Tambores de guerra generacional
Tambores de guerra generacional
Por Enrique García-Máiquez
10 de septiembre de 2025

Me desasosiegan las fracturas, y cada vez se ven más: entre hispanos, entre clases, entre territorios españoles… Así me pasa con los tambores de guerra generacional, millennials contra boomers, que en los últimos tiempos suenan insistentemente. Lo fácil aquí es dejarse llevar por el follón y caer en el paroxismo del enfrentamiento. Decía Enric González que a los españoles nos gustan tanto los bandos, las fidelidades, la devotio ibérica y la rivalidad que, si vemos a dos niños en la calle jugando a las chapas, escogemos de inmediato un bando a muerte.

Sin embargo, voy a guardar la neutralidad, aprovechando mi condición privilegiada (con perdón) de generación X, una especie de Suiza en medio del embrollo de las edades. Para mantener la calma, hay que reconocer los gravísimos problemas, porque lo que no tiene nombre asusta. Primero, las perspectivas económicas de las nuevas generaciones son desastrosas: no encuentran ni vivienda ni trabajos bien pagados ni estabilidad. Segundo problema: el sistema de pensiones actual resulta insostenible. Su peso recae ahora sobre los hombros de los jóvenes y su derrumbe caerá sobre sus cabezas. Tercer problema: la natalidad ha tirado la toalla, y la pirámide demográfica se tambalea como castillo de naipes.

A los tres problemas, hay que añadir tres condicionamientos. La justicia exige no traicionar a quienes han contribuido durante décadas con sus impuestos y su esfuerzo. La economía, con su lógica implacable, nos recuerda que no basta con redistribuir la miseria: el Estado debe hacerse más ligero para permitir el crecimiento. Y la política tiene sus números: los boomers son más, votan más y votan con la prioridad de proteger sus pensiones. Además —no olvidemos la hermosa solidaridad familiar— esas pensiones han sostenido y sostienen a hijos y nietos en tiempos de crisis. Naturalmente, éstos defenderían las pensiones de sus mayores. Una imposición democrática de una política contra los boomers es utópica. Y una imposición no democrática, distópica. Para más inri, como esta polémica no afecta a la izquierda, que piensa que, con la lucha de clases, ellos ya tiran, la oposición a Sánchez se desgasta en luchas internas.

¿No hay solución? Si sumamos los problemas, con los condicionamientos, se antoja muy difícil, pero caben tres pasos. Lo más urgente es entender muy bien la encrucijada en la que nos hallamos, especialmente los problemas del otro, porque los nuestros ya los padecemos. Los boomers han de entender a los millennials y su desesperanza; y viceversa: los mayores han trabajado mucho, han cotizado más y han soportado crisis económicas y laborales de aúpa. Eso hay que reconocérselo.

En segundo lugar, hay que darse cuenta de que aquí el orden de los factores sí altera el producto. Se vuelca tal vez la frustración sobre los boomers porque se ha dado por imposible a los políticos. Pero antes que arrebatar o rebañar o rebajar pensiones habría que eliminar gastos superfluos del Estado. No se puede hablar de recorte de derechos de los ciudadanos cuando los políticos acrecientan privilegios, la corrupción se lleva su parte y hay gastos estéticos para lavar conciencias, demagogias o cosas peores. Es vital revitalizar la economía y aprovechar a fondo todos los recursos de España (agrícolas, ganaderos, forestales, pesqueros, minerales, petrolíferos en Canarias, nucleares, tierras raras…).  No se puede condenar a los mayores a la pobreza y a los jóvenes a la desesperanza y a todos al conflicto civil mientras se derrocha o se arrincona lo que sí hay. Las nuevas oportunidades de la robótica y la IA tienen que exprimirse sin trabas. La liberalización del suelo urge ante la emergencia habitacional.

Todo esto exige, en tercer lugar, una colaboración intergeneracional estrecha. Los boomers no deberían atrincherarse y votar a partidos yonkis de la deuda pública y del gasto superfluo que le aseguren lo suyo y nada más. Los millennials no deberían buscar a chivos expiatorios a bulto ni conformarse con exigir su parte en el reparto de los restos del naufragio. Han de fumar la pipa de la paz y reconstruir entre todos un país en ruina. Sólo con un crecimiento económico a ritmos tecnocráticos pasaremos del sálvese quien pueda al salvémonos juntos y más allá: al pensemos en los que están por venir.

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