Me escribió hace ya varios meses. Correctísimo y afable, me contaba que compartía algunos de mis artículos con alumnos y compañeros. Trabaja en un centro de enseñanza público de un pueblo de la España interior y su preocupación era honda. Se ofreció para contarme de primera mano, caso de que yo quisiera dedicar al tema una columna, el estado de la educación secundaria y las consecuencias que eso acarrearía a nuestra sociedad no tan a largo plazo. Le prometí que lo haría, aunque se trata de un asunto con el que no estoy familiarizada e iba a necesitar tiempo para profundizar. La reciente publicación del informe PISA nos ha arrollado a todos y me he vuelto a acordar de él.
En aquel intercambio de mensajes me explicó que las aulas se han convertido en dique de contención de problemas graves, lo que impedía al docente cumplir con su mandato primero: enseñar. Coinciden otros profesores en que, aun no encontrándose en la posición de Sidney Poitier en Rebelión en las aulas, la escuela ha devenido en un lugar donde el objetivo es que los chavales socialicen. Y donde el profesor, desprovisto de su atávica auctoritas, queda reducido a una especie de animador sociocultural.
Un vistazo rápido a los Reales Decretos 217/2022 y 243/2022, que establecen las enseñanzas mínimas de la ESO y Bachillerato, da pistas sobre dónde se ha asestado la última estocada a un sistema educativo que lleva décadas a la deriva. El viejo Trivium ha sido sustituido por la realización de investigaciones sobre autoras y debates literarios en los que se incorpore la perspectiva de género y se cuestione la mirada etnocéntrica del canon occidental. Y, el Quadrivium, por una aproximación socioafectiva a las Ciencias Exactas en la que se adquieran «destrezas sociales reconociendo y respetando las emociones y experiencias de los demás».
Los estudiantes se han tomado tan a pecho el BOE que, en su aproximación emocional al currículo, han decidido hacerle ghosting a las Matemáticas, breadcrumbing a la Literatura y mantener una relación de apego evitativo con las ciencias, a juzgar por los resultados de PISA.
En efecto, la ideología se hizo con el control de la LOMLOE a la luz del día, lo que no quiere decir que en sus predecesoras no estuviera ya el virus. Respondía Miguel d’Ors a Jorge Soley en una imperdible entrevista publicada en El Debate que «una ideología, más que un verdadero sistema de ideas, suele ser un repertorio de tópicos emotivos y metafóricos elaborados por unos pocos poderosos con el fin de mover sentimentalmente a la gente común».
Los programas educativos han sido infestados por una neolengua que no dice nada pero rellena mucho el texto; el sistema se ha puesto perdido de pedagogismo que entorpece todo lo que puede aquello de «enseñar» que reivindican los maestros. Como suele decir Antonio O’Mullony, cuanto más cursi, más perverso es todo.
El director de instituto que me escribió hace ya varios meses advertía de que estamos a punto de tener generaciones enteras que «no sabrán hacer nada». Y ahí está la clave. La ideología no es objetivo sino estrategia. Hemos gastado demasiada tinta desde la publicación de PISA para señalar las vergüenzas de la educación en nuestro país. Como si la clase política no supiera mejor que nosotros a qué conducían semejantes despropósitos antes de «implementarlos» —por utilizar su propio veneno—. Los resultados del informe tan solo demuestran que se ha conseguido exactamente lo que se pretendía.
La solución parece, por tanto, chestertoniana. Recae sobre profesores comprometidos, padres conscientes y alumnos inactuales. Sobre todos aquellos que abandonen la inanidad que les proponen y asuman que aprender requiere esfuerzo y que el esfuerzo duele. Que la verdadera madurez intelectual, espiritual y socioafectiva la proporciona la lectura de los clásicos, especial y etnocéntricamente, de los nuestros. Que necesitan urgentemente conocer la Historia que no les están contando. Que están solos y que de ellos depende, para bien o para mal, salvarse. Quizá así, en el futuro, puedan rescatar al resto.