No descubro nada si digo que al ser humano le encantan las dicotomías; al ser humano español todavía más. Si al miembro medio de nuestra especie lo agonal le estimula, nuestro país tiene una desgraciada historia en este sentido; siendo la polarización un fenómeno global, nosotros estamos sin duda encabezando los rankings. Hay un tipo, ahora presidente, que vergüenza no tendrá, pero que tonto no es, que va camino de hacer casi toda su carrera política levantando muros a sabiendas de este principio nada civil y todo futbolístico al que tanto beneficio le ha sacado.
Ocurre también que pensar cuesta y duele, sobre todo cuando no se entrena, y que no hay nada más simple que sucumbir al esquema blanco/negro que termina en nosotros/ellos. En esas están quienes andan, en la educación, enzarzados con las pantallas: «pantallas sí o no», así se plantean supuestos debates que también promueven los buscadores de viralidad en los periódicos. ¿Por qué se inventan los falsos dilemas? Porque satisfacen y venden; el atajo ahorra energía y produce una ilusión de control. Lo complejo exige sostener tensiones, aceptar incertidumbres, tolerar ambigüedades; la simplificación radical es un trono desde el que se puede pontificar.
En esto radica la satisfacción inmediata: en sentir que el mundo se entiende sin sudar y de un vistazo. El asunto de la tecnología y los jóvenes, sin ir más lejos. Como desgrana el lúcido y preciso libro de María Solano (Pantallas, qué remedio; ¡un libro entero le ha dedicado alguien a este asunto, simplificadores de chichinabo!), si bien «no hay recetas mágicas para gestionar las pantallas en nuestras familias» (o en los centros públicos), sí existen hábitos virtuosos, y sobre estos se puede trabajar. Lo que hace falta, por tanto, es arremangarse y conversar y negociar y establecer ciertos códigos y, en fin, lo que viene siendo el devenir corriente de toda familia. No hay piedras angulares que resuelvan dicotomías; como ella misma concluye, «la piedra angular somos nosotros».
No existe prácticamente ningún asunto que ataña a la tecnología que merezca la pena plantearse como un «sí o no»; toda cuestión de esta índole descansa en los cómos. Por hacer de la energía nuclear un sí o no de tonta manifestación vamos camino en nuestro país del suicidio energético. ¿Cómo demonios va a renunciar una nación moderna a una fuente de energía que, con sus complejidades, acumula indudables ventajas? Lo mismo cabe decir de quienes caricaturizan las posturas políticas que no les gustan. «Es que no quieren inmigrantes»; cincuenta y tres años sobre el mundo, amigos de todas las sensibilidades políticas y jamás oí a nadie proponer algo tan absurdo. Pero es más fácil crear una versión detestable de la postura rival para poder disfrutar de tu dicotomía estúpida, como el bobo que en la infancia se comía su cartuchito de pipas en una esquina y se sonreía por no tener que darle a nadie.
Las dicotomías son adictivas: proporcionan identidad, aunque sea de pega: «Si yo estoy de un lado, sé quién soy, con quién estoy y contra quién debo estar». Por eso las discusiones sobre política o educación se vuelven tan viscerales. No se trata de pensar, sino de segregar el dulce fluido de la pertenencia. El marco binario simplifica la elección y activa las bajas pasiones. El cine ha sabido retratar este movimiento del alma: en Doce hombres sin piedad —la obra maestra de Sidney Lumet—, en aquella sala sofocante, once jurados están convencidos de la culpabilidad del acusado y solo uno se atreve a sembrar la duda. La película muestra cómo, a medida que el razonamiento se abre paso, la supuesta unanimidad se resquebraja y la complejidad emerge. El filme funciona como metáfora perfecta de la trampa dicotómica: no todo es «culpable o inocente» sin más (y resolver pronto para poder irse a casa), sino una trama de pruebas, prejuicios y emociones que solo puede ser desmadejada con pensamiento crítico y la suficiente paciencia.
En la educación, el asunto de las pantallas se presta a esa misma dinámica. Se nos invita a elegir entre dos polos irreconciliables: o bien celebramos la tableta como varita mágica del aprendizaje, o bien la demonizamos como cáncer de la atención infantil. Como ya pasamos la primera oleada, ahora el movimiento pendular se acerca a la segunda; y como hay cuentas pendientes (todas las veces que al crítico se lo llamó ludita), el recuento negativo de los excesos se vive ahora con regocijo de revancha y urdiendo exageraciones opuestas. Lo cierto es que la evidencia científica no acompaña a esas visiones absolutas, y que, como sostiene la también profesora y experta en tecnología y jóvenes Laura Cuesta, «el objetivo no puede ser crear una gran dicotomía entre papel y los medios digitales» y «no basta con establecer una regulación horaria […] lo importante es ver qué actividades y herramientas» se emplean. No es lo mismo un adolescente diseñando un videojuego que un niño embobado por el scroll infinito de TikTok. Y no es igual hacerlo solo en la madrugada que acompañado de un adulto que orienta y con quien se conversa.
Hay que comprender la intensa satisfacción del falso dilema para dejar de sucumbir a su encanto. A un padre o a una madre agotados les resulta más fácil adherirse a una regla rígida —«nada de pantallas» o «pantallas sin límite»— que gestionar la incomodidad de la negociación, la supervisión y la adaptación a cada edad y circunstancia. Pero si queremos una sociedad adulta, no nos queda otra que atravesar esa incomodidad y no excusarnos.
Volvamos entonces al principio. Levantar muros y apuntarse a banderías es cómodo y reconfortante. Brinda la seguridad de una frontera nítida, de un adentro protegido frente a un afuera hostil: lo que necesita un niño antes de ser instruido para abandonar ese lugar diminuto y limitante. Vivir amurallado empobrece mortalmente a los adultos. No es que toda verdad sea un punto medio, «ni para ti ni para mí», ni mucho menos: es que los matices son gloria y es desde ahí donde se construyen las soluciones. Claro que usar teléfonos móviles en una clase con treinta adolescentes es una idea tarambana; pero ese hecho, en términos de la revolución digital que estamos viviendo, en modo alguno «zanja el asunto de las pantallas».