Subversión climática derechista
Subversión climática derechista
Por Jesús Laínz
26 de enero de 2026

Las tendencias políticas de cada época no son sencillas de explicar y nunca surgen de la nada. Ideas, personas, hechos, intereses y casualidades se entrecruzan hasta formar un tejido que sólo puede contemplarse y comprenderse en su conjunto cuando el paso del tiempo ha posibilitado la suficiente perspectiva. Hoy, y desde hace algunas décadas, suelen identificarse las políticas llamadas ecologistas con la izquierda, aunque el asunto tenga tantos matices y variantes que bien podría afirmarse lo contrario o al menos debería mover a evitar simplificaciones.

Por ejemplo, pocos podrían imaginar que uno de los fundadores, en este caso fundadoras, de la actual religión calentológica fue la muy derechista Margaret Thatcher a principios de los años ochenta. Porque, deseosa de disminuir la dependencia del petróleo del Golfo Pérsico —téngase en cuenta que llegó al 10 de Downing Street sólo seis años después de la crisis de 1973— y de librarse de la potencia desestabilizadora del poderoso sindicato del carbón, cuyas huelgas habían provocado graves cortes en el suministro energético, la primera ministra británica decidió dar un fuerte empujón a la energía nuclear. Y como en aquellos mismos años se había empezado a sustituir los terrores de una nueva glaciación con los del calentamiento por CO2, comprendió que dicho calentamiento le venía muy bien como argumento a favor de las centrales nucleares, que no emiten CO2, tal como recordaría posteriormente su secretario de Estado de Energía, Lord Lawson of Blaby. Y de este modo comenzó a encargar estudios que señalaran a dicho gas como el principal problema de la Humanidad. La ONU llegaría algunos años después a continuar y ampliar su trabajo.

Otro paso muy importante fue el informe de la influyente organización político-empresarial Club de Roma titulado La primera revolución global. Apareció en la muy significativa fecha de 1991, con un bloque soviético recién derrumbado y, por lo tanto, un antagonismo democracia-comunismo que se había quedado sin razón de existir. Había llegado el que Bush padre denominó Nuevo Orden Mundial, cuyo gendarme universal serían unos Estados Unidos abrumadoramente hegemónicos. Dicho informe estableció que, tras la desaparición de la amenaza comunista, el nuevo enemigo consistía en la Humanidad en su conjunto. Pero no por motivo ideológico alguno, sino por algo más sencillo y a la vez más peligroso: el clima.

«Buscando un nuevo enemigo que nos una, dimos con la idea de que la contaminación, la amenaza del calentamiento global, la escasez de agua, las hambrunas y cosas parecidas cumplían los requisitos para serlo (…) El verdadero enemigo, por lo tanto, es la propia Humanidad».

Los izquierdistas —en su gran mayoría señoritos urbanitas que consumen, derrochan y contaminan mucho más que esos agricultores a los que acusan de reaccionarios— presentan sus posturas ambientalistas como revolucionarias, como antisistema, cuando encajan totalmente con lo decidido por los gobernantes, los globalistas, la alta finanza internacional y los superpoderosos. Son sus mejores aliados. ¿Acaso no son sus opiniones las libres de expresarse y las subvencionadas mientras que las contrarias son las acalladas e incluso prohibidas? La ONU, el Banco Mundial, la UE, el World Economic Forum, las iglesias, las grandes cadenas de información y las monarquías, todos a una con las izquierdas para imponer el único pensamiento tolerado. No hay más que ver la unanimidad con la que partidos de izquierda y derecha —en España, desde los comunistas y separatistas hasta el Partido Popular— defienden el dogma calentológico y la Agenda 2030 tan directamente relacionada con él.

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