraje era sesgado desde un punto de vista cultural. Y qué diremos de Vinicius, cuyos problemas en España empezaron al bailar, bailando, que fue traducido bárbaramente como «hacer el mono». La defensa de Vinicius era, lo primero de todo, defensa de lo brasileño puro, o sea, de la sagrada diversidad del mundo. La incomprensión fue completa (uno de esos momentos en que uno, con dinero, emigra).

Hay algo cultural que se ha perdido en el fútbol brasileño. Algo relacionado con los clubes, su mezcla de empobrecimiento relativo y profesionalización. Entre la favela y la ciudad deportiva ha ocurrido algo.

El último futbolista de ese estilo quizás sea Estevao, el joven del Chelsea. Pero ya no destacan igual. Antes, los brasileños eran los únicos en incorporar sangre africana, pero ahora Europa la tiene también.

LAS VARIAS NUEVAS FRANCIAS

Esto nos lleva a la otra gran cuestión. Descartamos la religiosa-evangélica, pero nos queda la ‘africanización’, o como algunos interpretan: la Sustitución o Gran Reemplazo aplicado al fútbol o mejor, desvelado en el fútbol.

Lo que decía Chilavert: la del 98 era Francia, esta es África (por cierto, himno mundialista de Shakira que universalizo y llenó de jubilosa aceptación el «porque esto es África»).

La del 98 era la Francia «blanc, black, beur», blanca, negra y mora, que levantó no poca polémica. La que vendría después, la actual, es lo que Finkielkraut llamó la «black, black, black», aunque sobre esto habría algo que decir.

La Francia de Zidane campeona del Mundo en el 98 tenía jugadores de origen africano occidental, magrebí y antillanos como Henry o Thuram. La gran Francia anterior, la que le ganó a España una Eurocopa en los años 80, era la de Platini y tenía también un reflejo de inmigración. El mismo Platini tenía ancestros italianos, estaban los españoles Amorós y Luis Fernández, el africano Tigana, junto a franceses inequívocos como Giresse y Rocheteau, que parecían Truffaut y La Rochefoucauld.
Esa selección jugaba con cuatro medios maravillosos, los cuatro mosqueteros, y fue un canto del cisne tanto como de le coq porque Francia tardó en brillar colectivamente. En los 90 hubo grandes jugadores franceses, de un afrancesamiento físico total: Ginolá, Cantoná o Papin, que era un rematador napoleónico… Eran puramente franceses, tenían gestos de franceses, cara de franceses, en esos 90 eran como ver a Depardieu… (esa cara de los franceses como de degustar quesos o acabar de hacer un cunnilingus).Y en cierto modo, fueron un apogeo y un acabose. Luego, lo francés pasó a ser simbolizado por la maravillosa selección de Zidane, que convertía en fútbol exitoso la descolonización francesa.

Esa selección tenía un eje blanco: Barthez, Lizarazu, Petit, Deschamps, Dugarry… y una inmigración variada, hasta con el armenio Djorkaeff… La de Pogba-Kanté-Mbappé tenía a Lloris-Griezmann-Giroud pero la actual ya es más intensamente negra, la del black, black, black, aunque presenta una particularidad en la que reparó Steve Sailer: un tipo nuevo (nuevo en lo deportivo) mezcla de sangre subsahariana y norteafricana; por ejemplo, Mbappé, o el mismo Olisé, como el español Lamine Yamal… Es decir, los mejores jugadores jóvenes del mundo en la actualidad. Faltaría Dembelé, que está casi casi, porque es de padre subsahariano y madre mauritana, pero en la frontera sur. Son mezclas derivadas de la inmigración, aunque se hayan dado toda la vida en el continente africano.

Esto sería el black-beur, y viene a ser, en cierto modo, otra forma tricolor: aportación negra, magrebí y nurture europea. Quizás explica que estos futbolistas sean tan buenos. Juntan la mejor capacidad física, un talento que parece estar solo en la ribera mediterránea y una finura técnica y táctica europea.

Estos jugadores serían un producto complejo ya de la inmigración. Una ‘creación’ de la mezcla en segunda potencia.

Y es la ventaja futbolística de Francia, que no tienen Inglaterra ni Alemania.

INGLATERRA CARIBEÑA

Inglaterra recibió futbolísticamente en los 80 (ídolos como John Barnes) a los primeros descendientes de la inmigración caribeña justo después de la Segunda Guerra Mundial. Y en la actualidad esto ha aumentado, pero la gran inmigración recibida por el derrumbamiento del Imperio británico fue la de India y Pakistán, países poco futbolísticos (hasta el punto de que en la India hay una gran colonia de forofos enloquecidos de la selección argentina, a la que prestan su capacidad para la divinización). O sea, Inglaterra ha tenido una inmigración menos aprovechable futbolísticamente, con aportaciones solo de origen caribeño. desde Cunningham hasta Bellingham, madridistas los dos, pasando por los Barnes, Wright, Cole o Paul Ince, que fue el primer capitán negro de la selección inglesa.

Inglaterra no ha hecho gran cosa desde el Mundial del 66, siempre puesto en entredicho (la corrupción de la FIFA es algo que algunos han descubierto ahora con la tarjeta que pidió revisar Trump). Los ‘nuevos ingleses’ ponen más difícil que vuelvan a aparecer los futbolistas alcohólicos autóctonos como Best, Gascoigne, Merson, etc (quedaba Grealish)… pero están mejorando la competitividad de los Three Lions.

ALEMANIA Y EL DESNORTAMIENTO

En el caso de Alemania, la crisis es de otro tipo. Durante años hubo jugadores turcos, hijos de los «trabajadores invitados» de Turquía: Scholl, Ozil, Gundogan… En la actualidad, la gran diversidad racial de la selección alemana (la mannschaft) expresa la apertura del derecho de ciudadanía para inmigrantes a principios del siglo XXI. Alemania es ya muy diversa, aunque tiene reductos de germanismo clásico como la portería. Un aficionado al fútbol ha visto en su vida muy pocos porteros en la selección teutona, que diría un deportivo: Schumacher, Oliver Kahn y Neuer, con el intermedio fugaz de un Bodo Illgner en el Mundial del 90.

El cambio demográfico alemán estuvo anticipado o redoblado por el cambio cultural que supuso el fichaje de Guardiola por el Bayern de Munich en 2013. Con aplicación alemana asumieron la idea del toque y aun intentan reencontrar su verdadero Ser futbolístico, pero la hipótesis es que lo están intentando hacer cuando el habitante ya ha cambiado. O sea, perdieron la ‘alemanidad’ futbolistica tocando y tocando la pelota y quisieron recuperarla, pero con un jugador que ya no es ‘el clásico alemán’. Musiala es maravilloso, pero no es Matthaus, ni Moller, ni Effenberg. Ni Sammer.

ESPAÑA Y EL ESTILO GLOBAL

Más que la religión, más que la inmigración. Quizás el gran responsable del cambio cultural en las selecciones, de que los equipos perdieran su sello, fue la extensión global del toque, del tiquitaca, de lo que se supone es el estilo español. Ahí está el naufragio de Italia, que fue abandonando su catenaccio, cuando llegó a tenerlo asumido como estilo nacional, pragmático y un poco maquiavelista. En Brasil no salen Ronaldinhos, en Italia empiezan a no salir Chiellinis.

Uno de los popes del estilo, Juanma Lillo, la persona que se ha sentado muchos años junto a Pep, o sea, su segundo socrático, reconoció en una entrevista que esto había acabado con las singularidades del fútbol «suprimiendo muchas naturalezas», creo que decía eso exactamente. Es tal cual. El toque aplanó los estilos de cada país, lo homogeneizó todo hasta aburrirlo. Fue un pequeño exterminio cultural.

Esto es el principal agente globalizador del fútbol y es una ironía que España haya encontrado su estilo cuando se convertía en hegemónico. De hecho, fue la que contribuyó en mayor medida.

Pero no era el estilo de España. El de España era La Furia, aunque fuera una furia interpretada por furiosos de 1’60, y fue Clemente, el nunca comprendido Clemente, el que la llevó más lejos que nadie reforzándola físicamente. Su selección, llena de centrales, Alkorta, Camarasa… con Nadal, con Hierro, con Caminero, con un poderío físico que pocos equipos tenían, estiraba el tipo de futbolista español, lo llevaba a unos ciertos límites estéticos, lo sacaba de su estilo pretendido, rechazando por ejemplo a La Quinta, que era lo precruyffista, y era su forma dura, vasca y objetora de reinterpretar la Furia Españaola, inmortalizada para siempre en las lágrimas y la sangre de Luis Enrique en Estados Unidos.

Clemente entendió que estábamos en un callejón sin salida, intuyó que había que hacer algo.

ENTRE EL 94 Y EL 98

Esa selección jugó en dos mundiales importantes. El de USA 94, que todos consideramos el último Mundial ‘antiguo’, de un mundo anterior y el del 98, donde ya todo había empezado a cambiar.

El del 94 lo ganó Brasil, con Bebeto y Romario, el del 98 la Francia multicultural de Zidane y el «blanc, black, beur».

Por volver a la crisis del fútbol brasileño: el anuncio de Nike con la selección de Brasil jugando en el Aeropuerto es, precisamente, del 98.

En esos años en que está tomando forma, digamos, la globalización del fútbol (ley Bosman, año 1995), España está en el experimento de Clemente, que es la radicalización de lo furioso, intentar algo con lo tradicional…

Ya sabemos lo que pasa después: Luis Aragonés se rebela contra el sistema amical mediático madrileño (Raúl y cía) y comete la genialidad total de nuestro fútbol: identificar el biotipo español con el juego de toque que estaba haciendo el Barça y que él iba a mediterraneizar un poco más, diría que mesetizándolo, haciéndolo un poco fútbol de campo, de era (ahí estaba lo manchego, en Iniesta…).

Pero no nos volvamos locos: eso venía de Holanda, del protestantismo, porque, está escrito, el fútbol total de Cruyff y Michels no era una manera precisamente meridional de pensar el fútbol, el conjunto y los espacios…

Por esa regla de tres, y volviendo a los inicios con Brasil: ¿diríamos entonces que nos desespañolizó el protestantismo a través del separatismo alejándonos de nuestro juego católico?  ¿Culparemos a la CIA, al «anglo» o incluso al sionismo internacional de nuestro estilo hoy campeón con el que España ha conseguido no perder sino encontrar El Ser futbolístico en plena globalización, cuando otros lo pierden y Brasil ya no es Brasil?

Habría mucho que hablar, pero nos hemos ganado, querido lector (usted mucho más), una pausa de hidratación.  

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